domingo, 24 de julio de 2016

¡Señor, enséñanos a orar!

Mons. José M. Arancedo.
En el evangelio de este domingo leemos uno de los diálogos más reveladores de Jesús con sus discípulos: “Jesús estaba orando en cierto lugar…, nos dice el texto, y uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11, 1).
La figura motivadora es la actitud orante de Jesús. A este hecho no lo debemos desatender, el testimonio de alguien que tiene autoridad es decisivo, en este caso motiva una pregunta: “Enséñanos a rezar”. Pienso, a partir de esta imagen, en la importancia que tiene para un niño el ver a su padre o madre rezar. Este tema es central en esa primera catequesis de la familia con sus hijos. La fe, como la oración, se viven y transmiten por el testimonio acompañado de la palabra.


Es difícil un itinerario catequístico sin la presencia de los padres. Es cierto que la fe es algo personal y tiene caminos propios, pero qué importante es para el niño descubrir el valor de lo religioso en el testimonio de sus padres. Ellos comprenden que no es algo que pertenece a una etapa de la vida, sino que es el comienzo de una vida plena. La oración se le presenta al niño como algo valioso, porque tiene un lugar en la vida de sus mayores, son sus primeros catequistas. Lo que busca la catequesis familiar es, precisamente, hacer tomar conciencia a los padres de esta dimensión de la fe, que está llamada a iluminar y dar sentido a la vida de sus hijos.


La oración nos hace bien. Ella nos introduce en la verdad de lo que somos, en nuestra dignidad y grandeza, con su pequeñez y límites. El que reza sabe que no es Dios, que es una criatura. Esto tan simple nos habla de la verdad más profunda del hombre. Cuántas veces el que se jacta de no rezar, de no necesitar de Dios, cuando llega el límite de nuestra condición de criatura, la enfermedad, la impotencia, se desespera. En cambio el que reza, en lo simple de la oración está su esperanza y fortaleza. Este ha vivido en la verdad de su condición de criatura, el otro, tal vez sin quererlo, desconoció esa verdad fundante de su condición humana. Dios no limita al hombre, es la fuente que da sentido a su dignidad con sus límites. La oración da confianza en un Padre que no abandona a sus hijos. La oración tiene que ver con la verdad del hombre, es su primer camino.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.


Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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