domingo, 18 de septiembre de 2016

El cristiano, el dinero y los bienes materiales.


Mons. José M. Arancedo
El evangelio nos presenta un tema siempre actual, me refiero a la relación del cristiano con el dinero y los bienes materiales.
El texto concluye con una frase cerrada: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Lc. 16, 13). Esto puede llevarnos a una actitud maniquea, es decir, todo lo material es malo y se opone a Dios. Ello no corresponde a la fe en un Dios creador. En el orden de la creación no hay nada intrínsecamente malo. San Pablo les decía a los corintios con la certeza de una verdad: “Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1 Cor. 3, 23). Es decir, todo es de ustedes, la creación les pertenece, pero hay una manera de vivir que define una actitud. Todo es vuestro, la política, la empresa, el amor, los bienes materiales, todo, pero al decirles “ustedes son de Cristo”, no les quita nada, pero si les marca una manera de vivir estas realidades.
No se trata de demonizar el dinero o los bienes materiales, pero sí de darles el sentido que tienen en la vida personal como social. Podemos hacer del dinero un “ídolo” al que servimos y todo lo justifica, que termina esclavizándonos. Por ello nos advierte el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia sobre el uso del dinero que: “plantea interrogantes cada vez más urgentes, que remiten necesariamente a una exigencia de transparencia y de honestidad en la actuación personal y social” (198). El dinero, como los bienes materiales, son medios no fines en sí mismos. Esto esclaviza al hombre, el no descubrir su verdad y alcance. En cambio, cuando Dios ocupa su lugar todo se orienta y encuentra su lugar. Dios es principio de sentido y de libertad para el hombre frente esta realidad buena y necesaria, como obra de la creación, pero no absoluta.
Hay un tema, además, que nos habla del destino universal de los bienes, es decir, que si bien los poseemos legítimamente nos pone un límite en su cuidado y su uso. Volvemos al Catecismo: “Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes” (32). ¡Qué importante es tener una idea de la creación, de la naturaleza, como algo previo que recibimos y que no tenemos un poder absoluto sobre ella! Esto significa que no somos Dios, sino administradores de una obra buena. Cuando la riqueza pierde el sentido social que está en función del crecimiento y el bienestar del hombre y la sociedad, termina aislándose y volviéndose contra el mismo hombre.
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

No hay comentarios: