miércoles, 24 de febrero de 2016

Es seminarista... y «una bestia» del fútbol americano: tres desgracias seguidas le llevaron a la fe



Jordan Roberts es una de las estrellas de la liga universitaria, 
posee unas cualidades excepcionales para el fútbol americano, y por ahora continúa cultivándolas.
Jordan Roberts es uno de los 134 alumnos del Seminario San Juan María Vianney en St Paul (Minnessotta), el mayor centro católico de formación de futuros sacerdotes de los Estados Unidos. El complejo incluye la Universidad Santo Tomás, a cuyo equipo de fútbol americano, los Tommies [los Tomasitos], que juega en la División III de la liga de la NCAA (liga universitaria), también pertenece Roberts como único seminarista. Su caso ha atraído la atención de medios de primer nivel como Newsweek o USA Today.

Mientras se prepara para el sacerdocio, Jordan es uno de los puntales de los Tommies, el equipo de fútbol de la Universidad Santo Tomás.
Jordan tiene 22 años, mide 1,83 metros y pesa 101 kg. Es el running back del equipo y acredita unas excelentes cifras de yardas y touchdowns. Su contribución ha sido decisiva para el buen resultado de los Tommies en la liga de este año: cayeron en semifinales, uno de los mejores resultados de la historia del equipo, finalista en 2012 y 2015. En 2016 acreditaron el segundo mejor ataque y la segunda mejor defensa. Ha sido decisiva la incorporación de este joven proveniente de la Universidad de Dakota del Sur, un "supertalento" a quien una serie de circunstancias le hicieron plantearse la llamada de Dios.
El arte de simultanear dos ocupaciones intensas
"Pasé por momentos malos que me dejaron buscando respuestas. Encontré esas respuestas en Dios y sentí que me estaba llamando a ser sacerdote", explica, y encontró que en San Juan María Vianney podía simultanear su pasión deportiva con su preparación para el altar y el confesionario: "Es todo un desafío. Atender al fútbol y al seminario exige un gran nivel de compromiso, pero mis directores en el seminario y mis entrenadores en el equipo se entienden bien".
Este breve reportaje muestra la vida cotidiana de un seminarista en el mayor centro de formación de sacerdotes de Estados Unidos.
Unos y otros le admiran y animan: "Estamos muy orgullosos de Jordan porque es uno de nosotros, es nuestro hermano", dice el padre Michael Becker, rector del seminario: "Dios le ha dado una poderosa plataforma para dar testimonio de su amor a Jesús, de su fe católica y de su vida de oración. Necesitamos deportistas que den testimonio de ellos, porque los jóvenes admiran a las estrellas del deporte".
"Es una bestia. No se me ocurre otra expresión", corrobora Glenn Caruso, el entrenador de los Tommies: "No diría que tiene un carácter apabullante. Es uno de los chicos más rápidos del equipo, y libra a libra, kilo, también uno de los más fuertes".



Glenn Caruso, entrenador de los Tommies, destaca el "equilibrio" que introduce la fe en la vida de su joven estrella.



Y añade: "Jordan personifica lo que es un hombre de fe. Cuando toma el balón, corre como una auténtica bestia".

Pero ¿cómo llegó esta "bestia" a llamar a las puertas del sacerdocio?
Jordan Roberts acredita como jugador ofensivo unas buenas cifras de yardas y touchdowns. (Foto: Mike Ekern. Universidad Santo Tomás.)
Tres "empujones" de Dios hacia su camino
Jordan es el menor de tres hermanos en una familia de Gillette (Wyoming) donde se creía en Dios, pero sin adscribirse a ninguna denominación concreta.
Durante su primer año en la Universidad de Dakota del Sur contactó con un grupo cristiano, y al llegar la Navidad decidió en el último momento aceptar la oferta de hacer unos ejercicios espirituales en Orlando (Florida). "En aquel encuentro me atrajo una cosa: lo felices que eran todos. Incluso incómodamente felices. Pensé: ¿qué me estoy perdiendo en la vida?".
Al empezar el curso siguiente, en octubre, una sucesión de desgracias en un muy corto periodo de tiempo sacudieron su vida.
Primero le abandonó su novia desde hacía seis años: "Fue una ruptura muy fea. No entraré en detalles". Al día siguiente recibió una llamada de teléfono. Nick, su mejor amigo y compañero desde el instituto, se había suicidado: "Era la persona más feliz que he conocido. Para mí fue un shock. Cuando él murió, para mí todo cambió".
"La combinación de ambos hechos me produjo el mayor dolor que había sufrido nunca", añade: "Y poco después, mis padres se divorciaron. Todo esto me puso a la búsqueda de respuestas".
Llegan las respuestas
Al cabo de un tiempo se apuntó a un curso de estudio de la Biblia en el Newman Center de la Universidad de Dakota del Sur: "Ya había asistido antes a otros cursos bíblicos, pero esto era mucho más profundo. Comprendí que había estado viviendo mi vida como me daba la gana y pidiéndole a Dios que lo bendijera. Lo que tenía que haber hecho es dejar que Dios entrase en mi vida y me mostrase el camino".


La adoración al Santísimo, un momento diario clave en la vida de los seminaristas.


En noviembre de 2013, un año después de aquella primera presencia en un curso bíblico, Jordan se convirtió al catolicismo: "Me sumergí en el catolicismo. Para bautizarte te piden asistir a una clase a la semana, y yo había estado asistiendo a tres o cuatro".
Con el tiempo, esa entrega a la fe se transformó en la convicción de que Dios le pedía ser sacerdote: "Concluí definitivamente que esos pensamientos venían de Dios. Durante un tiempo los medité yo solo, no quería comentarlos con nadie".
En octubre de 2014 se los confió al páter del Centro Newman, Jeff Norfolk, que fue quien le sugirió ese gran seminario universitario en la diócesis de Sioux Falls. Conocer la posibilidad que había en el San Juan María Vianney de seguir jugando al fútbol en un equipo de alto nivel le animó mucho.
La reglada vida del seminarista
En ello está ahora, bajo una disciplina no menos exigente que la del fútbol. Como el resto de sus compañeros, se levanta a las 5.30 de la mañana, a las 6.30 tiene una hora de oración y, a mediodía, la santa misa. Es feliz.



El momento de la oración colectiva de los seminaristas. En primer término, Jordan.



Lleva una cinta en la muñeca con la leyenda: Reza por los sacerdotes. A él le quedan cuatro años para llegar a serlo, y lo que ha vivido le entusiasma: "No me gustaría estar en ningún otro lugar que no fuese aquí. Me gusta mi entrenador, me gusta mi equipo, me gustan mis compañeros de seminario. No creo que pueda encontrarme en una situación mejor".

Y no ve el fútbol como una distracción, al contrario: "Creo firmemente que me ha ayudado en mi vida de fe. Ha sacado de mí la mejor persona, y todo lo que hago a lo largo del día está relacionado. Soy la misma persona vaya donde vaya, sea el aula, la capilla o el terreno de juego. Confié en Dios al tomar esta decisión y estoy contento del lugar a donde me ha llevado". "Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, y para mí era venir al seminario", concluye: "El hecho de que además pueda jugar al fútbol hace aún mayor el regalo que me ha hecho".


C.L. / ReL24 febrero 2016

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