domingo, 27 de marzo de 2016

Pascua, comienzo de lo nuevo.


Mons. José María Arancedo
La Resurrección de Jesucristo, su Pascua, es un hecho en el que la fe y la historia se encuentran y nos trasmiten su testimonio.
La fe se apoya y alimenta en el obrar de Dios en la historia, esto lo vemos en el evangelio de este domingo: “Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía, concluye, no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos” (Jn. 20, 8-9). La fe cristiana no es un salto al vacío, ni nace de una construcción subjetiva, ella tiene su fuente en la presencia Jesucristo, el Hijo de Dios, que se ha encarnado en la historia y ha venido para darnos a conocer el designio de Dios y el sentido de nuestra vida. La fe se apoya en el testimonio de aquellos que “vieron y creyeron”. ¿Qué vieron?, la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Esto que vieron y nos trasmitieron los apóstoles es el fundamento de la fe.
La fuente y alimento de la fe cristiana es Jesucristo, a quien hemos conocido por la palabra que nos transmitieron los apóstoles y que la Iglesia la conserva y predica. La fe nos da un conocimiento mayor que no suple a la inteligencia, por el contrario la necesita, lo que hace es abrirnos a un conocimiento superior de Dios, del Hombre y el Mundo. ¿Quién es Jesucristo para nosotros?, la mejor definición nos la da él mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6). A esta presencia de Jesucristo la celebramos como una realidad actual; ello no nos exime del esfuerzo de la inteligencia para ahondar en la verdad de Dios, del hombre y el mundo, sino que nos ilumina para avanzar y profundizar en su conocimiento. ¿Qué me da la fe entonces?, diría la certeza de un camino y la pertenencia a un pueblo que vive y predica la riqueza de la presencia de Jesucristo. La fe nos da a la Iglesia y en ella nos hace: “piedras vivas” (1 Pe. 2, 5). El encuentro con Cristo es el principio que enriquece y purifica nuestra vida de Iglesia.
Este encuentro con él no puede quedar en un intimismo espiritual individualista, sino que debe alcanzar a nuestras relaciones y definir nuestra presencia y compromiso en el mundo. Con mucha claridad el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nos habla de esta tarea de la fe y de los cristianos: ”La transformación de las relaciones sociales, según las exigencias del Reino de Dios, nos dice, no está establecida de una vez por todas, en sus determinaciones concretas. Se trata, más bien, de una tarea confiada a la comunidad cristiana, que la debe elaborar y realizar a través de la reflexión y la praxis inspiradas en el Evangelio” (53). La fe, y en ella la pertenencia a la Iglesia, es un don y una tarea. Tal vez sea este uno de los aspectos olvidados de la vida de fe llamada a asumir la vida y la obra de Jesucristo, que nos dejó en el Evangelio las líneas maestras del Reino de Dios. Vivir la Pascua es introducirnos en esta dinámica del Reino de Dios que es presencia, desafío y camino hacia su plenitud.


Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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