domingo, 24 de abril de 2016

Desde el Evangelio

EL AMOR PLENITUD DE LA FE


La fe nos abre a Dios, nos dispone a escucharlo, a recibir su gracia y a seguirlo. Este es el principio de toda vida cristiana que se va definiendo en el seguimiento a Jesucristo, el Hijo de Dios. La fe es el principio, diría, pero no la plenitud de la vida cristiana. Muchos cristianos se sienten seguros por creer que su fe es firme y ortodoxa, pero no siempre se preguntan acerca del comportamiento que les reclama esa misma fe. En el evangelio de este domingo Jesús les da sus discípulos lo que él llama un mandamiento nuevo, como ideal de una vida de fe: “Les doy, les dice, un mandamiento nuevo: ámense unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes. En esto conocerán que son mis discípulos” (Jn. 13, 34-35). La novedad es que el mismo Señor se pone como medida de este amor: “como yo los he amado” les dice. Esto siempre nos va a superar, pero es posible acercarnos a este ideal si su presencia como gracia del Espíritu Santo que nos ha dado, es una realidad que ya nos hace vivir del Reino de Dios. Este es el camino de plenitud de la fe cristiana: vivir del amor que él nos ha dado.

Esta supremacía del amor la vemos en san Pablo cuando nos dice: “En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande es el amor” (1 Cor. 13, 13). No debemos tener una imagen edulcorada del amor cristiano, como algo que siempre “me gusta”, este amor conoce la renuncia y la entrega. Siguiendo a san Pablo nos hace bien recordarlo en esta cita tan conocida: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor. 13, 4-7). Este nivel de amor no es una utopía irrealizable, sí una realidad nueva que tiene su fuente en Jesucristo, es decir, en alguien con quién hoy puedo participar de su misma vida como gracia. Jesucristo no es un maestro que nos dejó una doctrina para que la cumplamos, sino su presencia viva que nos acompaña y hace posible la vida del Reino de Dios.

La fe tiene necesariamente una dimensión social. El apóstol Santiago, nos dice: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras?¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano desnudo o sin alimento necesario, le dice: vayan en paz,,, y no le dan lo que necesitan para su cuerpo? (Sant. 2, 14). Esta actitud contradice la fe. Por ello, en el campo social y político, la exigencia del mandamiento del amor tiene un compromiso para todo dirigente que se manifiesta cristiano. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia afirma, al respecto: “El mandamiento del amor recíproco, que constituye la ley de vida del pueblo de Dios, debe inspirar, purificar y elevar todas las relaciones humanas en la vida social y política” (33). Esta es una tarea lenta que busca elevar las relaciones humanas en clave de una nueva “civilización del amor” como le gustaba decir a san Juan Pablo II. Ello requiere de hombres y mujeres comprometidos con las exigencias sociales de la fe.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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