domingo, 14 de octubre de 2012

Mes de la Misión.

Mons. José M. Arancedo.
Este año el Mes de la Misión lo vivimos en el inicio del Año de la Fe. Es una ocasión providencial para renovar el sentido y el fervor misionero de nuestras vidas y en nuestras comunidades.
La fe, que nos introduce en una relación única y personal con Dios, se trasmite por la predicación: “¿Cómo van a creer, nos recuerda san Pablo, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, si no se los envía? (Rom. 1, 14-15). Esta certeza lo llevará a exclamar: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor. 9, 16). 
En estos mismos términos Pablo VI nos va a hablar de la Iglesia, cuando afirma: “Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN. 4). No podemos, por ello, separar la vida de fe, de la Iglesia y la misión. La debilidad misionera en la Iglesia es consecuencia de un debilitamiento en su vida de fe. 
¡Qué importante sería comenzar este mes de la Misión, preguntándonos por el nivel y vivencia de nuestra Fe! La Fe nace de un encuentro personal con Jesucristo. Esta verdad tiene un momento fundante en nuestra vida, pero debe hacerse camino y crecer en nuestra vida cotidiana. Es importante recordar que la fe: “se alimenta y vigoriza en la celebración de la misma fe” (Orientaciones Pastorales, 8). Una fe que no se celebra termina siendo un conjunto de ideas en las cuales nos apoyamos durante un tiempo, pero más temprano que tarde termina perdiendo significado y dejando de ser causa de sentido y alegría para nuestra vida. 
Es en la celebración de la liturgia donde actualizamos la fe y desde dónde ella ilumina nuestra vida y da razón a nuestra esperanza. 
De modo especial, en la liturgia dominical, actualizamos esta presencia de Jesucristo que es fuente de vida y anticipo de nuestra Pascua eterna. La liturgia hace que nuestro tiempo se convierta en camino y presencia de Jesucristo. Cuando el Concilio Vaticano II nos habla de la liturgia, la define, precisamente, como: “cumbre y fuente de la vida cristiana” (S.C. 7). 
La Fe, decíamos, tiene que hacerse misión. Una auténtica profesión de fe en Jesucristo es necesariamente misionera. Esta fue la experiencia de los primeros cristianos: “La fuerza del Espíritu en Pentecostés llevó a la primera comunidad cristiana a salir de su aislamiento y hacer pública su fe en Cristo, con alegría y entusiasmo, aún en situaciones adversas” (cfr. Jn. 20, 19-22, citado en Orientaciones Pastorales, 14). La fe no es, por lo mismo, un hecho privado, ella: “implica un testimonio y un compromiso público” (PF. 10). El mundo necesita el testimonio público de la fe con el que se trasmite el motivo de la presencia de Jesucristo: “Sí, Dios tanto amó al mundo, que le envió a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn. 3, 16). 
La misión es, también, la razón de la existencia de la Iglesia. 
En este sentido, Aparecida, nos presenta a la vida cristiana como una única vocación, que es la de ser: “discípulos y misioneros”. 
¡Cuánta esperanza despierta en nuestra gente, en nuestros barrios, el comienzo de una comunidad cristiana dónde ellos puedan celebrar la fe! Reciban de su obispo, que quiere comprometerlos y hacerlos protagonistas en este camino misionero de la Iglesia, junto a mis oraciones mi bendición en el Señor Jesús. 

 Mons. José María Arancedo Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (13/10/12)