domingo, 13 de noviembre de 2016

La perseverancia y la constancia.

Mons. José M. Arancedo.
En un mundo signado por el instante, por el momento, hablar de constancia y perseverancia parecen actitudes del pasado, como algo que no tiene buena prensa.
Parecería que el hoy es todo, que suprime el mañana. En el evangelio de este domingo san Lucas nos habla del tiempo de la Iglesia, como un tiempo presente abierto a una plenitud que es motivo de esperanza, de un hoy que se continúa y que nos debemos preparar, sabiendo que vendrán tiempos difíciles, incluso nos habla de persecución. En este contexto leemos al final del texto: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc. 21, 19). Con ello nos está diciendo que el camino del cristiano, no es “ni la violencia, ni la apostasía, sino la paciencia perseverante” (nota 19, La Biblia, libro del Pueblo de Dios).


Esta palabra del Señor que nos habla de la historia como de un tiempo abierto hacia una plenitud de sentido, nos puede ayudar a reflexionar sobre cómo vivimos el presente. La constancia o perseverancia no se oponen a esa necesaria disponibilidad de cambio tan importante en nuestra vida cristiana, ella es signo de la presencia del Espíritu. La constancia es fidelidad profunda al don de la fe con todo lo que ello implica de valores, de vocación, de estilo de vida. Pero es, al mismo tiempo, disponibilidad al cambio en la continuidad de un camino. No es terquedad sino fortaleza, que es un don del Espíritu llamado a orientar y sostener nuestra vida. Para la constancia el cambio posible es lo nuevo, no lo novedoso. El primero es continuidad y se vive en paz, el segundo es ruptura, discontinuidad. Esto que le pidió el Señor a los discípulos, hoy nos pide a nosotros.


Así como debemos pedir el don de la fortaleza, también debemos pedir el don de la sabiduría para comprendernos en ese marco único y personal de una historia de salvación, a la que somos llamados. El encuentro con Jesucristo no puede ser un diálogo intimista, ni una cuestión de momento que nos satisface, sin consecuencias en nuestras relaciones: “La transformación interior de la persona humana, en su progresiva conformación con Cristo, es el presupuesto esencial de una renovación real de sus relaciones con las demás personas” (C.D.S.I. 42). En este camino de transformación en Cristo es necesaria esa continuidad y disponibilidad al cambio, que nos hace crecer en nuestra vida cristiana.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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