martes, 24 de mayo de 2016

La «Dominus Iesus» y las Religiones (II)



 - Mons. Angelo Amato

La doctrina cristológica: Jesucristo salvador único y universal. (continuación)

     Ahora analizaremos de manera sintética el contenido de los seis capítulos de la Declaración. En los primeros tres, de contenido cristológico, son esencialmente tres las afirmaciones doctrinales que la «Dominus Iesus» quiere remarcar en contraposición a las interpretaciones erróneas y ambiguas del evento central de la revelación cristiana, es decir sobre el significado y el valor universal del misterio de la encarnación del Verbo.
Plenitud y carácter definitivo de la revelación de Jesucristo
Antes que nada encontramos la afirmación de la plenitud y el carácter definitivo de la revelación cristiana en contraposición a la hipótesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, considerada complementaria a la presente en otras religiones, ya que la plena y completa verdad de Dios no podría ser monopolio de ninguna religión histórica.
Esta posición es considerada contraria a la fe de la Iglesia. Jesús, en cuanto Verbo del Padre, es «el camino, la verdad y la vida » (Juan 14, 6). Y es sólo Él quién nos revela la plenitud del misterio de Dios: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Juan 1, 18).
Así pues, la persona divina del Verbo encarnado sería la fuente de la plena, completa y universal revelación cristiana: «La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado» (n. 6). Por lo tanto la revelación cristiana lleva a su realización cualquier otra manifestación salvífica de Dios a la humanidad.
En este contexto se aclara, entre otras cosas, el valor de los textos sagrados de otras religiones, que no pueden ser considerados «inspirados» en sentido estricto ya que la Iglesia reserva dicha calificación a los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo (n. 8). Sin embargo, la Iglesia reconoce y aprecia la riqueza espiritual de los pueblos, aunque contengan insuficiencias, lagunas y errores. Por lo tanto, «los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes» (n. 8).
Al respecto se podría observar también que las obras clásicas de la teología y de la espiritualidad cristiana, aun cuando contienen extraordinarias luces de verdad y de sabiduría humana y divina, no son por eso llamadas inspiradas. La Declaración implícitamente invita a los cristianos a redescubrir, ante el desafío del conocimiento de los libros sagrados de otras religiones, la incomparable riqueza de la literatura cristiana oriental y occidental y sus múltiples y maravillosas concreciones litúrgicas y espirituales.
Unidad de la economía salvífica del Verbo encarnado y del Espíritu Santo
En segundo lugar, la Declaración busca contrastar algunas tesis que, queriendo fundar teológicamente el pluralismo religioso, relativizan y disminuyen la originalidad del misterio de Cristo.
Por ejemplo, en contraposición a los que consideran a Jesús de Nazaret como una de las muchas encarnaciones histórico-salvíficas del Verbo eterno, se reafirma la unidad personal existente entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret. Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier tipo de separación entre el Verbo y Jesucristo: Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable, hecho hombre para la salvación de todos(n. 10).
También están los que proponen una doble economía de la salvación, la del Verbo eterno que sería distinta a la del Verbo encarnado: «La primera tendría una plusvalía de universalidad respecto a la segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque si bien en ella la presencia de Dios sería más plena» (n. 9). La Declaración rechaza esta definición y reafirma la fe de la Iglesia en una única economía de la salvación querida por Dios Uno y Trino, «cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención» (n. 11). Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, es el único mediador y redentor de toda la humanidad y si se encuentran elementos de salvación y gracia fuera del cristianismo, estos tienen su fuente y su centro en el misterio de la encarnación del Verbo.
También se considera contraria a la fe católica la hipótesis de una economía del Espíritu Santo distinta e independiente de la del Verbo encarnado y con un carácter más universal. La encarnación del Verbo es un evento de salvación trinitario: «el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo en los tiempos mesiánicos, sino también antes de su venida en la historia» (n. 12). Existe pues una única economía divina trinitaria que abarca a la humanidad entera, por lo que «los hombres no pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu» (n. 12).
Unicidad y universalidad en el misterio salvífico de Jesucristo
Recogiendo los numerosos datos bíblicos y magisteriales, se declara que «la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios» (n. 14). En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. El Verbo de Dios encarnado es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones: es precisamente esta singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal (DI, 15).
La doctrina eclesiológica: la Iglesia único sacramento de salvación
En relación a las afirmaciones cristológicas, la Declaración dedica otros tres capítulos a la enunciación de la doctrina eclesiológica, resaltando algunos aspectos esenciales del misterio de la Iglesia.
