lunes, 4 de enero de 2016

Diecisiete consejos prácticos para aprovechar mejor la misa y que sólo dependen de nosotros mismos

El fruto de cada misa para nuestra alma depende sobre todo de la preparación y la disposición con la que asistimos a ella.

Hay quien a lo largo de su vida ha asistido a misa todos los domingos, e incluso todos los días, "sin reconocer que lo que en ella ocurre tenía que tocar siempre su corazón".

Que eso cambie es uno de los objetivos de Fernando Poyatos, quien ya en otras ocasiones ha compartido sus reflexiones espirituales con los lectores de ReL. Ha sido catedrático en la Universidad de New Brunswick y durante muchos años agente laico de Pastoral de la Salud en Canadá y en España. Además de su labor profesional sanitaria, colabora en revistas como Phase, una de las más importantes en España en el ámbito litúrgico, o Dolentium Hominum, que edita el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud. 

Su inquietud como escritor le ha llevado a elaborar sus propios materiales para la pastoral litúrgica, prebautismal o de enfermos, y algo de todo ello ha cuajado en su última obra, "Quédate con nosotros, Señor". Para una experiencia plena de la Santa Misa (Ediciones de Buena Tinta).


Es una completa guía para conocer y vivir la misa católica, no sólo destinada a quienes ya lo hacen, sino a quienes la ignoran. Va siguiendo paso por paso las oraciones del ordinario de sacerdote y fieles, explicadas de forma que no sólo conocemos qué sucede cuando se elevan al cielo, sino cómo y por qué sucede, con todas sus implicaciones teológicas. 

De su lectura es posible extraer algunos consejos muy prácticos, y que sólo dependen de nosotros mismos, para extraer todo su fruto al misterio y milagro de la celebración eucarística. Nos centramos en los destinados a los laicos, pero los hay también en "Quédate con nosotros, Señor" para los sacerdotes. 

Cambios de actitud exterior e interior que nos predisponen mejor (hagan lo que hagan los demás, incluido el sacerdote) para que nuestro corazón sea tocado.

1. Respetar la integridad de la celebración. La puntualidad no es sólo una cortesía sino una obligación. Para ir al cine somos puntuales porque consideramos importante también el principio. ¿Va a ser menos la misa? "No reconocemos la importancia teológica de cuanto ocurre desde el mismo saludo inicial del sacerdote, ni la gravedad de perdernos lo que Dios estaba ya diciéndonos".

2. Respetar al sacerdote. Con algo tan simple como, al finalizar la celebración, no movernos de nuestro lugar hasta que él haya abandonado el altar. Tal desaire no se hace sólo al presbítero. "Esta actitud de impaciencia refleja un deseo de ausentarnos cuanto antes... cumplir  (o eso creemos) con el precepto de Dios lo más rápidamente posible y pasar a otras cosas que no esperan".

3. Santiguarnos con agua bendita. Si la hay, claro. En tal caso, usar este sacramental e incluso compartirlo con quien viene detrás. No como gesto vacío, sino "pidiendo a nuestra Trinidad que nos purifique y libere de todo lo que podamos traer que, no siendo de Dios, pueda dañarnos y distraernos, para que nos disponga para nuestra cita con Él".

4. Genuflexión ante Jesús Sacramentado. No sólo porque merece ese gesto de adoración, sino porque nos prepara a la importancia de lo que va a suceder minutos después, pues así "estamos reconociendo la permanente presencia eucarística de nuestro Salvador en el tabernáculo de cualquier iglesia del mundo, el mismo Cristo que recibimos en la Comunión".

5. Juntarnos a los demás y situarnos cerca del altar. Es frecuente intentar colocarse en un lugar alejado del resto de fieles, sobre todo si no se les conoce. Y a todos es familiar la imagen de una ristra de bancos vacíos entre el altar y los primeros asistentes. "Es un deber moral ante Cristo -que nos reúne en su casa para compartir su Sacrificio con nosotros sus hermanos- precisamente ponernos cerca de quienes ya estén allí, y a partir de los primeros bancos, alrededor del altar. Tengamos la fraterna cortesía cristiana de reconocer la presencia de los hermanos a cuyo lado nos sentamos... y la delicadeza cristiana de no sentarnos sin siquiera mirar a quien tenemos al lado".

6. Reconocer la importancia del altar. Y, cuando no proceda la genuflexión por coincidir su ubicación con la del sagrario, "nunca dejar de venerarlo haciendo una profunda y pausada inclinación desde la cintura, no simplemente de cabeza".

