martes, 16 de julio de 2013

El Gallo del Pintor Japonés.



por Mons. Tihamér Tóth

Cuenta una leyenda japonesa, que un comerciante rico hizo un interesante encargo a un pintor. Su cuadro debía representar tan sólo un gallo, pero con la mayor fidelidad posible.


Después del encargo, el comerciante esperó varios años sin que tuviera noticia alguna del pintor. Por fin, llegó a cansarse tanto de esperar, y fue a ver qué pasaba con el cuadro. No halló trazada ni una sola línea. El pintor hizo sentar al comerciante, se puso a trabajar y al cuarto de hora tuvo acabado el cuadro. Una obra maestra irreprochable. El comerciante se entusiasmaba. Cuando llegó el momento de pagar, quedó espantado al oír la enorme suma que el pintor se atrevía a exigir por aquel trabajo de “un cuarto de hora”, y estalló en indignación. Para contenerle, el pintor, con un gesto, señaló el montón de papeles que inundaba todo el cuarto, y que tenía la altura de un hombre. En cada hoja había dibujado un gallo, y dijo: “Estos cuadros los he pintado durante tres años, y sólo mediante tan largo ejercicio he logrado la destreza de poder hacer en tan breve tiempo y con tanta perfección un cuadro del mismo asunto. Ahora, pues, he de cobrar el precio de mis largos ensayos”. El comerciante le dio la razón y pagó la suma pedida.

Pasa algo semejante con el robustecimiento de la voluntad. Si queremos que nuestra voluntad llegue algún día a obedecernos en todo con facilidad y perfección, y practique el bien que hemos proyectado en nuestro entendimiento, necesitamos un ejercicio continuo de años y años. Con la paciencia con que el pintor va trazando sobre el lienzo las líneas del cuadro concebido en su fantasía, hemos de trabajar nosotros en la modelación ideal de nuestra alma.

No debes desanimarte por la empresa. Para el pintor, cada nuevo cuadro resultaba más fácil que el anterior, y el último no le costó más que un cuarto de hora. De un modo similar, en el campo de la propia educación, el comienzo es siempre lo más difícil. Cuanto más practiques el bien, tanto más fácil resultará.

Recuerdo con qué dificultad aprendí a subirme en la barra, cuando era estudiante. Durante algunos meses sólo lograba hacerlo a medias. Un día, por fin, reuniendo todas mis fuerzas, logré subir del todo. ¿Y desde entonces? Sin dificultad y con éxito pude hacerlo en adelante. Lo mismo pasa en la vida espiritual: de un solo empuje te cuesta mucho aprender algo, exige gran abnegación y lucha; pero cuando lo haces por décima vez, ni siquiera sientes la dificultad. Ejercita, pues, cada día tu voluntad y de esta forma llegarás a tenerla fuerte.

Algunas veces tendrás que privarte hasta de pequeñeces lícitas. Por la mañana salta aprisa de la cama y di para tus adentros: “Un poco de dominio de mí mismo”.

Si te duele una muela, cierra los labios, no te quejes y di para tus adentros: “Un poco de dominio de mí mismo”.

¿Es muy fascinante el libro? Ciérralo en el pasaje más emocionante: “Un poco de dominio de mí mismo”.

¿Tienes un hambre devoradora? Espera unos minutos antes de tocar la comida: “Un poco de dominio de mí mismo”.

Puedes ejercitarte con mil y miles de pequeñeces de esta clase. Y con cuanta más frecuencia lo hagas en las cosas pequeñas, con tanta más facilidad podrás permanecer dueño de ti mismo en las cosas importantes.

Escucha un caso. Tus padres han salido y tú les has prometido quedarte en casa para cuidarla, ya que tienes mucho que estudiar. A los cinco minutos llama a la puerta Juanito: “Luis, aquí están los amigos; vamos a jugar un partido de fútbol”. Fuera, una espléndida tarde de sol; dentro, en el cuarto sombrío, un fastidioso problema de álgebra.

Se entabla ahora la lucha: ¿Has de decir “sí” o “no”? “He prometido que me quedaría en casa. ¡Sí! Pero los compañeros se burlarán de mí...; echo a perder el partido. ¡Qué bien si saliera un rato!; pero me retarán mis padres. ¿Y si vuelvo antes que ellos, sin que ni siquiera lleguen a saberlo? ¡Sí! Pero... ¿y el problema de álgebra? Pues muy sencillo: mañana diré que “he dejado el cuaderno en casa”. Pero eso no es verdad... Así van revolviéndose tus argumentos. Los muchachos que acompañan a Juanito se impacientan. Por fin, después de un duro combate, sueltas la frase: “Tendrán que perdonarme, hoy no puedo ir...”.

Los muchachos se van; tú te quedas en casa. Quizás en el primer momento miras con pesar cómo van alejándose. Pero después tu alma se siente bañada de gozo por la conciencia del deber cumplido. En la segunda o tercera ocasión ya no te costará tanto decidirte, y al fin considerarás la cosa más natural del mundo decir “sí” en seguida, cuando se trate de cumplir el deber. ¡El pintor japonés pintó al final con tanta facilidad los gallos!

Debes esforzarte por adquirir progresivamente una disposición continua, resuelta, sin titubeos, para el ejercicio del bien. Cuando más adelante ya no tengas que pesar los pros y contras antes de cada acción para ver qué camino  escoger, y hagas el bien como por costumbre, siguiendo tus inclinaciones educadas por largo ejercicio; y cuando en el primer momento vuelvas ya las espaldas instintivamente al mal, entonces la vida empezará a pagarte por tu larga preparación. No paga, es verdad, con dinero, sino que te ofrece la facultad de obrar siempre con facilidad y alegría, en consonancia con tus nobles principios; en otras palabras, te concede el derecho de poder decir de ti mismo que eres un Joven de Carácter.


(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

Boletín n° 59. El Sembrador.

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