En correspondencia con la unicidad y la universalidad del misterio salvífico de Cristo, se afirma la existencia de una única Iglesia: «debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica» (n. 16).
En lo que se refiere a la relación entre Iglesia y Reino de Dios, se resalta que la Iglesia es el reino de Cristo ya presente «en germen y en principio» en la historia, aunque su definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento de la historia (n. 18).
En correspondencia con la universalidad salvífica del misterio de Cristo, es motivada la necesidad de la Iglesia para la salvación de la humanidad. En el designio de Dios, la Iglesia, en cuanto «sacramento universal de salvación» («Lumen gentium», 48) y en cuanto íntimamente unida a Cristo su cabeza, tiene una imprescindible relación con la salvación de todo hombre.
Sobre las concretas modalidades de actuación de este influjo salvífico, la Declaración afirma: «Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona “por caminos que Él sabe”» (DI, 21). Esta afirmación será profundizada más adelante.
No se puede, por lo tanto, considerar a la Iglesia como un camino de salvación junto a otros, constituidos por otras religiones, las cuales serían complementarias o equivalentes a ella. No se puede reducir la función única y peculiar de la Iglesia, como instrumento de salvación para la humanidad entera: «Si bien es cierto que los no cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos» (DI, 22).
La identidad reafirmada
Como se puede observar, la Declaración no dice cosas nuevas. Todo es, en efecto, tomado del Magisterio conciliar y post conciliar de la Iglesia. Reafirma, sin embargo, con un lenguaje claro y preciso, algunos elementos doctrinales centrales de la identidad católica, con frecuencia olvidados o negados por tesis ambiguas o erróneas. La investigación teológica no es detenida, más aún es invitada varias veces a proseguir en su reflexión.
En el capítulo sobre la unicidad y la universalidad del misterio salvífico de Cristo, por ejemplo, la teología es «invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la salvación» (n. 14).
Además, debe ser estudiada en toda su profundidad la afirmación conciliar («Lumen gentium», 62) sobre la única mediación del Redentor, que no excluye, sino que suscita en las criaturas una propia cooperación: «Se debe profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo» (DI, 14).
Debe ser ilustrado en modo adecuado el misterioso don de la gracia donada también a los no cristianos: «El Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona “por caminos que Él sabe”. La Teología está tratando de profundizar este argumento» (DI, 21).
Finalmente, la Declaración desde su introducción precisó que el diálogo interreligioso, así como el diálogo ecuménico, debían continuar su camino, desde el momento que «en la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimiento» (DI, 3). La Declaración ha buscado cerrar solamente aquellos caminos que llevan a calles sin salida. De tal modo el diálogo interreligioso se libera del peligro de una religiosidad universal indiferenciada, con un mínimo común denominador, y lo hace volver al camino de la verdad, en el respeto de la propia identidad así como de aquella de los otros: «De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad,debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo» (DI, 22).
Gracia de Cristo y no cristianos: «Viis sibi notis» («Ad gentes», 7); «Modo Deo cognito» («Gaudium et spes», 22)
Teniendo como premisa este cuadro de referencia doctrinal, nos dirigimos ahora a dos asuntos. El primero se refiere al significado y al valor de aquellos caminos, conocidos solo por Dios, mediante los cuales la gracia se infunde en los corazones de los no cristianos. El segundo se refiere a algunas reflexiones epistemológicas sobre el diálogo interreligioso.
Por muy paradójico que pueda parecer, la afirmación de la Iglesia, como sacramento universal de salvación, está en armonía con otra afirmación bíblica sobre la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1 Timoteo 2, 4-6). Juan Pablo II declara que «Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación» (Juan Pablo II, «Redemptoris missio», 9).
Nos podemos preguntar: ¿Existe de hecho esta posibilidad de salvación para todos en relación a Cristo y a la Iglesia?, y si existe, ¿cómo se realiza esta eventual comunicación?
Sobre la posibilidad de la salvación, la DI, citando el magisterio conciliar y pontificio, sostiene su existencia de hecho. También para cuantos no son miembros de la Iglesia, «la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella» (DI, 20, cita tanto «Redemptoris missio», 10, como «Ad gentes», 2).
Se trata de un verdadero y propio don de Dios Trinidad, que proviene de Cristo, es fruto de su sacrificio y es comunicado por el Espíritu de Cristo resucitado, según el designio del Padre. Es una gracia que, mediante la Iglesia, expande sobre toda la humanidad los frutos del sacrificio redentor de Cristo. Es, además, una gracia que obra una verdadera y propia iluminación de los no cristianos en relación a su situación interior y ambiental (cf. DI, 20). Esto significa que esta gracia trinitaria infunde en su mente y en su corazón un misterioso discernimiento de la verdad y de la bondad, misterioso pero real y recto, por el cual ellos pueden seguir la verdad y obrar el bien. Y tal discernimiento se refiere tanto a su vida personal como a su existencia de relación y comunión con los otros.
