domingo, 22 de mayo de 2016

Solemnidad de la Santísima Trinidad.


Mons. José M. Arancedo.

Celebramos este domingo el misterio de la intimidad de Dios, al que solo podemos acceder porque él nos lo ha revelado. 

Hablamos del Padre como creador, del Hijo como redentor, y del Espíritu Santo como santificador.

Hablamos del Padre como creador y fundamento de la vida, del Hijo como redentor que ha sido enviado para salvarnos y mostrarnos el camino de nuestra vida, y del Espíritu Santo como quién hace realidad en nosotros esa misma obra de Jesucristo.
Dios, sin perder su unidad, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la vida de Dios, su identidad profunda. Este es misterio de la Santísima Trinidad, que no se trata de algo oscuro y difícil que debemos desentrañar sino de una realidad que nos trasciende y que necesita ser revelada. Cuando la recibimos ella se convierte en luz que da sentido a todo. En ello vemos como la fe eleva a la inteligencia a un conocimiento que trasciende sus límites humanos. Estamos hablando de la fe como un don del Espíritu Santo.
 Jesucristo nos revela esta intimidad de Dios cuando nos habla de su Padre y nos dice que, luego de su Pascua, nos van a enviar al Espíritu Santo. Con ello nos muestra tanto la vida de unidad y comunión que existe en Dios como su diversidad sea en la obra creadora, redentora y santificadora. Es más, Jesucristo ve en esa intimidad de Dios el ideal de nuestra vida de comunión, a esto él lo hace oración: “Padre, que sean uno como nosotros somos uno” (Jn. 17, 21). Para el cristiano la fuente del amor es Dios, como afirma san Juan: “el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (Jn. 4, 7). Vivir esta conciencia de la fe en Dios debe desterrar cualquier intento de fanatismo religioso que lleve a matar en nombre de Dios. Quién hace esto no está hablando del Dios verdadero, sino de una caricatura hecha con fines políticos de poder y dominio. El criterio para discernir la presencia de Dios siempre es el amor: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos, nos dice san Juan: en el amor que se tengan los unos con los otros” (Jn. 13, 35).
 Sin querer forzar el texto de nuestra Constitución cuando dice que: “Dios es fuente de toda razón y justicia”, creo que debemos entenderlo no solo en un sentido individual sino también, en su alcance social. No es posible invocar a Dios y no tener una actitud de solidaridad como exigencia moral de esa misma invocación, que si bien es religiosa nos habla de responsabilidad cívica. La invocación a Dios da fundamento y refuerza todo lo humano. Dios no ocupa el lugar de nadie pero sí sostiene e ilumina el lugar y la tarea de todos. La fe en Dios que hemos conocido por el Evangelio de Jesucristo nos compromete a sentirnos responsables de nuestros hermanos. Nada más lejos de la fe en Dios Uno y Trino, que encerrarnos en actitudes individualistas y egoístas, y a pensar solo en términos económicos de llegar a tener más. La fe en un Dios que es Padre de todos, abre nuestra mirada y nuestro corazón a todos nuestros hermanos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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