domingo, 28 de febrero de 2016

El llamado a la conversión.

Mons. José M. Arancedo 
  Una de las constantes de Jesús es el llamado a la conversión, que en el tiempo de Cuaresma adquiera un lugar central.
La conversión nos habla del pasado, pero sobre todo del futuro. Supone una mirada sincera a nuestra vida y el deseo de un cambio. Para ello debemos partir de un ideal al que nos sentimos llamados porque reconocemos en él la verdad y sentido de nuestra vida. No hay posibilidad de conversión si no nos sentimos atraídos por algo que vemos como un ideal que nos compromete, y frente al cual hemos tomado una decisión de cambio. En esto interviene nuestra inteligencia que ve y, nuestra voluntad que determina nuestra libertad. Lo primero en la conversión no es la renuncia sino el bien que hemos descubierto y que nos lleva a corregir u ordenar nuestra vida, o a cambiar de camino si es necesario. Si falta esto la conversión pierde la fuerza de un cambio que nos lleve a un sólido crecimiento humano y espiritual.
Para un cristiano no cabe duda que el ideal es Jesucristo y el proyecto de vida que él nos presenta. Para ello es necesario que veamos a Jesucristo en su identidad más profunda, es decir, como el Hijo de Dios que ha sido enviado por su Padre, nuestro Padre, para ser nuestro “camino, verdad y vida”. El peligro es reducirlo a un gran hombre que nos presenta una doctrina más entre otras. Si se debilita la figura de Jesucristo la conversión pierde el sentido de una exigencia que nos compromete. Siempre es útil recordar la actitud de san Pedro cuando muchos de alejaban de Jesús, y él y les pregunta: “¿También ustedes quieren irse? Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn. 6, 68). Esta experiencia de fe frente a Jesús es fundamental para una auténtica conversión, que nos lleve a un progresivo crecimiento en el seguimiento de su Persona y en el proyecto del Reino de Dios que nos presenta en el Evangelio. Con este espíritu podremos leer, por ejemplo, las Bienaventuranzas y sentirnos llamados a convertir nuestras vidas a ese ideal superior de una vida cristiana.
Cuando en el evangelio de este domingo Jesús nos exhorta a la conversión nos habla de una de las posibles dificultades, me refiero a esa tentación de compararnos con los demás, donde casi siempre nos creemos mejores o justificamos nuestras limitaciones. Escuchemos a Jesús cuando les habla a sus discípulos: “¿Creen ustedes, les dice, que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera” (Lc. 13, 2-3). Una de las virtudes básicas de un camino de conversión es la humildad, que nos lleva a conocernos y a vivir la verdad de lo que somos en el plan de Dios. La fuente de la verdadera conversión es mirar y seguir a Jesús como él se nos presenta en el Evangelio. ¡Cuántas vocaciones laicales, sacerdotales y religiosas en la Iglesia, necesitan para descubrirse y manifestarse de un verdadero camino de conversión! Cuaresma es, también, un tiempo de preguntas y definiciones vocacionales.


Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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