domingo, 25 de septiembre de 2016

El destino trascendente de la vida.

por José M. Arancedo.
 Nuestra vida tiene horizontes de eternidad. No somos algo más de la naturaleza que tiene su fin en los pequeños límites de este mundo, somos peregrinos hacia una vida plena y definitiva.
A esta verdad la vivimos en la esperanza, como don y compromiso. El camino es la fe en Jesucristo vivida en el amor. Es bueno recordar en este contexto aquella frase de san Juan de la Cruz: “a la tarde de la vida te examinarán en el amor”. Esto nos habla de que somos hombres libres y responsables de nuestros actos. El evangelio de este domingo nos presenta esta verdad en la parábola del “hombre rico y el pobre Lázaro”; ella nos enseña a ver y a vivir nuestro presente desde el futuro, de lo que estamos llamados a ser. El tema de la trascendencia, el fin último del hombre, como destino al que todos estamos llamados es una verdad de fe que responde a la aspiración más profunda del hombre y nos ha sido revelada por Jesucristo (cfr. Jn. 14, 2-4).
La parábola nos habla de esta realidad en la imagen de dos personas que han vivido con criterios distintos, a quienes las contempla desde el término de sus vidas. La muerte los une, pero también los diferencia. Uno vivió su riqueza y bienestar en clave egoísta; el otro, el pobre, vivió rodeado de fragilidades y tratando de participar o recibir algo de lo que al rico le sobraba. La vida eterna, como término de nuestra vida temporal, se vive como don y compromiso en este mundo. El sentido y contenido de la fe hace de este mundo un tiempo de opciones y responsabilidad. Nos hace vivir con gratitud el don de la existencia y su plenitud, y nos hace protagonistas de este camino. Vamos escribiendo nuestro futuro.
 Esto que vale a nivel personal tiene, además, una dimensión social que se refiere al bien común. Es ingenuo pensar que el derrame de los que tienen va a llegar a los que no tienen. Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona humana, es necesario, afirma la Doctrina Social de la Iglesia, revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico y cultural- haciéndola la “norma constante y suprema de la acción” (582). Lo que vale a nivel personal vale también a nivel social. Es importante la presencia del Estado con leyes justas que reconozcan esta dignidad e igualdad de toda persona y se nutran con los valores del evangelio.
Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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