domingo, 21 de agosto de 2016

Día del catequista.

Mons. José M. Arancedo.
El 21 de agosto, Fiesta de San Pío X, celebramos el Día del Catequista. Es un día de reconocimiento, de gratitud y de presencia pastoral.
No se trata de una tarea individual de alguien, sino que del mandato de Cristo a los apóstoles, a la Iglesia. La catequesis nace y vive en la comunión de la Iglesia. Es un día de reconocimiento, les decía, por la tarea de tantos generosos catequistas. ¡Qué sería de la Iglesia sin la presencia de ellos! Nuestras comunidades crecen por la tarea perseverante de nuestros catequistas. A ellos mi reconocimiento, que se convierte necesariamente en gratitud. Conozco el esfuerzo que realizan, el tiempo que dedican y el testimonio eclesial de sus vidas. Esta gratitud la hago oración en este día por todos ustedes, queridos catequistas.
Cuando hablo de presencia pastoral me refiero al lugar que la catequesis y los catequistas deben ocupar en la vida de la Iglesia. No se trata solo de acompañarlos en su vida y formación, que es muy importante, sino de avanzar en lo que llamaría una “pastoral vocacional del catequista”. Es decir, presentar la tarea del catequista como un llamado del Señor para cumplir una misión en la Iglesia. Ello implica hablar de una espiritualidad propia del catequista que da sentido e identidad a su misión. Valoro el camino de muchas personas que participan en la comunidad e ingresan a la catequesis, pero pienso en tantas mamás y familias que se acercan a la Iglesia por la catequesis de sus hijos, y que luego se alejan al concluir su tarea, me pregunto ¿no estarán esperando o necesitando de una palabra que descubra en ellas su posible vocación como catequistas?
El Año Santo de la Misericordia es un tiempo de gracia, de renovación y de santidad. Es un llamado a vivirlo en lo concreto de mi vida y compromiso eclesial, en mi vida de catequista. El Santo Padre ha definido a la misericordia como: “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (M.V. 10). Ella es expresión del amor de Dios que hemos conocido en Jesucristo. El Año Santo lo debemos vivir como una invitación a contemplar a Jesús en una actitud de orante conversión, que nos haga crecer en lo que san Pablo nos pide con tanta insistencia: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (Flp. 2, 5). Lo imagino, por ello, un año de intimidad con el Señor para hacernos más dóciles a la moción de su Espíritu. La santidad no es algo estático, ya adquirido, es camino hacia al Reino.
 Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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