domingo, 1 de mayo de 2016

La Iglesia nace misionera.

Mons. José María Arancedo
 Las lecturas de este domingo nos muestran la expansión de la primitiva comunidad cristiana.
Lejos de sentirse un grupo encerrado en sí mismo y a la defensiva, lo primero que vemos es su conciencia misionera. Hay un universalismo de la fe recibida de Jesucristo que los lleva a trascender todo límite geográfico, cultural o de raza. Esto lo vemos en la lectura de los Hechos cuando se dirigen a los paganos: “Los Apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia” (Hech. 15, 23). Así nació la Iglesia. No era fácil este camino en una época en la que se identificaba lo religioso con la raza y lo político. La conciencia de este universalismo es su fe en Dios revelada por Jesucristo: ella se expresa en una relación única con Dios y en el mandamiento del amor. Toda persona es mi hermano sería la primera consecuencia social de la fe.
    Es importante partir de estas certezas para comprender tanto el universalismo de la fe como su exigencia misionera. La fe en Dios, revelada por Jesucristo, no nos aísla, por el contrario, nos define cono hijos de Dios y hermano de todos los hombres. Esto lo vemos en la oración que nos dejó Jesús al enseñarnos el Padre nuestro. La conciencia de esta fe es la que llevó a las primeras comunidades a salir al encuentro de todos los hombres y culturas y proclamarles la alegría y las razones de su fe. Una característica del auténtico espíritu misionero es su gratuidad y el respeto a la libertad. No es algo que se impone, se propone como una verdad que busca la libre aceptación. Un elemento esencial en ella es la predicación: “¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, si no se los envía?” (Rom. 10, 14-15). La fe cristiana nace de la palabra predicada. Una Iglesia fiel a esta certeza de la fe, es una Iglesia necesariamente misionera. Esto es lo que nos reclama hoy Francisco.
     Otro elemento a tener en cuenta es la pertenencia a una comunidad. La adhesión a la fe que nace en Jesucristo se orienta a la comunión. El hombre de fe no es alguien solitario, decíamos, sino miembro de una comunidad. Esta fue la primera enseñanza y preocupación de los apóstoles respecto a la vida de los cristianos. Así lo vemos en los Evangelios, como en los Hechos y las cartas de los Apóstoles. El encuentro con Jesucristo lleva necesariamente a vivir y a celebrar la comunión como signo de su autenticidad. En esto se comprende la centralidad de la eucaristía, la celebración dominical de la Misa que, como dice el Concilio Vaticano II, es “fuente y culmen” de la vida cristiana. Una fe que no se celebra termina debilitándose y se reduce a una mera referencia moral o cultural, que deja de alimentar e incidir en la vida cotidiana. La fe me da una comunidad, me da a la Iglesia. No hay Iglesia sin Jesucristo, pero también es necesario decir que Jesucristo nos lleva a la comunidad de la Iglesia que él ha instituido.


      Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.


Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz.

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