sábado, 29 de octubre de 2016

Es la analogía, estúpido


Si la Iglesia católica tiene más de mil dos cientos millones de fieles, y se la define como cuerpo, tendría que ser un cuerpo gigantesco, localizado en algún continente apto para sus dimensiones. ¿Hay un error antropomórfico en esta definición?
San Pablo usa el término cuerpo. ¿En qué sentido la Iglesia es un cuerpo y en qué sentido no lo es?

Parafraseando a Clinton cabría decir: es la analogía, estúpido. Ofrecemos unas páginas que pueden ayudar a comprender mejor la importancia de la analogía a partir de su aplicación a la Iglesia como Cuerpo.

La irremediable logorrea que sufren los pueblos de cultura mediterránea acumula comparaciones, amontona epítetos, muchas veces con arte, casi nunca con acribia.
Es tanto más fácil dejarse llevar por el entusiasmo, en vez de averiguar, con minucia, hasta qué punto cada vocablo traduce una realidad objetiva…
Muy por el contrario, la acribia es una de las virtudes básicas del verdadero teólogo: horror a lo vago, a lo impreciso; esfuerzo constante por alcanzar el mayor rigor posible en la expresión; trabajo penoso y árido, que no seduce a la imaginación, todavía menos a la afectividad; trabajo compensador, sin embargo, por cuanto contribuye a inmunizar contra el error, a penetrar en la verdad.
Tenemos en la presente materia un ejemplo saliente: San Pablo nos reveló que la Iglesia es un “Cuerpo”, cuya “Cabeza” es Cristo. Si no averiguamos cuál es el significado preciso de esas palabras en el texto paulino, luego caeremos en los más grandes errores. Clara y terminantemente lo advierte la Encíclica [Mystici Corporis, en adelante MC] “Esto es, Venerables Hermanos, lo que piadosa y rectamente entendido y diligentemente mantenido por los fieles, les podrá librar más fácilmente de aquellos errores que provienen de haber emprendido algunos arbitrariamente el estudio de esta difícil cuestión no sin gran riesgo de la fe católica y perturbación de los ánimos. Porque no faltan quienes -no advirtiendo bastante que el apóstol Pablo habló de esta materia sólo metafóricamente, y no distinguiendo suficientemente, como conviene, los significados propios y peculiares de cuerpo físico, moral y místico-, fingen una unidad falsa y equivocada…”
Es por ello indispensable comenzar el estudio de la Encíclica [MC] con ideas precisas acerca de las dos nociones que le sirven de base, a fin de no contemplar la verdad con ojos nublados. Esas nociones son la de “Cuerpo” Místico y la de “Cabeza” del cuerpo Místico.
Ya que S. Pablo hablaba de esta materia sólo metafóricamente, veamos, ante todo, lo que son las metáforas en Teología. Para el lego, “metáfora” es una cosa de tan poca importancia, de la cual no podemos obtener ningún provecho; ni se entiende cómo pueda fundamentar una Encíclica. El lego se equivoca. En Teología la metáfora no es palabra vacía; tiene un sentido y un alcance precisos. Teológicamente hablando, la metáfora es una analogía de proporcionalidad impropia; términos técnicos, que causan extrañeza, exactos sin embargo, y felizmente, fáciles de elucidar. Analogía, en la acepción general de la palabra, significa semejanza, la cual a su vez expresa la relación de conformidad que une dos o varios entes. Esa conformidad, proveniente de la posesión de cualidades comunes, varía según la naturaleza de las cualidades y el grado en que son poseídas, desde la casi identidad hasta la casi total disparidad.
La metáfora se registra entre las semejanzas menos perfectas: cuando calificamos, p. ej., a un individuo de “serpiente” y a otro de “león”, no entendemos por esas metáforas, que el primero sea biológicamente un ofidio y que el segundo un felino, sin sólo que el comportamiento de aquel tiene algo de ofidio y el de este algo de leonino. No se emplean, pues, los términos propiamente, esto es, indicando identidad de constitución, sino impropiamente, esto es, significando cierta semejanza en el modo de obrar; en otras palabras: una equivalencia funcional. Circunscrita en estos límites, la semejanza está todavía muy lejos de ser perfecta, pues las cualidades activas que comparamos y aproximamos, no existen de manera idéntica en el animal y en el hombre, sino apenas proporcionalmente: el león es valiente como conviene a una fiera; el soldado, como conviene a un ser humano. El comportamiento de un felino, caracterizándose ante nuestros ojos por la valentía, lo atribuimos por metáfora con el nombre de “león” predicado de un guerrero, en el cual encontramos semejante manifestación, que no es propia del modo de obrar humano. Imposible, pues, entender el sentido metafórico del cuerpo (p. ej., el soldado combatió como un león) si no conocemos su sentido propio (el león es el tipo de valiente). Todo lo que explicamos aquí con tantas palabras, el teólogo lo junta en tres términos: analogía de proporcionalidad impropia.
