domingo, 6 de noviembre de 2016

Creo en la Vida Eterna.


Mons. José M. Arancedo.
  Uno de los temas centrales de la fe cristiana es la Vida eterna.

 De esta verdad, que también la podemos alcanzar por la razón, Jesucristo nos habla en el evangelio de este domingo. Ello significa que nuestra vida no es algo que concluye con la muerte: “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivientes” (Lc. 20, 38). Somos peregrinos de eternidad, podemos decir, en un camino que ya comenzamos a vivir en este mundo. La inmortalidad no es un agregado, algo “post mortem”, sino nuestra realidad más profunda en la que reside nuestro sentido último. Recuerdo el epitafio del sepulcro de un gran poeta, un hombre de fe: “Aquí reposan los restos, decía, y la semilla de Paul Claudel”. Esta frase nos habla del valor del cuerpo humano y del respeto que le debemos después de la muerte.
Esta verdad tiene en la resurrección de Jesucristo su prueba definitiva: hemos sido creados para una Vida que ya no “conoce el ocaso de la muerte”. Él ha venido para ser el camino de esta Vida: “No se inquieten, nos dice. Yo voy a prepararles un lugar…. A fin de que donde yo esté, estén también ustedes”. (Jn. 14, 3). La fe, que se apoya en la palabra de Jesucristo, es la fuente que da sentido pleno a nuestra vida desde ahora. La Vida eterna no es algo separado de nuestro presente, sino el lugar definitivo del encuentro con Dios. Caminamos este mundo con una esperanza que es paz, certeza y alegría. Somos hijos de un Padre que nos ama y nos ha enviado a su Hijo para que él sea nuestro camino.
 Estos principios hacen al fundamento del respeto a la dignidad humana. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, afirma: “Una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto de la dignidad trascendente de la persona humana” (n° 132). Esta certeza doctrinal sobre la espiritualidad del hombre y su fin trascendente, es también una exigencia en el orden social y político que le permita al hombre realizar plenamente su vocación. Aquí juega un papel central la libertad religiosa como un derecho que tiene su raíz en la dignidad de la persona humana. Cuando lo social y lo político dejan de tener una dimensión humanista y espiritual de la vida, terminan instrumentalizando al hombre para fines ajenos a su realización. La Vida eterna como realidad y destino del hombre es una verdad que ilumina su vida presente y ayuda a construir una sociedad más justa.
 Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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