domingo, 11 de septiembre de 2016

La alegría del perdón.

por Mons. José M. Arancedo
Una de las parábolas que Francisco elige para presentarnos el Año Santo de la Misericordia, es la de la oveja perdida que leemos este domingo. En ella, nos dice: “encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (MV. 9).
Al acercarse a Jesús los fariseos lo critican porque recibía y comía con los pecadores, él les responde con esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra la carga sobre los hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido, y concluye, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" (Lc. 15, 1-7).
Qué importante es en la vida espiritual tener la imagen de un Dios justo y misericordioso que sale a buscarnos, que se alegra con el encuentro y nos da el abrazo del perdón. No somos algo indiferente para él, somos sus hijos. Este es el camino de Dios que hemos conocido por Jesucristo. Considero a esta una de las mayores revelaciones de Jesucristo, el decirnos que tenemos un Padre que no se olvida de sus hijos. Esta relación con Dios alcanza su momento mayor en la oración y el perdón. Llamarlo a Dios Padre es reconocer nuestra grandeza como el límite de nuestra condición de criaturas. La oración nos introduce en esta verdad. Vivir con gratitud esta dimensión del perdón es consecuencia de conocer a Dios como Padre. El perdón sana y es motivo de alegría.
Este es el camino de Dios, pero hay un camino del hombre hacia este encuentro con él. El perdón necesita de humildad, de sinceridad y deseos de cambio. El orgullo, las justificaciones que son un modo de mentira como la dureza de corazón, nos encierran y nos hacen impermeables al encuentro con Dios y al perdón. Cuando la culpa se refiere a un Dios justo y misericordioso vivimos la alegría de la salvación. Además, este perdón que pedimos y recibimos de Dios nos llama a ser testigos ante nuestros hermanos: “perdónanos nuestros pecados, decimos, porque nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden” (Lc. 11, 4). Enséñanos a rezar es como decirle al Señor: enséñanos a perdonar.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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