viernes, 12 de agosto de 2016

La nueva Beata argentina.

Por María Teresa Rearte
   María Antonia de Paz y Figueroa (1730-1799), conocida por el pueblo cristiano como Mama Antula, será beatificada el 27 de agosto en Santiago del Estero, provincia en la que nació.  Deseo aportar algunos datos que permitan conocerla, teniendo en cuenta la metodología del Catecismo de la Iglesia, que cita a las mujeres entre los testigos de la fe.
Y también las perspectivas que para su época ella traza como sujeto social..
     No es un dato menor tener presente que el rol de las mujeres argentinas en el siglo XVIII era el que les asignaba una sociedad patriarcal. Por lo tanto subordinado, dedicado a las tareas hogareñas y orientado al matrimonio. Sin poder propio de decisión, la que en su lugar ejercían  los hombres (padres, esposos o hermanos mayores). La cultura imperante marcaba los espacios en los que debían desenvolverse: el hogar, la familia y la iglesia. 
     Hija del maestre de campo Francisco Solano de Paz y Figueroa y de Andrea de Figueroa, vivió su infancia en la encomienda de indios de su padre, en las tierras santiagueñas de Silípica, donde había nacido. La educación se recibía en la casa, de parte de algún familiar o maestro particular. No obstante, en su caso no estuvo descuidada. Siendo adolescente la familia se trasladó a la ciudad, donde María Antonia frecuentó la iglesia de los jesuitas y empezó a colaborar en la preparación de los ejercicios espirituales que impartían. 
      A los quince años vistió la túnica negra como beata de la Compañía. No fue una religiosa de vida activa. Sino una mujer consagrada a Dios por lo que se pueden llamar votos privados, que se dedicó a colaborar con los sacerdotes, catequizar, coser, cuidar a los enfermos y socorrer al prójimo en necesidad. 
     En 1767, los jesuitas fueron expulsados  por orden del rey Carlos III. Y quienes estaban bajo su tutela temporal y espiritual quedaron desamparados. El poder alcanzado por la orden de san Ignacio con la instalación de sus misiones, el impulso dado a la educación y la cultura, sus posesiones,  los volvió “sospechosos” ante los ojos del monarca. Con su expulsión sus bienes se convirtieron en botín de guerra y sus obras fueron desarticuladas. María Antonia, que por entonces tenía treinta y siete años, decidió reinstaurar los ejercicios, bajo la orientación de sacerdotes que los predicaban, y llamando de puerta en puerta. Así empezó a expandir su obra por los antiguos poblados del camino real, como Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y Soconcho. Más tarde, con el permiso del obispo de Tucumán, los difundió por el noroeste argentino. Y en 1777 pasó a Córdoba. 
      Posteriormente, pidiendo los medios materiales, y no sin el sacrificio y las dificultades que toda peregrinación de la fe comporta, llegó a Buenos Aires. Pero no le fue fácil insertarse en la capital del virreinato. Tanto el obispo como el virrey se mostraron recelosos con su obra y la de las mujeres que la acompañaban. Incluso fueron calificadas de locas y de brujas, como relata María Antonia de San José (nombre que adoptara), en sus cartas al padre Gaspar Juárez, jesuita santiagueño radicado en Roma después de la expulsión. Luego de aguardar por nueve meses, el obispo aceptó su petición de permiso y en 1780 se iniciaron los ejercicios en Bs. As. Por su parte, el virrey que también se oponía a su realización, más tarde cambió de opinión. E incluso   apoyó el traslado de María Antonia a Uruguay, donde promovió la instalación de una casa de ejercicios. Y de regreso a Bs.As. hizo otro tanto para la construcción de la respectiva casa de ejercicios.
    La opción más difícil para una mujer  se le presentó cuando el Papa Clemente XIV, presionado por los reyes católicos, suprimió la orden en 1773. ¿Quién era ella para contradecir al Papa, manteniendo viva la tradición de los jesuitas?
    Memoria e historia son necesarias para registrar lo vivido, que en el caso de Mama Antula debo restringir por razones de espacio. Pero destaco su aporte para dignificar el rol de la mujer tanto como el cambio social. Y su relación con el poder político y religioso en función de su misión, algo que  sólo hacían los hombres.
     
     

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