viernes, 1 de abril de 2016

El cristianismo es para fracasados.

Ricos católicos rechazando sentarse junto a fontaneros, y otros despreciando a los primeros por su actitud arrogante: no entendemos a Jesús.
por David Mills

“Nunca iría a la iglesia con mi fontanero”. El orador, vestido con un traje oscuro de dos piezas con un vistoso patrón a rayas, el favorito de algunos empresarios, iba a una parroquia episcopal tradicionalista de Long Island, Estados Unidos, donde la media de ingresos supera con creces la del estadounidense medio.
Yo reí, porque había entendido la frase en el contexto de un chiste, pero luego vi que lo decía en serio. Fue un momento incómodo.
Entiendo el esnobismo. Todo el mundo lo entiende, porque casi todo el mundo es un esnob de algo. Lo que no entiendo es que alguien diga algo así en voz alta.
Es posible que un cristiano pueda sentirse de esa forma, si se ha criado en un mundo social que cree que los trabajadores especializados son inferiores a los banqueros y a los inversores; pero el que se sienta así debería saber cómo suena al decirlo en voz alta.
Jesús murió por el fontanero, y si Jesús murió por él, ten claro que puedes sentarte a su lado. Y puede que te guste y todo.
Lo mismo puede aplicarse a cualquiera de nosotros que no quisiera sentarse al lado del hombre con el traje de rayas. No tenemos autoridad para ser esnobs morales sobre el estatus de los esnobs.
En mi columna Promiscuity Pays (El precio de la promiscuidad), para Aleteia, hablo sobre la sensación que tenemos muchos de nosotros sobre que debería funcionarnos bien el vivir virtuosamente y conforme a las reglas, y sobre que olvidamos cuán generalizada e persistente es la caída.
También tendemos a olvidar que el cristianismo es una religión de perdedores. Es un error relacionado.
Podemos encontrar diversión en el elitismo del New York Times, impecablemente liberal en sus posturas editoriales, pero lleno de anuncios para apartamentos, ropa y artículos que sólo los ricos pueden permitirse, y con unos artículos y unas recomendaciones de estilo de vida repletas de historias aduladoras y emocionantes sobre los que van a la última moda, los ricos y los jóvenes.
Los editores no están más interesados en el fontanero como persona que el adinerado episcopal, aunque hay que reconocerles que, a diferencia del segundo, les importa más que el fontanero tenga un salario y vivienda dignos.
Pero tenemos tendencia a no ver, mucho menos a encontrar divertido, nuestra propia consideración del cristianismo como una religión para los triunfadores.
Como vivimos en un país tan rico, es difícil no pensar de esta forma. La estadounidense es una sociedad pelagianista.
Esta suposición se pone de manifiesto en la preferencia que se da en la vida de la Iglesia a aquellos que son ricos en familia.
Aparece de forma más sutil cuando incluso algunos católicos conservadores aconsejan más indulgencia a la hora de anular matrimonios por el bien de los niños del segundo matrimonio, aunque se les descompone la cara cuando el informe provisional del Sínodo Extraordinario aconseja, sencillamente, que habría que preocuparse más por los hijos de las parejas de homosexuales. Favorecemos a aquellos que, por así decirlo, son ricos en orientación sexual.
También hay muestras de esta actitud en la ligereza, incluso celeridad, con la que aceptamos dictámenes reprobatorios sobre los fracasos de otras personas.
El hombre soltero “no sentó la cabeza cuando tuvo oportunidad”, la mujer soltera “ha sido muy exigente”, los parados de larga duración “no buscan lo suficiente” o “deberían aceptar lo que se les ofrece” o “deberían haber trabajado más para que no les despidieran”.
Suponemos que los raros y los vergonzosos viven al margen porque deben de haber elegido, de alguna forma, ser extraños e incómodos.
La presunción de la que hablamos surge incluso en nuestros juicios morales sobre los exitosos. El esnob del traje a rayas debería darse cuenta de que es un imbécil, pensamos; su falta de humanidad básica no es culpa más que de él mismo.
Y también surge en la cultura de autoayuda que infecta incluso al catolicismo.
Las personas que sufren podrían cambiar sus vidas si únicamente siguieran las instrucciones (los cinco pasos para esto o las diez normas para aquello). Tener éxito es tan fácil que los que son fracasados es que se han empeñado en no triunfar.
“Claro, aquello que nos recuerde que somos los “desterrados hijos de Eva” me va a resultar atractivo, siendo irlandés como soy y todo eso”, escribió mi talentoso amigo Mark Barret en relación a Promiscuity Pays.
Y continúa: “Está muy bien reírse de predicadores como Joel Osteens, pero todos tenemos nuestras propias y más sutiles variaciones.
Es posible que no queramos “nuestra mejor vida ahora”, pero sí queremos que nuestra fe nos dé ahora algunas de las mejores cosas. Aunque sea sólo en algunos aspectos”.
“Es una tentación humana universal, pero se ve exacerbada por un clima de consumismo. Echa un vistazo a todo el complejo industrial alrededor de la castidad en el mundo católico. Muchos de esos artículos se construyen en base a una versión apenas disfrazada de la teología de Su Mejor Vida Ahora. (Para ser justos, no todos son así. Pero incluso los mejores tienen algún elemento en común). ¿Quiere tener el mejor sexo de todos? ¡Espere al matrimonio! ¡Yo seguí el plan de Jesús para mi vida sexual y nunca tuve que preocuparme de las ETS! Esperé hasta el matrimonio y luego me busqué a una Miss Chattanooga como esposa y ahora no veas, ¡menudo sexo aprobado por Jesús tenemos! Y con signos de exclamación, siempre con signos de exclamación”.
Jesús llamó para que fueran sus mejores amigos, sus iniciados, a los equivalentes del siglo I a un fontanero.
Después de un largo día, cuando cerraba la puerta y se dejaba caer sobre una silla, era con estos tíos con los que hablaba.
Se rodeaba de prostitutas, borrachos y criminales de poca monta (recaudadores de impuestos) —los fracasados del mundo—, y también con los fariseos, de quienes los evangelios han demostrado ser fracasados a su manera. Con la diferencia de que los primeros lo sabían y los segundos no.
El fracasado que sabe que es un fracasado puede ofrecer más fácilmente su vida al otro fracasado que murió en la cruz.
Las prostitutas, los borrachos y los criminales de poca monta sabían que eran los fracasados del mundo —porque el mundo no les dejaría que lo olvidaran— y estaban más predispuestos a escuchar y a aceptar la oferta del salvador, que decía “Tomad esto. Es un regalo. No vais a salir de este lío vosotros solos. Meteréis la pata una y otra y otra vez. Pero yo os amo y quiero que seáis felices”.

Aleteia    31 MARZO, 2016

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