viernes, 30 de septiembre de 2016

San Jerónimo: El autor de la primera gran traducción de la Biblia, la Vulgata (santo del día) (patrono de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz)

Su verdadero nombre era Eusebio, que había heredado de su padre. Jerónimo es sólo un sobrenombre, que la posteridad retuvo sin embargo para designar al ilustre sabio.
Nació en Estridón, en los confines de la Dalmacia y de la Panonia, dentro de una familia cristiana y opulenta. A la edad de 18 años, todavía catecúmeno, se traslada a Roma, donde es bautizado por el Papa Liberio en persona.
De retorno a Aquilea, disgustos domésticos, esencialmente por la conducta de su hermana, lo llevan a alejarse del país e irse al Oriente. No llevaba más que su biblioteca, que enriqueció todavía más en el curso de un largo viaje por Tracia, por Galacia y la Capadocia antes de llegar a Antioquía. Obligado por la fatiga a descansar varios meses en esta ciudad, aprovechó todavía este descanso para estudiar las Sagradas Escrituras, en particular en la escuela de Apolinar, Obispo de Laodicea (año 372).
Sin embargo, en Antioquía la querella de las hipóstasis y la competencia por la sede patriarcal dividían a la Cristiandad. Obligando a intervenir, y cuidadoso de hacerlo sin ir a errar, Jerónimo escribió al Papa Dámaso pidiéndole resolviera la doble cuestión dogmática y disciplinaria. Luego fue él mismo a Antioquía, y a instancias del obispo Paulino consistió en recibir el presbiterado sin incardinarse en alguna iglesia ni comprometerse a ejercer el ministerio sacerdotal, para poder volver al desierto en cualquier momento (año 377).
De allí pasó a Constantinopla para reunirse con San Gregorio de Nacianzo y San Gregorio de Nisa. Luego, en compañia de Paulino y de Epifanio emprendió el camino de Roma (año de 380).
En el concilio de 382 Jerónimo destacó por la extensión de su saber y la seguridad de su doctrina, a tal punto que el Papa Dámaso decidió tomarlo como secretario.
Es entonces cuando emprende sus trabajos sobre la Sagrada Escritura, cuya abundancia y calidad pasman. Su reputación de ciencia y de santidad atrajo a toda una élite de la sociedad romana, en particular damas nobles con las que debía mantener desde entonces una correspondencia que siempre será un monumento de explicaciones escriturísticas y de alta espiritualidad: Marcela, Paula, Fabiola, Lea, etc. 
Pero, a la muerte del Papa Dámasco (año 384), las envidias y los rencores, hasta entonces contenidos, estallaron contra Jerónimo, cuyas violentas invectivas contra los abusos y los desórdenes lo habían hecho antipático. Asqueado, resolvió alejarse de la Roma “en que no se tiene derecho de ser santo en paz”. Y con un pequeño grupo de amigos fieles, y entre ellos su propio hermano Pauliniano, partió para Chipre y Antioquía, con la intención de llegar a Tierra Santa y quizá de instalarse en ella. Después de una primera visita a Belén y a Jerusalén, hizo un viaje a Egipto, para edificarse a la vista de los anacoretas, y hasta Alejandría para consultar al santo Dídimo, poseedor de preciosas tradiciones de la doctrina apostólica. Luego, retornó definitivamente a Belén, donde, gracias a la esplendidez de Paula, se construyeron dos monasterios cerca de la gruta de la Natividad. Uno para Jerónimo y los monjes que muy pronto se le unieron; el otro para Paula misma y sus piadosas compañeras. Aquí y allá se inició una vida religiosa consagrada a la oración, a la penitencia, luego al estudio y a la meditación de la Sagrada Escritura (387).
Perfecionándose en el estudio del hebreo y el griego, Jerónimo emprendió y llevó a cabo varias obras: traduciones, exégesis, historia, de todo lo cual lo más importante es una visión latina del Antiguo Testamento, hecha directamente sobre el texto original, en la que empleó 15 años: traducción que pasó a la posteridad y que fue adaptada por la autoridad eclesiástica bajo el nombre de Vulgara.
Una disputaa sobre la doctrina de Orígenes contrapuso a Jerónimo con su compatriota y amigo más querido, Rufino, y luego con el Patriarca Juan de Jerusalén, tras del cual Rufino se protegía prudentemente. Al colocarse entonces al lado de Epifanio de Salamina, que llegó expresamente para combatir el origenismo, Jerónimo se vio de cierta manera excomulgado: a él y a sus monjes sse le prohibió la entrada a la Iglesia de Belén y a la gruta de la Natividad. A fin de asegurar el culto para la comunidad, hizo ordenar sacerdote a su hermano Pauliniano, pero por las manos de Epifanio, lo que fue considerado como una invasión en la jurisdicción del obispo del lugar, y agravó todavía más el conflicto.
Esto no le impidió al sabio proseguir sus trabajos. Pero los escritos de esta época, en particular las cartas, dejan traslucir con frecuencia la amargura y la pena. La reconciliación con Rufino se efectuó sin embargo antes de que éste saliera de Palestina (año 397), y con Juan de Jerusalén un poco más tarde.
Los últimos años de San Jerónimo fueron de tristeza por crueles duelos: discípulos y amigos los más íntimos, santas mujeres que lo habían sostenido en sus trabajos: Paula, Pammachius, Marcela. Luego. La toma de Roma por Alarico (año 4l0), aparte de la herida que hizo en su corazón de romano, fue la señal del desorden en todo el imperio, que lanzó hacia Palestina y los hospicios de los monasterios legiones de fugitivos que era menester socorrer y consolar. En fin, la salud del viejo sabio declinaba: no pudiendo ya escribir personalmente, dictaba, pero no siempre tenía escribanos a satisfacción.
La herejía pelagiana vino a agravar todavía más sus pruebas. Pelagio mismo, durante una estancia en Jerusalén, había simpatizado con los monjes de Belén. Este recuerdo le inspiró primeramente a Jerónimo algunos miramientos para con el heresiarca; pero muy pronto tuvo que decidirse a denunciar su “doctrina impía y criminal”. Los sectarios, furiosos, hicieron irrupción en los monasterios y los incendiaron después de haber vejado a los monjes y a las monjas. En el preciso momento Jerónimo escapó de morir (año 4l6).
Después de la muerte de Eustochium (año 4l9), hijo de Paula, y que le había sucedido a la cabeza del monasterio femenino de Belén, San Jerónimo, de edad de 85 años, rápidamente acabó de agotarse. Algunas cartas datan todavía de los últimos meses, dirigidas a obispos y una de ellas al Papa Bonifacio, para animarlo en la lucha contra las herejías y especialemente contra el pelagianismo.
Murió el 30 de septiembre del año 420.
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