domingo, 3 de abril de 2016

Domingo de la divina misericordia.

En el marco del Año Santo de la Misericordia celebramos el domingo de la Divina Misericordia. Este hecho nos convoca de un modo especial en este tiempo de gracia.
Sabemos que no es posible hablar de Dios sin una referencia a su misericordia. Esto lo hemos aprendido de Jesucristo, que es la fuente de nuestra fe y conocimiento de Dios. La fe cristiana no se funda en una construcción del hombre sino en la Palabra de Jesucristo, que ha venido a hablarnos de Dios, su Padre, y a revelarnos el sentido pleno de nuestras vidas. No puede haber, por ello, una vida cristiana que no parta de una imagen de Dios donde su misericordia sea un camino de crecimiento espiritual, de paz y alegría. La misericordia es un amor que se hace cercanía y vive a la espera del encuentro, y no se detiene ante una respuesta no esperada. Así nos ama Dios, incluso en nuestra lejanía. En la figura del Padre de la parábola del hijo pródigo, encontramos la mejor imagen de la misericordia de Dios que nos ha dejado Jesucristo (Lc. cap. 15).


       Tomar conciencia de que somos objeto permanente del amor misericordioso de Dios, no debe llevarnos a quedar tranquilos pensando que todo lo hace él. No se trata de imaginarnos un Dios “buenito” que lo hacemos a nuestro gusto, sino de conocer la calidad de ese amor de Dios que se ha hecho camino y vida en Jesucristo. Esto significa que debemos hablar de un amor exigente que busca nuestro bien y crecimiento. El amor cuando es auténtico es exigente porque busca hacernos crecer. Así nos ama Dios en Jesucristo. El me habla de renuncias, de ser generoso, de pensar en mi hermano, de no ser egoísta, de asumir incluso la cruz; podríamos enumerar una serie de exigencias de la que nos habla Jesucristo en el Evangelio. Un amor que no exige es demagógico y termina esclavizando. La misericordia es la mirada de un amor que no termina cuando no encuentra la respuesta que esperaba. Diría que es la certeza de un amor que no muere, que se mantiene vivo porque siempre está a la espera.



       En esta línea, Francisco nos dice: “La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer” (MV. 21). Ella necesita de la verdad y la justicia, pero no se encierra en ellas. Si Dios se detuviera solo en la justicia, concluye: “dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto a la ley. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón” (MV. 21). La misericordia es un camino de encuentro y de reconciliación, ella no se opone a la verdad y la justicia, pero no se encierra en sus justos reclamos sino que permite un gesto de libertad y amor. Recuerdo cuando san Juan Pablo II, luego del atentado que sufriera, fue a visitar en la cárcel a quién lo había querido matar. Él fue un impulsor de la celebración de este domingo de la Divina Misericordia.




Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones mi bendición en el Señor.


Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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