domingo, 15 de mayo de 2016

Desde el Evangelio

PENTECOSTÉS

En Pentecostés celebramos la plenitud de la obra y la misión de Jesucristo. Sería incompleto hablar de la Pascua sin hablar de Pentecostés, que es el día en que celebramos su cumplimiento. Jesucristo les dijo a sus discípulos: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn. 14, 18). Este volver de Jesucristo se inicia con el envío del Espíritu Santo. Se acostumbra a decir que Jesucristo realizó la obra objetiva de nuestra redención, el Espíritu Santo viene a interiorizar en nosotros esa misma obra. Es una fuerza interior, una gracia que nos transforma y capacita para vivir plenamente su evangelio. ¡Danos, Señor, el don de tu Espíritu!, es la oración del cristiano que sigue a Jesucristo. La vida cristiana no es voluntarismo, sino la presencia de Dios que nos orienta por su Palabra y nos mueve por su Espíritu para dar sentido a nuestras vidas.

Pentecostés es, también, el día que nace la Iglesia ante el mundo. Ella no es obra de los hombres sino de Dios, su vida y su fuerza proviene de él. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, que la anima a vivir y ser fiel al evangelio de Jesucristo. Pentecostés es el día en que la Iglesia adquiere conciencia de su misión y comienza a salir de su pequeño núcleo, su horizonte es el mundo. “Para esto he venido, para que el mundo tenga vida”, es el recuerdo vivo de las palabras de Jesús. Francisco nos diría que es el día en que la Iglesia toma conciencia de su misión, la de ser una “Iglesia en salida”. La misión avanza con la fuerza de la Palabra, el testimonio de una vida auténtica y el respeto a la libertad. La misión necesita de testigos que expresen con sus vidas el evangelio que predican. El espíritu de la misión es una gracia que hay que pedir y una tarea que debemos realizar.

El mensaje de Jesucristo se dirige a todos los hombres, y puede encarnarse en todas las culturas, tiene vocación universal. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nos dice que: “El mensaje cristiano ofrece una visión universal de la vida de los hombres y de los pueblos sobre la tierra, que hace comprender la unidad de la familia humana”. Esta unidad no se construye con las fuerzas de las armas, sino con la conciencia de un origen común y de una pertenencia que superan toda división. Por ello, concluye: “será siempre necesario, por imperativos de la misma naturaleza, atender debidamente al bien universal, es decir, al que afecta a toda la familia humana” (CDSI. 432). Nada más ajeno a la fe que fanatismos que llevan a la muerte de un hermano. Todo hombre es mi hermano es la primera consecuencia moral de la fe. Ella, la fe, no es un obstáculo para la paz, sino su mejor escuela. Esta conciencia forma parte de la misión de la Iglesia.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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