miércoles, 7 de septiembre de 2016

¿Cuál es la autoridad de las revelaciones privadas y apariciones?

No tienen autoridad para la fe de los católicos, son solo una ayuda para la fe y la vida espiritual

Es muy frecuente que en discusiones doctrinales o litúrgicas, aparezcan personas confundidas que citan una frase de un vidente, para fundamentar cuestiones de la fe de la Iglesia. La confusión se da por el desconocimiento del valor de las revelaciones privadas frente a la Palabra de Dios, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia.

Además muchos se aprovechan de la crisis doctrinal y el relativismo que campea en la propia Iglesia para dar discursos fundamentalistas que caen en herejías del otro extremo, poniéndose por encima de la Palabra de Dios y de la misma Iglesia para defender fanáticamente a un vidente particular como si fuera la última revelación del cielo a la humanidad, cayendo en toda clase de iluminismos y fundamentalismos.

Normalmente suelen preferir temas como el purgatorio, el infierno, la acción del demonio, el fin del mundo, los ángeles, exorcismos, el uso de sacramentales como si fueran amuletos mágicos y la preocupación por cómo se comulga. Temas que la catequesis y la pastoral secularizante han descuidado, por cierto. Pero, ¿qué debemos creer como católicos? ¿A quién escuchar entre tantas voces contradictorias?

El valor de las revelaciones privadas

El mariólogo, experto en apariciones y revelaciones privadas, René Laurentin, escribió al respecto: “Las apariciones de la Virgen son las que atraen más gente… A pesar de esta importancia innegable, el estatuto de las apariciones dentro de la Iglesia es muy modesto y está puesto en discusión… Muchas de ellas son toleradas, aunque no reconocidas oficialmente” (Nuevo Diccionario de Mariología).

Benedicto XVI escribió al respecto: “El valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación privada es su orientación a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo… La revelación privada es una ayuda para la fe, aunque no es obligatorio usarla“. (Verbum Domini 14)

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que ”a lo largo de los siglos hubo revelaciones llamadas privadas, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Guiados por el Magisterio de la Iglesia, los fieles deben discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia” (Nº 67).

Y el mismo Concilio Vaticano II en su constitución dogmática sobre la Iglesia afirma: “El Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del asunto, trabajan celosamente con los medios oportunos para investigar adecuadamente y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe”. (LG 25). Que no pertenezcan al depósito de la fe, quiere decir que no hay por qué creer en ellas.

“Las revelaciones privadas aunque hayan sido aprobadas por la Iglesia, no se les debe atribuir un asentimiento obligatorio. Por lo tanto uno puede rechazarlas y negarse a aceptarlas” (Benedicto XIV).

San Juan de la Cruz escribió al respecto: “Si la fe ya está fundada en Cristo y en el Evangelio, no hay para qué preguntar más. En Cristo, Dios ya dijo todo lo que tenía que decir. Y buscar nuevas revelaciones y o visiones sería una ofensa a Dios, pues sería como sacar los ojos de Cristo, buscando alguna otra novedad”. (Subida al Monte Carmelo) .

¿Cuál es su autoridad?

Ninguna. No tienen autoridad para la fe de los católicos, son solo una ayuda para la fe y la vida espiritual,para recordar lo ya revelado en la Palabra de Dios y enseñado por la Iglesia. Por esta razón no es adecuado citarlos como una fuente de doctrina, ya que su función es llamar a la conversión, a la oración, a una vida más devota, a una mayor fidelidad a Cristo y a la Iglesia, pero no legislar sobre liturgia o dar cátedra de teología dogmática explicando los misterios de la fe. Para enseñar está el Magisterio, no los videntes.

Si una revelación privada incluye la manifestación de una verdad contenida en el depósito de la fe, lo que está haciendo es repetir algo ya revelado (revelación pública), pero no agrega ni amplía nada. Si con el tiempo algo que comenzó como una revelación privada, como el caso del “Sagrado Corazón de Jesús”, termina siendo asumido por el Magisterio auténtico, comienza a gozar de autoridad no por su origen, sino porque ha sido presentado para ser creído por quien tiene autoridad para hacerlo.

La Iglesia cuando dice que “aprueba” una revelación privada, no obliga a creer en ella, sino que autoriza la devoción, como en los casos de Fátima o Lourdes. 

A propósito de las visiones

Benedicto XVI explica que cuando un vidente ve el purgatorio, el infierno o el cielo, lo que ve no es la realidad del mas allá como si fuera una película, sino quedebe ser interpretado siempre por la Iglesia y no tomado al pie de la letra.

Ante la actual crisis cultural y religiosa en que muchos viven, un discurso seguro y apocalíptico les es más seductor y convincente, pero encierra muchos peligros y es fuente de no pocos fanatismos iluministas.

¿Qué hacer cuando se presentan dudas sobre la fe católica?

Leer la Biblia y consultar el Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo es un verdadero compendio de toda la doctrina de la Iglesia, donde con gran claridad se expone brevemente todo lo que la Iglesia enseña. Y cuando en la propia diócesis aparecen estos fenómenos, el discernimiento corresponde al obispo y es a él a quien hay que escuchar, antes que al vidente.

Recomiendo leer el comentario teológico al tercer secreto de Fátima del entonces Cardenal Ratzinger (2000), que es la mejor explicación del valor de las revelaciones privadas y de los criterios de discernimiento de la Iglesia frente a los videntes.

Fuente: Aleteia.

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