lunes, 23 de mayo de 2016

La «Dominus Iesus» y las Religiones (I)

Mons. Angelo Amato

Artículo aparecido originalmente en la edición italiana de “L’Osservatore Romano” en el año 2008.

La Agencia Fides tradujo y publicó, por concesión del periódico de la Ciudad del Vaticano «L'Osservatore Romano», el texto de la introducción del año Académico 2007-2008 del Instituto Teológico de Asís, cuyo título fue “La Dominus Iesus y las Religiones”. Pronunciada el 23 de Noviembre del 2007 por el entonces Monseñor Angelo Amato, Arzobispo Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe –hoy Cardenal y Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos–, tuvo resonantes ecos y, por su importancia, Fides la tradujo a varios idiomas. Hemos de aclarar que la Agencia Fides es oficialmente el Órgano de Información de las Obras Misionales Pontificias desde el año 1927.
Angelo Amato nació en Molfetta, una ciudad costera cercana a Bari, en 1938. Abandonó su carrera naval con 15 años para ingresar en la Orden Salesiana de San Juan Bosco. Ordenado Sacerdote en 1967, fue Profesor de “Teología Dogmática” en la Universidad Pontificia Salesiana y se especializó en “Cristología” en la Universidad Gregoriana de Roma, donde realizó su doctorado. Fue Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de la Congregación para los Obispos. En julio del 2008 Benedicto XVI lo nombra Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y lo elevó a la dignidad Cardenalicia durante el Consistorio del 20 de noviembre de 2010, asignándole la Diaconía de Santa María en Aquiro. Además de su natal italiano, habla inglés, francés, griego y español. Asimismo, aparte de numerosos artículos, ensayos y diccionarios teológicos, el Cardenal Amato ha publicado varias obras teológicas, especialmente en Cristología y Mariología, entre ellas “Catolicismo y secularismo en la Europa Contemporánea”, “Los santos de la Iglesia” y “El celibato de Jesús”.
A continuación publicamos el texto en español. Al final de este post hemos colocado un enlace al texto Italiano y, también, a su traducción al Inglés.
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La «Dominus Iesus» y las Religiones
Monseñor Angelo Amato

