domingo, 5 de junio de 2016

Sólo el Señor es el dueño de la Vida.


 El evangelio de este domingo nos presenta la escena de aquella viuda que llora la muerte de su hijo único, la presencia del Señor que se detiene y se conmovió, afirma el texto.
Dirigiéndose a la madre le dice: “no llores”, para luego dirigirse al féretro y decir: “Joven, yo te lo ordeno, levántate. El muerto se incorporó y comenzó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre”. Todos quedaron admirados y decían: “Dios ha visitado a su Pueblo”. (Lc. 7, 11-17). Este evangelio nos muestra el poder de Jesucristo como Hijo de Dios, él tiene su mismo poder, él es Dios. Esta afirmación es el centro de la fe cristiana, no estamos ante un hombre inspirado por Dios como puede ser un profeta, sino ante el mismo Dios que ha venido a nosotros asumiendo nuestra naturaleza y manifestándose en ella. Jesucristo es Dios hecho hombre y actúa con el poder de Dios. Este desafío de la fe cristiana es el comienzo de una vida nueva. El encuentro con Jesucristo es el encuentro con Dios, nuestro Padre y Creador.

Estamos ante un milagro. Son pocos los que Jesús ha hecho, con ellos ha querido manifestar su divinidad, son signos de su poder divino y de su identidad con su Padre, con Dios. Cuando uno de sus discípulos, Felipe, en ese camino de fe en el que ellos lo van descubriendo le dice: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le responde: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto a mi Padre. Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí. Créanlo, al menos por las obras” (Jn. 14, 8-10). La resurrección del hijo de la viuda es, precisamente, una de estas obras o signos con los que Jesús manifiesta su divinidad. Es importante valorar el gesto de cercanía y de compasión con el dolor de la madre, en él se expresa la humanidad de Jesús que debe ser un modelo para nosotros, pero estamos ante una revelación del poder de Dios que atestigua la divinidad de Jesucristo. Solo Dios es el dueño de la vida.

Cuando el hombre olvida esta verdad se convierte en dueño de un poder que no tiene, y pone en peligro la dignidad sagrada de cada persona. La fe en el Dios de la vida es la mayor garantía del hombre y de sus derechos. Cuando nuestros mayores nos dejaron en las sabias palabras de la Constitución Nacional, aquella simple y profunda referencia a Dios, como: “fuente de toda razón y justicia”, expresaban algo más que una confesión religiosa. Ponían en ella el fundamento de la vida y el límite a todo atropello a su valor sagrado. La invocación del nombre de Dios es salvaguarda de la dignidad humana. El hombre no se fundamenta a sí mismo, es creado, es una criatura. La aceptación de esta verdad no disminuye su grandeza sino que la cuida y eleva.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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