Lo que sobre todo importa al teólogo en materia de metáforas es el hecho de que la semejanza no se refiere al orden entitativo y estático (plano de las esencias), sino exclusivamente al orden dinámico de las propiedades activas (plano de la operación). Este individuo es, metafóricamente, serpiente o león, porque se comporta, obra, como tal, a pesar de que su esencia es totalmente diversa y nada tiene de leonina.
Aplicando esto al caso presente, deberemos investigar el sentido dinámico de las metáforas paulinas de “Cuerpo” y “Cabeza”, y cuidar de nunca transferir la semejanza hacia el orden entitativo (3). Si omitiésemos esta regla, incidiríamos en grave error.
I. La metáfora “Cuerpo”.
San Pablo nos reveló que los cristianos forman un solo Cuerpo. Interpretemos la comparación entitativamente (esto es, como si la esencia de la Iglesia fuese, no digo idéntica, sino semejante a la del cuerpo humano) y tendremos un totalitarismo religioso, absorbiendo a los fieles en la comunidad y despersonalizándolos.
“Porque mientras en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia” [MC]. En efecto, los miembros del hombre son partes integrales de su naturaleza corpórea; no subsisten separadamente; antes, para ella y por ella viven. “En el Cuerpo místico, por lo contrario, la fuerza que opera la recíproca unión, aunque íntima, junta entre sí los miembros de tal modo que cada uno disfruta plenamente de su propia personalidad.” [MC] Idéntica consideración servirá a Pío XII para refutar a los que menosprecian la oración privada…
(a) Ahora, lo que llama la atención si consideramos el cuerpo humano, es la multiplicad y disparidad de los miembros que lo componen [MC]. En el cuerpo en sentido metafórico, tenemos, pues, pluralidad y disparidad de funciones. Es un punto sobre el cual San Pablo no cesa de insistir, en su combate contra el igualitarismo radical, fruto de la envidia. En la Iglesia no pude haber uniformidad, antes bien es imprescindible la variedad de oficios, la diferencia de funciones. Unos son apóstoles, otros profetas, otros doctores, otros taumaturgos, otros hablan en lenguas, otros interpretan los discursos (1 Cor 12, 20 y ss.).
(b) Múltiples y dispares, los miembros del cuerpo humano son, todavía, interdependientes; “cuando un miembro sufre, todos los otros sufren también con él, y los sanos prestan socorro a los enfermos” [MC]. En el cuerpo en sentido metafórico, tenemos solidaridad funcional; lo que denominamos en lenguaje cristiano “comunión de los santos” [MC].
(c) En el cuerpo humano los miembros no se encuentran apenas aglomerados, yuxtapuestos, sino organizados, esto es, dispuestos armónicamente, en vistas de un fin común. Armonía que exige una cierta jerarquía, o determinado orden de importancia [MC]. En el cuerpo en sentido metafórico tenemos armonía y jerarquía de funciones; en otras palabras, un conjunto de relaciones activas, concurriendo para un determinado fin, de orden moral, jurídico, social y también –en el caso de la Iglesia- de orden sobrenatural…
(d) En el cuerpo humano existe un principio de vida, infundido por Dios: el alma, la cual “atiende a la vida, a la salud y al desarrollo de sí y de sus miembros” [MC]
En el cuerpo en sentido metafórico existirá un principio que, por su acción invisible, desempeñará la función de alma. En la Iglesia es el Espíritu Santo; la energía vital que de él dimana, se denomina: gracia santificante, y especialmente, gracia sacramental [MC]. La “vida” y la “salud” se llaman estado de gracia, y el “crecimiento” consiste en la santificación progresiva del cuerpo y de los miembros.
(e) En fin, el cuerpo humano es uno y visible. El cuerpo en sentido metafórico tiene la unidad que proviene del principio interno que anima las acciones de sus miembros, del fin que a que estas acciones se dirigen. En la Iglesia, el principio de unidad será el influjo de Cristo por su Espíritu, su gracia –y secundariamente- por sus ministros, que causará en los miembros la unidad de la fe, la concordia de la caridad. La visibilidad resultará del influjo de Cristo y de la acción de sus miembros (organización jurídico-social; profesión de la misma fe; recepción de los mismos sacramentos; etc.)


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(3) ¡No afirmamos el absurdo que todo en el Cuerpo Místico de Cristo sea metafórico! Los hombres que lo componen no son metafóricos ni tampoco Cristo, su Cabeza; ni el Espíritu Santo, su Alma; ni la gracia, su vida. Afirmamos tan sólo que los vocablos “Cuerpo” aplicado a la Iglesia y “Alma” atribuido a Cristo, sólo pueden revestir un sentido dinámico.

Tomado y traducido de:
Teixeira-Leite Penido, M. O Corpo Místico. Vozes, 1944.

InfoCaótica (28/10/16)

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