Introducción
En 1990 el Siervo de Dios Juan Pablo II [1], en su Encíclica misionera «Redemptoris missio», afirmaba que la misión de Cristo redentor confiada a la Iglesia estaba bastante lejos de su realización y que, más bien, se encontraba todavía en sus inicios.
Asimismo, recordando las palabras de San Pablo —«Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Corintios 9, 16)— había destacado que, en sus numerosos viajes hasta los extremos confines de la tierra, el contacto directo con los pueblos que ignoran a Cristo lo habían siempre convencido de la urgencia de la misión, que pertenece a la identidad profunda de la Iglesia, fundada dinámicamente en la misma misión trinitaria. Finalmente, considerando que la fe se fortalece donándola, consideraba la misión como el primer servicio que la Iglesia podía ofrecer a cada hombre y a la humanidad toda, desde el momento en que el anuncio de la redención obrada por Cristo mediante la cruz había dado de nuevo al hombre la dignidad y el verdadero sentido de su existencia en el mundo.
La «missio ad gentes»
Sin embargo, el Pontífice no podía ocultar «una tendencia negativa», a saber, que la misión específica «ad gentes» parecía en fase de disminución: «Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo» («Redemptoris missio», 2).
Para hacer frente a esta preocupación, él proponía de nuevo en los primeros capítulos de la encíclica tres sólidos pilares doctrinales: 
1. el anuncio de Jesucristo como único salvador de toda la humanidad, y de su Iglesia como signo e instrumento de salvación; 
2. el cumplimiento y la realización del Reino de Dios en Cristo resucitado; 
3. la presencia del Espíritu de Jesucristo como protagonista de la misión.
Después de haber indicado los horizontes inmensos de la «missio ad gentes» señalaba asimismo las «vías» concretas para realizarla. Ante todo el testimonio, luego el primer anuncio de Cristo Salvador, la conversión y el bautismo. Las otras vías: la formación de las Iglesias locales y de las comunidades eclesiales de base; la inculturación del Evangelio; el diálogo con los hermanos de otras religiones; la promoción del desarrollo y, finalmente, el testimonio de la caridad, fuente y criterio de la misión.
Como se puede ver, entre las vías de la misión está también el diálogo interreligioso, que no constituye una vía primaria, desde el momento que las vías principales son el testimonio, el anuncio, la conversión y el bautismo. Además, el Papa no pone el diálogo fuera de la «missio ad gentes». Ya que la salvación viene de Cristo, él reafirma que «el diálogo no dispensa de la evangelización» [2]. Es necesario poner de acuerdo el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso en el ámbito de la «missio ad gentes». No se les debe confundir, instrumentalizar, ni considerarlos «equivalentes, como si fueran intercambiables» («Redemptoris missio», 55).
Nos podemos preguntar, entonces, qué recepción tuvo tal Encíclica por parte de la comunidad eclesial en general y, en modo particular, por parte de los teólogos. Se puede decir que la Encíclica fue acogida con admiración, pero que inmediatamente fue calificada como «Encíclica misionera»: el acento se puso en la pastoral y en la espiritualidad misionera. Por su parte los teólogos mantuvieron más bien una actitud de desatención, por dos motivos: aquellos que —sobre todo en el área asiática y norteamericana— ya habían elaborado una propia teología pluralista de las religiones no podían compartir la posición del Papa. Los otros, sobre todo los teólogos europeos, no habían sido sensibilizados todavía sobre las diversas teorías de la teología de las religiones. Para ellos la Encíclica parecía poco innovadora, ya que no hacía sino reafirmar la muy conocida afirmación de fe sobre la universalidad salvífica de Cristo y de su Iglesia. Asimismo, la reflexión sobre el diálogo interreligioso, en occidente, estaba todavía en sus inicios.
En todo caso la Encíclica tuvo el mérito de inaugurar un decenio caracterizado justamente por la pregunta teológica sobre el significado y el valor salvífico de las otras religiones, a partir de la revelación cristiana. En tal período se delinearon con suficiente aproximación las diversas propuestas de la teología de las religiones, una nueva disciplina, que antes era relegada al ámbito específico de la misionología, y que ahora, en cambio, forma parte de los «loci» de la metodología teológica.
La Declaración «Dominus Iesus» (2000)
Después de 10 años mantiene toda su actualidad la afirmación de la Comisión Teológica Internacional, que afirmaba, en su documento “El Cristianismo y las religiones” (1997): «La teología de las religiones no presenta todavía un estatuto epistemológico bien definido» («La Civiltà Cattolica», 148 (1997), I, p. 4). En todo caso su finalidad es la interpretación de las religiones a la luz de la Palabra de Dios y de la perspectiva del misterio salvífico de Cristo y de la Iglesia.
Entre los varios modelos propuestos —sustancialmente tres: exclusivista, inclusivista y pluralista— es teológicamente plausible el llamado modelo inclusivista, inspirado en los textos del Vaticano II (cf. «Lumen Gentium»,  16-17; «Ad gentes», 3, 7, 8, 11, 15; «Nostra aetate», 2; «Gaudium et spes»,  22). Dicho modelo propone un horizonte cristocéntrico-trinitario, con Jesús como mediador de la salvación para toda la humanidad (cf. Hechos de los Apóstoles 4, 12; 1 Timoteo 2, 4-6). Esta interpretación es contestada por el modelo pluralista, que considera un mito la unicidad cristiana y propone una teología pluralista de las religiones, negando la universalidad salvífica de la redención cristiana. Dicho modelo se basa sustancialmente en dos presupuestos ideológicos: la aceptación del relativismo absoluto, como única posibilidad para expresar la verdad completa, y la admisión del pluralismo religioso, como único modelo para describir el misterio inefable de Dios.