7. Un examen preparatorio. Para esto es preciso, lógicamente, haber llegado con unos minutos de anticipación. Bastan algunas reflexiones: "¿Cuál es mi motivación?... ¿Traigo conmigo cosas que me abruman o van a distraerme, sean buenas o malas?". Y la más importante: si no estamos en disposición de comulgar, "acercarme al confesionario antes de empezar y quedarme tranquilo con la absolución que Dios me dará a través de su ministro".

8. Vivir conscientemente el acto penitencial. Que no sea rutinario: "Debemos desear sinceramente purificarnos de cuantas faltas necesitemos deshacernos antes de presentarnos ante Dios y así abrirnos conscientemente (nunca recitándolo mecánicamente) a cuantos favores quiera él concedernos, física, emocional o espiritualmente, a través de la Palabra y la Eucaristía".

9. Escuchar atentamente la Palabra. Parece algo obvio, pero es donde las distracciones son más frecuentes. Poyatos realza los porqués de una escucha particularmente atenta: "Debemos desear que lo que el Señor tiene que decirnos a través de sus Escrituras toque nuestro corazón y el de nuestros hermanos... Prestemos a la Palabra la reverente atención que merece su proclamación, y no dejemos que nada ni nadie nos distraiga, que es Dios quien nos está hablando".

10. Repensar la homilía. Para muchos fieles, es una parte de la misa determinante de que ésta guste o no guste. Pero más allá de eso, que no depende del laico, lo que el sacerdote dice lo dice "con autoridad", y por eso siempre es aconsejable, de forma inmediata (sobre todo si se deja un breve silencio para ello), repasar brevemente lo que acabamos de oír, de donde "podemos también sacar una aplicación para cada uno de nosotros".

11. ¡Ojo con el ofertorio! La misa es un sacrificio, y por tanto la ofrenda es un momento esencial. Pero por su ubicación entre la tensión de la homilía y el inminente momento cumbre de la consagración, y porque es donde suele hacerse la colecta económica, "esos minutos pueden convertirse indebidamente en una simple laguna o pausa en mitad de la liturgia, como un breve descanso". Hay que reaccionar para que no sea así, y asociarnos a lo que el sacerdote hace en el altar.

12. ¿Cuánto dar? Aquí Poyatos cede la palabra a quien será (desde el próximo 4 de septiembre) Santa Teresa de Calcuta: "Tenéis que dar hasta que os duela y luego continuar dando hasta que deje de doleros".

13. Arrodillarse (al menos) en la Consagración. "Por medio del sacerdote, ministro y representante de Cristo, va a obrarse el milagro mayor que jamás pudo imaginar la humanidad, el regalo para nosotros cuyo precio fue la muerte en la cruz de Dios Hijo, de Jesucristo, por cada uno de los que estamos presentes: el pan y el vino van a transformarse en su Cuerpo y Sangre, junto con su alma y divinidad, toda su persona. ¿Es que es posible asistir a algo así en otra actitud que no sea de adoración?".

14. Las siete peticiones del Padrenuestro. Es una oración tan habitual que podemos convertirla en intrascendente. Sin embargo contiene elementos suficientes para que, meditada convenientemente (y la misa es el momento perfecto para hacerlo), se convierta en "un buen examen de conciencia", y justo antes de comulgar.

15. Al dar la paz... Vivimos adecuadamente es rito "no solo deseándoles la paz de verdad, sino rezando en ese momento por ellos mentalmente".

16. "No soy digno". Lo decimos antes de comulgar, ¡y es verdad! Por eso Poyatos recuerda el "silencioso recogimiento" previo a ese momento, pues "el fruto que recibamos estará en proporción directa a nuestra disponibilidad y preparación". Y añade incluso que 
ese instante es "el único en que debemos aislarnos de los hermanos y recogernos en nosotros mismos".

17. Un poquito más marca la diferencia. "Es bueno, si podemos, quedarse unos momentos en la iglesia después de la Misa, mejor aún en la capilla del Santísimo, ante el sagrario, es decir, con el Señor y con nosotros mismos. Y allí, con Él a solas, tratar de ver qué ha hecho en nosotros esta celebración eucarística, si nos ha afectado en algo".

"Quédate con nosotros, Señor" sienta así las bases para que la asistencia a misa produzca los frutos y bienes para los que fue instituido el santo sacrificio del altar. Y siempre teniendo en cuenta que esta obra no es un recetario, sino una completa aproximación teológica y didáctica a todos los ritos de la misa, y un trabajo completado en sus apéndices y esquemas con una nutrida información útil sobre denominación y origen de los distintos objetos sagrados, vestiduras sagradas y libros sagrados, descripción y explicación del año litúrgico.

Fuente: ReL.-

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