domingo, 6 de marzo de 2016

Desde el Evangelio: EL PADRE MISERICORDIOSO

En el cuarto domingo de Cuaresma leemos el evangelio del hijo pródigo. Cuando Francisco nos habla de la Misericordia nos presenta esta parábola (Lc. 15, 11-32). Hay diversos actores en ella, pero ciertamente sobresale la figura del Padre que es el centro de este hermoso relato, con el que Jesús nos revela el amor de Dios por todos sus hijos. 


La misericordia es un amor que se hace cercanía ante el dolor y la necesidad del otro. En la parábola vemos a este amor misericordioso del Padre como un amor paciente que vive a la espera de la alegría del encuentro, y que no se detiene ante una posible respuesta negativa o no esperada. En las Sagradas Escrituras la misericordia: “es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros” (MV. 9). A este estilo de vida también somos llamados por Jesús: “Sean misericordiosos, nos dice, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc. 6, 36). La vida cristiana no es admirar y predicar ideales, sino sentirnos llamados a hacerlos realidad en nuestras vidas.

Es importante en la parábola la toma de consciencia del hijo que lo lleva al arrepentimiento, a volver a su casa como uno más, sin exigencias, porque asume que su actitud no le permitía reclamar derechos: “Padre pequé contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros” (Lc. 15, 18-19). Este es el comienzo para él de la salvación, que es una gracia que debemos pedir para conocer correctamente nuestra vida y conductas a la luz del evangelio. ¡Cuántas veces estamos encerrados en nuestras pequeñas razones que nos llevan a justificarnos y nos impiden reconocer nuestros errores! Podemos, incluso, sentirnos orgullosos y seguros con actitudes que nos alejan y enfrentan con nuestros hermanos, y lo justificamos pensando que es un rasgo de nuestra personalidad. El camino del verdadero arrepentimiento es la humildad, que nos permite conocer nuestras riquezas y nuestros límites. Cuaresma es un tiempo de gracia para mirarnos con humildad y repasar nuestras actitudes a la luz del evangelio que es el camino de una Vida nueva.

Luego, vemos la actitud del Padre que cierra este recorrido de pecado y alejamiento, de humildad y arrepentimiento, con la alegría del encuentro y la reconciliación: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vió y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lc. 15, 20). Si bien está al final de la parábola, la figura del Padre es central y motivadora de los pasos del hijo. En esta escena Jesucristo nos revela, además del amor misericordioso de Dios, el camino de sanación y de vida para el cual él ha sido enviado por su Padre: “Porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 17). Solo cuando el pecador se refiere y encuentra con el perdón y la misericordia de Dios, el pecado deja de ser motivo de desesperación y esclavitud, para abrirse al gozo y la esperanza de una vida nueva. Dios no le teme al pecado, que ya ha sido vencido por su Hijo, Jesucristo, sino a la dureza de nuestros corazones que le impide darnos el “beso del perdón”.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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