lunes, 7 de marzo de 2016

3 buenas razones para preservar el celibato sacerdotal

Existe un convincente caso para asegurar que el celibato sacerdotal conserve su lugar de honor en la Iglesia católica


Los sondeos de pasillo y los rumores que circulan últimamente por entre los muros del Vaticano insinúan que el papa Francisco quiere abrir un debate en relación a los sacerdotes casados en la Iglesia. Según informaciones, éste será el tema del próximo Sínodo Mundial de Obispos, dentro de un par de años.

Sí, ya sé que en la Iglesia ya hay algunos sacerdotes casados, y muchos de ellos son personas admirables que desempeñan una labor pastoral excelente. La cuestión ahora sería presuntamente la de extender la práctica en la Iglesia de Occidente e incrementar el número de sacerdotes en esta situación.

El argumento a favor de ello es la necesidad de aumentar la cantidad de sacerdotes disponibles para ofrecer la Eucaristía a los católicos, puesto que el número de sacerdotes célibes está cayendo en muchos lugares. De llevarse a cabo, se procedería seguramente a la ordenación de los llamados viri probati —sacerdotes mayores y casados con un carácter ejemplar— para realizar funciones de lo que podría llamarse (de forma inexacta) “sacerdotes de fin de semana”, que estarían disponibles para el servicio de una forma bastante parecida a la de los diáconos permanentes ahora mismo.

No es ni mucho menos una idea nueva. Lleva discutiéndose al menos desde el Concilio Vaticano II, hace más de medio siglo. Tal y como declaró recientemente el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, sería difícil oponerse ahora a un debate “positivo y constructivo” sobre este asunto. Según parece, el papa Francisco está de acuerdo.

Sea lo que sea lo que resulte de dicho debate, he aquí un voto en favor de que el celibato y el sacerdocio célibe mantengan su honroso lugar dentro de la Iglesia Católica del futuro.

Se me ocurren de inmediato tres razones de peso:

La primera, disponibilidad. Un sacerdote no casado, a diferencia de uno que sí lo esté, tiene —al menos teóricamente— la capacidad de entregarse con más libertad a los demás, mientras que un hombre casado tiene el deber de ofrecer su tiempo y atención particular y preferencial a su esposa y familia.

Ni que decir tiene que los hombres casados también pueden ser excepcionalmente generosos. Y muchos los son, de hecho, con una generosidad que sobrepasa con creces los límites familiares. Aun con todo, el cardenal Parolin ponía de manifiesto en un reciente discurso que el celibato permite al sacerdote “viajar ligero” en sus esfuerzos por “llegar a todos, llevando consigo sólo el amor de Dios”.

La segunda razón es el testimonio. Resulta dolorosamente obvio que hoy en día vivimos en un entorno cultural obsesionado con el sexo, donde no sólo se aceptan sino que incluso se alientan perversas formas de expresión sexual. En estas circunstancias, la práctica del celibato ofrece el testimonio público, tan desesperadamente necesario, de que la esclavitud de los deseos sexuales no es una parte ineludible de la vida.

Algunas personas alegan que la práctica del celibato no es natural. Y de hecho no lo es, si por “natural” se entiende la condición de la naturaleza humana trastornada por el pecado. Si, por el contrario, “natural” refiere a la restauración de la naturaleza por la acción de la gracia en un corazón amante, entonces lo antinatural no es el celibato, sino la lujuria. Según señaló el cardenal Parolin, el celibato “no es la ausencia de relaciones profundas”, sino un instrumento de liberación que hace “espacio” para que se realicen.

Por último, está la razón espiritual por el celibato sacerdotal. No es algo fácil de expresar, pero tiene una gran importancia.

La santidad es tanto para los sacerdotes como para las mujeres y hombres casados seglares. Sin embargo, el celibato añade una dimensión especial a la santidad del sacerdocio, de la misma forma que el amor marital la añade en los casados. Así, el celibato completa las dimensiones de santidad en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y abre un camino único e irremplazable para el seguimiento de Cristo.

Si ha de producirse un debate sobre la ordenación de hombres casados, esperemos que queden bien expuestos los contundentes argumentos en favor del celibato sacerdotal.

Fuente: Aleteia

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