lunes, 10 de octubre de 2016

Cardenales con barras y estrellas; el criterio de Francisco



Los tres birretes rojos que llegarán a los obispos estadounidenses el próximo 19 de noviembre, en el Consistorio que anunció hoy, 9 de octubre, Papa Francisco después del Ángelus, representan una señal.
El Papa demuestra que no quiere «castigar» a la gran y potente Iglesia estadounidense, pero al mismo tiempo, con la elección de los nombres, indica un camino. El camino que él mismo había indicado durante la primera jornada de su viaje a Estados Unidos, cuando se dirigió a los obispos de los «States» en septiembre de 2015, en la ciudad e Washington. Hay que volver a esas indicaciones para comprender la decisión de incluir en el colegio cardenalicio a tres nuevos purpurados que hace tiempo se habrían considerado «de centro».
El de Kevin Joseph Farrell, nacido en Irlanda pero que ha sido obispo en Estados Unidos durante décadas y que acaba de ser nombrado Prefecto del nuevo Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, fruto de la reforma de la Curia romana, era un nombramiento más que descontado y previsible. En su caso, se aprecia la indicación de llamarlo de los Estados Unidos a presidir el nuevo dicasterio. Blaise Cupich, en Chicago desde hace dos años, fue el primer nombramiento de Bergoglio para una diócesis de gran importancia en los Estados Unidos. Pero Bergoglio lo eligió para comenzar a cambiar el modelo de los obispos «cultural warriors» estadounidenses. Y al final, mucho más sorprendente, el nombramiento de Joseph William Tobin, arzobispo de Indianápolis y que fue alejado de la Curia romana hace apenas dos años, en donde era Secretario de la Congregación para los religiosos, porque se le consideraba demasiado «suave» con las monjas estadounidenses progresistas.
El episcopado estadounidense parece ser uno de los que más esfuerzos tienen que hacer para entrar en sintonía con Francisco. En las últimas décadas, mediante la selección de los nuevos obispos, llegaban a las diócesis más importantes del país prelados muy activos en las batallas públicas «pro-life», pero no tan activos cuando se trataba de alzar la voz frente a los problemas de la justicia social. Con aquel discurso dirigido a la Iglesia estadounidense desde la catedral de San Mateo, en Washington, el Papa pedía que cambiaran la página y también la mirada. El Papa invitó a los obispos a no usar un «lenguaje belicoso», ni a limitarse solo con «consignas y anuncios externos». Por el contrario, indicó, hay que «conquistar espacio en el corazón de los hombres», sin convertir nunca la cruz en «estandarte de luchas mundanas».
Para los obispos es útil, subrayó Francisco, tener «la prudencia del líder y la sagacidad del administrador», pero «decaemos inexorablemente» si nos encomendamos a la «potencia de la fuerza». Los pastores no deben transformarse en administradores ni deben considerar a la Iglesia con criterios de la eficiencia empresarial. Nunca deben pensar que la evangelización consiste en los medios económicos, en los instrumentos e administración o en la potencia de los medios de comunicación.
En cuanto a la actitud hacia la sociedad, Bergoglio dijo que había que tener cuidado para no convertir «la cruz en un estandarte de luchas mundanas, olvidando que la condición de la victoria duradera es dejarse traspasar y vaciar de sí mismos». A los obispos, explicó Francisco, no se les permite dejarse «paralizar por el miedo», rememorando un tiempo «que no vuelve» y reaccionando con «respuestas duras». El lenguaje «áspero y belicoso» no tiene, pues, «derecho de ciudadanía» en el corazón del obispo y, aunque «parezca por un momento asegurar una aparente hegemonía». Un llamado a la comunión y a la unidad dirigido a una Iglesia fuertemente polarizada (como la misma sociedad estadounidense) entre progresistas y conservadores.
La vía que el Papa sugería, para superar las polarizaciones, es la de la mansedumbre, del diálogo humilde con todos. Si no se actúa de esta manera, explicó, «no es posible comprender las razones del otro», ni comprender que el hermano al que hay que llegar con la «projimidad del amor», es decir la persona, siempre cuenta más que las posturas «que juzgamos alejadas de las nuestras auténticas certezas». Francisco indicó al final cuáles eran los temas sobre los que no hay que callarse: « Las víctimas inocentes del aborto, los niños que mueren de hambre o bajo las bombas, los migrantes que se ahogan buscando un mañana, los ancianos o los enfermos de los que se querría prescindir, las víctimas del terrorismo, de las guerras, de la violencia y del narcotráfico, el medio ambiente devastado por una depredadora relación del hombre con la naturaleza».
Así pues, no solo la agenda «pro-life» o en contra de los matrimonios entre personas del mismo sexo. No bastan «consignas y anuncios externos», no es suficiente hacer acusaciones y que salgan después en la prensa. Hay que «conquistar espacio en el corazón de los hombres y en la conciencia de la sociedad». Que equivale a decir que no se evangeliza con las batallas. Sean «pastores cercanos a la gente, pastores prójimos y servidores», fue la invitación final del Papa. Con los birretes cardenalicios estadounidenses apenas anunciados, Francisco da cuerpo a las palabras que pronunció en Washington hace un año.


Vatican Insider  (9 octubre, 2016)



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