lunes, 8 de agosto de 2016

La mirada, el pensamiento y el pecado

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa
No tendrás pensamientos ni deseos impuros.
(Noveno mandamiento)
Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias que, que le atraen y seducen. (Sant. 1, 14)
Todo empieza con la mirada.
Queridos hermanos, muchos no son conscientes de la importancia de la mirada para evitar pecar, pues se peca  mirando. Se mira de arriba abajo, de abajo arriba. No se guarda la vista. No se mira el alma de las personas con los ojos, se mira el cuerpo con deseo. A base de mirar, uno se debilita hasta caer en el pecado.  Se mira con deseo, el pensamiento, que no está sujeto a nada,  se recrea y el alma peca. Es necesario aprender  a guardar  la vista.
Todo empieza con la mirada. Cuando alguien ve algo desagradable, rápidamente aparta la mirada, se esfuerza en no mirar. Pero, si después ve algo, o a alguien, agradable, se deleita en el placer de los sentidos. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca (Mt. 26, 41). Ya está abierta la brecha del pecado. Entra el deseo de lo que se mira, el deseo de la persona que se mira. Cuántos no entienden que tras algo que, dicen, es  superficial, justificable y normal, está la tentación del demonio. Recordemos las palabras del Apóstol: Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires (Ef. 6, 12). A las luchas interiores del alma se agregan las acometidas y tentaciones exteriores, que algunas veces combaten abiertamente, y otras por  caminos ocultos que introducen al alma en tal estado de pasión cegadora que no puede verse libre de ella por sí misma.
Cuando en el alma entra el espíritu maligno, la malicia espiritual, aquella oye: Quiero tu cuerpo. Es el deseo por la persona que la vista miró con atención y placer. Aquel cuerpo que se miró con aparente normalidad, porque era bello, ahora se desea ciegamente, apasionadamente.
Puede darse el caso, en no pocas ocasiones, que personas que desean a Dios fervientemente, que desean vivir santamente, pecan, inconscientemente, con el deseo carnal, pues lo confunden.  Dicen: Si pudiera abrazar a esa persona, abrazaría al mismo Dios, de lo perfecto que es, agradable, amable, que parece es divino. Piensan, con total convencimiento, que han conocido a la persona perfecta, pero el deseo las abrasa. Se ha apoderado de ellas. Son presas del maligno, que constantemente está en guerra contra el alma. Por esta razón no podemos estar en paz, sino en constante vigilia contra las embestidas del demonio, que en el caso que tratamos, es a través de la vista.
Por la mirada entra el pecado. Por ello la mirada ha de ser pura, casta, pudorosa, ha de evitar lo excesivamente agradable a los sentidos, ha de desconfiar de los sentidos corporales y de los placeres asociados. La guarda de los sentidos será la guarda de la ocasión de pecar. Se peca con el pensamiento porque primero se pecó con la vista.
No tendrás pensamientos ni deseos impuros.
Muchos no lo piensan, no lo tienen en cuenta, no le dan importancia. Una mirada complaciente hoy, otra mañana; una atención mayor en el cuerpo, más tarde, y sin darse cuenta, el alma peca de pensamiento, en primer lugar. Ya entró el espíritu maligno del deseo, de la pasión dominadora de la razón. El demonio ya entró, consiguió atrapar al alma en la tentación del deseo carnal.
Es el alma lo que le agrada al Señor. Pero el demonio arrastra a la persona al deseo del cuerpo. Tienta con el pensamiento al pecar con la mirada.
Se da la dolorosa y triste circunstancia en nuestra Madre Iglesia, que los propios lugares de culto, donde todo debería estar rodeado de pudor, respeto, recogimiento, sin embargo,  también, como el mundo, lugares donde se puede pecar con la mirada. La impudicia del mundo ha entrado en la santa Iglesia, con el consentimiento y apoyo de los Pastores. Ya ni la propia Iglesia es un lugar donde uno pueda descansar la mirada de tanta inmoralidad. No se respeta ni siquiera la purísima santidad de nuestra Señor, y se ofende al sacerdote que quiere y debe mantener limpios sus sentidos.
Ni pensamientos ni deseo impuros. Es decir, ni siquiera uno. No hemos de tenerlos, ni consentirlos.  Esto supone una vigilancia constante de nuestros sentidos, una desconfianza hacia ellos cuando quieren fijarse con deleite en lo que puede derivar en pensamientos impuros y en pecado.
Nos ayudará mucho estas palabras del profeta Isaías que hablando del demonio y de su derrota, recuerda que éste decía: Escalaré a los cielos – In Coelum conscendam ( Is. 14, 13). No pudo escalar hasta el Cielo, pero lo intenta. La tentación del alma es constante. Escalaré los Cielos, y no cesará de tentar un solo instante. ¿Qué hay más fácil y aparentemente inocente que una mirada? La brecha se abrió, y el maligno empieza a escalar.
El pecado engendra la muerte
¿Cómo reconocer este pecado? Cuando la concupiscencia de la carne desea ardientemente, como dice San Pablo: Andad en espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otro se oponen de manera que no hagáis lo que queréis (Gal. 5, 16 -17).
Todo empezó con una simple mirada. Continuó con una atención minuciosa del cuerpo que se contempla. El pensamiento se recrea consintiendo, sin rechazar lo pensado. El deseo crece y se apodera de la persona. El pecado ha entrado en el alma. Luego la concupiscencia cuando ha concebido, pare el pecado, y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte (Sant. 1, 15).
La confesión detallada de los pecados
¿Cómo liberar al alma de este pecado y de todos los demás? Sólo con la confesión detallado del pecado. Únicamente detallando el pecado con minuciosidad se podrá arrancar el espíritu maligno que atenaza al alma. No estamos hablando de curiosidad morbosa, de indiscreción, sino de tacto, delicadeza, pero de  firmeza ante el pecado que ha de detallarse para hacerlo desaparecer del alma pecadora. Esto no es entendido ni por los confesores ni por los penitentes.
Es un grandísimo error pensar que es suficiente la indicación general y superficial del  pecado. El confesor tiene que ayudar al penitente a llegar hasta el fondo de su alma y encontrar el pecado oculto, ese que las almas por sí solas no pueden descubrir. Hay que conducir al alma sin perturbarla, pero rectamente y con firmeza, sin falsos prejuicios. Hay demasiados prejuicios entre confesor y penitente; el penitente busca que el confesor le dé la razón. Los confesores no se atreven a preguntar y los fieles les molesta que lo hagan. Desgraciadamente nos encontramos hoy en día  que el confesor en un cómplice del penitente.
La confesión detallada del pecado, la ayuda del confesor, el dolor de la ofensa a Dios, el propósito de no volver a pecar, la guarda firme de la mirada, el rechazo instantáneo del mal pensamiento, nos ayudarán a no volver a pecar, a liberar al alma de las tenazas del tentador y a descubrirlo para combatirlo.

Adelante la Fe  (8/8/16)

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