El sacrificio eucarístico es el ofrecimiento cotidiano que la Iglesia hace al Padre para que la verdad del Evangelio ilumine a todas las gentes. No solo mediante la «missio ad gentes», sino también mediante la oración, la Iglesia intercede ante el Padre para que la redención de su Hijo alcance y convierta los corazones y las mentes de todos los seres humanos.
Confirmada la posibilidad de la existencia de tal gracia, se puede profundizar las modalidades de comunicación y de recepción de esta misteriosa gracia trinitaria, que el Espíritu de Cristo resucitado infunde en la historia sobre toda la humanidad, y que es tomada del sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el sacrificio eucarístico de la Iglesia.
A tal fin, la DI dice que «el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona “por caminos que Él sabe”» (DI, 21). Y cita explícitamente el decreto «Ad gentes» 7, que ubica la afirmación en un contexto claramente eclesiológico: «Pues aunque el Señor puede conducir por caminos que Él sabe (“viis sibi notis”) a los hombres, que ignoran el Evangelio inculpablemente, a la fe, sin la cual es imposible agradarle, la Iglesia tiene el deber, a la par que el derecho sagrado de evangelizar, y, por tanto, la actividad misional conserva íntegra, hoy como siempre, su eficacia y su necesidad» («Ad gentes», 7).
En realidad, podemos agregar que, al menos en otro pasaje conciliar se afirma un enunciado análogo al de «Ad gentes», 7. La constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, en un contexto cristológico, en el cual se habla de la gracia de Cristo, que obra invisiblemente no solo en los cristianos sino también en los corazones de todos los hombres de buena voluntad, declara: «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida (“modo Deo cognito”), se asocien a este misterio pascual» («Gaudium et spes», 22).
Cierto [que] la teología no osaría indagar en la mente de Dios. Puede, sin embargo, tratar de aprehender lo que los padres conciliares querían decir con las dos expresiones: «viis sibi notis» («Ad gentes», 7) y «modo Deo cognito» («Gaudium et spes», 22).
A partir del estudio de las «Acta Synodalia» se descubre que el Concilio ha hecho no pocas afirmaciones, tanto explícitas como implícitas, sobre los caminos de salvación para los no cristianos, todos, sin embargo, relativos a un único plan de salvación querido y actuado por Dios en el misterio de Cristo.
El Concilio explícitamente afirma que los caminos de salvación para los no cristianos son al menos los siguientes:
     1. La pertenencia a la Iglesia («Dignitatis humanae», 1; «Ad gentes», 7);
     2. La ordenación de la humanidad entera a la Iglesia («Lumen Gentium», 13d);
    3. La obediencia a la recta conciencia («Dignitatis humanae», 3; «Lumen gentium», 16);
    4. Hacer el bien y evitar el mal («Gaudium et spes», 16. 17).
Pero el Concilio hace referencia también en modo explícito a otros caminos de salvación para los no cristianos, cuando habla de «viis sibi notis» y «modo Deo cognito». A partir de la historia de la redacción de estos textos se deduce, que para los padres conciliares estos caminos desconocidos a nosotros, pero conocidos a Dios, son los dos siguientes: la adhesión a la verdad y la coherencia entre fe y vida (cf. F. Fernandez, In ways known to God. A theological investigation on the ways of Salvation spoken of in Vatican II, Vendrame Institute Publications, Shillong, 1996).
La Declaración sobre la libertad religiosa, en el contexto de la defensa de la libertad humana, pero no de indiferencia del hombre en relación a lo verdadero y a lo falso, tras haber reafirmado la subsistencia de la verdadera religión en la Iglesia Católica, y tras haber destacado que todos los hombres están obligados a buscar la verdad, dice: «Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas» («Dignitatis humanae», 1).
Adherir a la verdad es un camino de salvación, porque el hombre que busca formar una recta conciencia, se deja guiar cada vez más por las leyes objetivas de la conducta moral (cf. «Gaudium et spes», 16). Esto se hace cada vez más claro, si se considera que Dios hace al hombre capaz de participar en su ley divina de modo que pueda ser cada vez más consciente de las verdades inmutables. Adhiriendo a la verdad, el hombre manifiesta su total obediencia a la ley divina (cf. «Dignitatis humanae», 3).
Otra afirmación implícita sobre los caminos de salvación puede ser tomada del rechazo conciliar de la dicotomía entre la fe profesada y la vida cotidiana. El grave peligro para el fiel cristiano es este «divorcio» (discidium illud inter fidem quam profitentur et vitam quotidianam multorum), que pone en peligro su salvación. A partir de este punto continúa el llamado ante aquel «cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» («Gaudium et spes», 43).
Esta afirmación debe ser puesta en relación con lo dicho por el Concilio sobre la relación de la Iglesia con los no cristianos: «Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna» («Lumen gentium», 16). Si para el cristiano la dicotomía entre fe y vida puede ser causa de la perdida de la salvación, para el no cristiano la búsqueda de la armonía de una vida recta puede conducir a la salvación. En ambos está presente la gracia divina, ineficaz en el primero, salvíficamente eficaz en el segundo.

(continúa)


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