domingo, 23 de octubre de 2016

Desde el Evangelio

LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

Uno de los temas centrales en la vida religiosa es el de la oración. Detenernos a reflexionar sobre ella es algo que necesitamos y nos hace bien. Sabemos que no se trata de algo mágico o un modo de presionar a Dios para obtener beneficios. Es ante todo un acto de fe que nos pone en presencia de Dios y nos descubre como sus hijos. La oración cristiana es un diálogo personal. Una de las primeras notas es, por ello, la confianza en un Dios que es Padre y escucha a sus hijos. La oración no nos lleva a un mundo impersonal del que somos una parte, ella nos introduce en un ámbito donde soy alguien único llamado a una relación personal con Dios. Esta certeza es fruto de nuestra fe que se apoya en Jesucristo: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!” (Mt. 7, 11).

Otra de las notas de la oración es la humildad, que nos permite vivir la verdad de lo que somos. Lo que se opone a ella es el orgullo que nos hace creer superiores y nos termina encerrando en nosotros mismos. En el evangelio de este domingo Jesús nos presenta esta actitud en la figura de dos personas que fueron al Templo a orar: “El fariseo, de pie, oraba así: Dios mío te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son injustos…. En cambio, el otro, el publicano, manteniéndose a distancia… se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador! (Lc. 18, 9-14). El humilde está abierto a un encuentro con Dios porque se sabe necesitado y confía, el otro, en cambio, carece de esa apertura para dialogar con Dios, no lo necesita. Para el primero Dios es lo central, para el segundo Dios es una referencia secundaria, él es el centro.

La confianza y la humildad se nos presentan como dos notas que hacen crecer nuestra vida de oración. En ellas se manifiesta lo simple del poder de la oración que está al alcance de todos y que se convierte, sobre todo en los momentos difíciles, en camino de luz y de paz. El libro del Eclesiástico, con un lenguaje poético, nos dice en la primera lectura: “La súplica del humilde atraviesa las nubes” (Ecle.35, 17). Dios escucha y espera la oración que nace de la fe y nuestras necesidades. Recuperar el sentido y la práctica de la oración es crecer como hombres espirituales y libres, es un salto cualitativo en nuestra vida.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz



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