domingo, 26 de junio de 2016

Desde el Evangelio

SEGUIR A JESÚS

Jesucristo no se presenta como alguien más predicando un mensaje, sino como quién tiene autoridad para reclamar una decisión frente a su persona. Esto puede chocarnos, pero es lo más real si queremos comprender quién es y cuál es su misión. No es sólo un hombre que predica un mensaje entre otros, él tiene conciencia de ser el Hijo de Dios enviado por su Padre para cumplir una misión única. Esto les recrimina a sus discípulos cuando le piden que les muestra al Padre, y él les responde, pienso con dolor: “El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn. 14, 9). Si no tenemos en cuenta esta conciencia no es posible comprender el Evangelio. Solo Dios puede pedir un seguimiento total, aunque siempre respetando la libertad del hombre. El evangelio de san Lucas que hoy leemos presenta la característica de un exigente llamado al seguimiento de Jesús. No admite medias tintas. El no vino para ser un adjetivo más en la vida del hombre, sino una presencia que de sentido pleno a su vida. Así lo dice el Concilio Vaticano: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo Encarnado (Jesucristo)” (G.S. 22).

Dicho esto podemos comprender las respuestas que les da a los que quieren seguirlo pero ponen condiciones, déjame a que atienda mis cosas, o que me despida de los míos y así otras respuestas. El Señor les responde: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62). La respuesta parece dura pero hace a esa radicalidad del evangelio que busca jerarquizar la vida sin negar lo humano. No todo es igual, hay cosas que reclaman renuncias y hay que estar dispuesto a asumirlas. La renuncia no es lo primero ni lo más importante, lo que vale es el “tesoro” que el hombre ha encontrado y que da sentido a su vida, por ello vende todo (renuncia) para obtenerlo (cfr. Mt. 13, 44). El seguimiento de Jesús lleva implícito esta renuncia. Cuando lo que moviliza una renuncia es haber encontrado aquello que da sentido a una vida, no se la vive como una negación que limita o reprime sino un camino que nos abre desde nuestra libertad a una plenitud. Hoy se ha perdido este sentido positivo de la renuncia, para calificarla como algo que no nos hace bien. Volver a encontrar el sentido positivo de la renuncia como el esfuerzo para alcanzar un bien nos hace bien, crecemos desde nuestra libertad.

El seguimiento de Jesús no es voluntarismo ni algo mágico, sino presencia de su vida en nosotros. Esta es la gran enseñanza de san Pablo cuando nos dice: “y ya no soy yo, sino que Cristo que vive en mi” (Gal. 2, 20). No es posible predicar un seguimiento de Jesús y no tener en cuenta la necesidad de una vida espiritual, de una vida de gracia, que es la que da fuerza y sentido a esa entrega que él nos pide. Este es un aspecto que no siempre se lo tiene en cuenta, parecería que el seguimiento es una decisión de mis fuerzas humanas sin necesidad de una presencia del Espíritu del Señor en nosotros. Sería una lectura incompleta de las enseñanzas y el mensaje del Evangelio. Es hacer del Reino de Dios una utopía humana, o una ideología política junto a otras, en la que se manifiestan aspectos humanos y sociales pero sin la presencia viva del Señor, que es la que le da sentido y da un estilo propio de vida marcada por la caridad. Con san Agustín podríamos decir: “dame Señor (como gracia) lo que me pides, y después pídeme lo que quieras” (Conf.). Este es, diría, el secreto de la vida cristiana.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz



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