En continuidad con el Concilio Ecuménico Vaticano II y con la Encíclica «Redemptoris missio» de Juan Pablo II, la Declaración «Dominus Iesus» (en adelante DI) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada durante el Gran Jubileo del año 2000, fue una respuesta competente del Magisterio de la Iglesia a la teología cristiana del pluralismo religioso que, haciendo suyo el pensamiento débil de la postmodernidad, ponía en riesgo la verdad de fe central del Cristianismo.
La Declaración parte de los datos bíblicos para reafirmar que la misión evangelizadora de la Iglesia nace del mandado explícito de Jesús y se realiza en la historia a través de la proclamación del misterio de Dios Trinidad, del misterio de la encarnación salvífica del Hijo de Dios y del misterio de la Iglesia sacramento universal de salvación. De hecho estos son los contenidos fundamentales de la profesión de fe cristiana del Credo niceno-constantinopolitano, que aún hoy rezamos en la liturgia de los domingos y solemnidades.
La Declaración concuerda con lo afirmado por Juan Pablo II, según el cual esta misión universal, al final del segundo milenio cristiano, a pesar de la fidelidad al Evangelio y a la perseverancia en el anuncio, está lejos de su cumplimiento (cf. DI, 2). Es un dato de hecho que la humanidad vive en una pluralidad de religiones y es también un hecho que la Iglesia Católica, aun valorando lo que hay de bueno y santo en las otras religiones («Nostra aetate», 2), no puede dejar de lado su misión evangelizadora, de la que forma parte también el diálogo interreligioso (DI, 2).
En la práctica y en la profundización teórica del diálogo «el perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)» (DI, 4). Es precisamente a estas teorías a las que se dirige en primer lugar la Declaración para refutar sus premisas y rechazar sus conclusiones.
Entre los presupuestos de naturaleza filosófica y teológica que subyacen a estos planteamientos pluralistas se puede mencionar: la convicción de la inaferrabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; el comportamiento relativista, en virtud del cual lo que es verdad para algunos no lo es para todos; la contraposición entre mentalidad lógica occidental y mentalidad simbólica oriental; el considerar a la razón como la única fuente del conocimiento y por lo tanto la dificultad de aceptar la presencia de eventos definitivos y escatológicos en la historia; el vaciamiento metafísico del misterio de la encarnación; el eclecticismo teológico, la interpretación de la Sagrada Escritura fuera de la tradición y del magisterio de la Iglesia (DI, 4).
Es importante precisar que la Declaración fue expresamente aprobada por el Sumo Pontífice con una fórmula de especial autoridad: «El Sumo Pontífice Juan Pablo II (...) con ciencia cierta y con su autoridad apostólica [certa scientia et apostolica Sua auctoritate], ha ratificado y confirmado esta Declaración (...) y ha ordenado su publicación» (DI, 23). Por lo tanto, el Documento tiene un valor magisterial universal. No se trata de una simple nota orientativa. Es un texto que propone verdades de fe divina y católica y verdades doctrinales que deben mantenerse con firmeza. Por lo mismo la aceptación que se les pide a los fieles es definitiva e irrevocable (ver el comentario del Arzobispo Tarcisio Bertone en «L'Osservatore Romano» del 6 de setiembre de 2000, p. 9).
Es más, en el Ángelus del domingo 1 de octubre de 2000, el Santo Padre confirmó explícitamente su total aprobación de la Declaración: «En la cumbre del Año jubilar, con la Declaración “Dominus Iesus” —Jesús es el Señor—, que aprobé de forma especial, quise invitar a todos los cristianos a renovar su adhesión a él con la alegría de la fe, testimoniando unánimemente que él es, también hoy y mañana, “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Nuestra confesión de Cristo como Hijo único, mediante el cual nosotros mismos vemos el rostro del Padre (cf. Jn 14, 8), no es arrogancia que desprecie las demás religiones, sino reconocimiento gozoso porque Cristo se nos ha manifestado sin ningún mérito de nuestra parte. Y él, al mismo tiempo, nos ha comprometido a seguir dando lo que hemos recibido y también a comunicar a los demás lo que se nos ha dado, porque la verdad dada y el amor que es Dios pertenecen a todos los hombres.
«Con el apóstol san Pedro confesamos que “en ningún otro nombre hay salvación” (Hch 4, 12). La Declaración “Dominus Iesus”, siguiendo las huellas del Vaticano II, muestra que con ello no se niega la salvación a los no cristianos, sino que se señala que su fuente última es Cristo, en quien están unidos Dios y el hombre. Dios da la luz a todos de manera adecuada a su situación interior y ambiental, concediéndoles su gracia salvífica a través de caminos que sólo él conoce (cf. «Dominus Iesus», VI, 20-21). El documento aclara los elementos cristianos esenciales, que no obstaculizan el diálogo, sino que muestran sus bases, porque un diálogo sin fundamentos estaría destinado a degenerar en palabrería sin contenido» (Juan Pablo II, Ángelus del 1 de octubre de 2000).

(continuará)




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