jueves, 3 de noviembre de 2016

La Reforma hizo un gran daño a la comprensión de la Escritura

por  Bruno Moreno Torres 
En su discurso en Lund (Suecia) con motivo del 500º aniversario de la Reforma protestante, el Papa Francisco dijo ayer: “Con gratitud reconocemos que la Reforma ha contribuido a dar mayor centralidad a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia”.
Entiendo que, en este tipo de ocasiones, los discursos son protocolarios y tienden a evitar todo aquello que pueda molestar a los anfitriones, pero, con todo el respeto, me gustaría señalar que la realidad es exactamente la contraria. El bienintencionado deseo de llevarnos bien con los protestantes no puede justificar que nos traguemos la leyenda negra que los antepasados de esos mismos protestantes inventaron como propaganda en favor de sus tesis heterodoxas.
Los protestantes generalmente piensan, y afirman sin el menor rubor, que la Iglesia Católica ocultó la Biblia durante siglos al pueblo cristiano, hasta que llegaron los grandes héroes Reformadores, que tradujeron la Biblia para que todo el mundo pudiera entenderla. Hasta cierto punto, es normal que los protestantes se crean su propia propaganda, pero lo triste es que muchos católicos se hayan tragado ese bulo, que no tiene más que un lejanísimo parecido con la realidad.
En España, por poner el ejemplo que nos resulta más cercano, la Biblia estaba ampliamente difundida gracias a la labor de la Iglesia desde los orígenes del cristianismo. No olvidemos que la lengua vulgar de la época era el latín. ¿Y qué hizo la Iglesia? Lo que haría innumerables veces después, traducir la Escritura a esa lengua vulgar latina para que la gente que la entendiera, ya que no hablaban griego. Del siglo III data una versión propia española, la Vetus Latina Hispana, en uso hasta que se generalizó la Vulgata de San Jerónimo en el siglo V.
De la Baja Edad Media se han conservado muchas biblias, como por ejemplo la Biblia Gótica Emilianense del siglo VII, conservada en San Millán de la Cogolla (además de otras dos biblias, tres salterios, tres exposiciones del Apocalipsis, dos comentarios a los salmos y varios evangeliarios de distintas épocas), diversas biblias mozárabes como la Biblia Visigótica del Colegio de San Ildefonso de Alcalá del siglo IX (que recogía tanto la Vulgata como la Vetus Latina, con notas al margen en árabe), el códice legionense del siglo X y la Biblia de Ávila, la Biblia Románica de Burgos y la Biblia de la Colegiata de León del siglo XII, entre otras muchas.
Contra las leyendas protestantes, durante la Edad Media la Biblia era sin duda el libro más leído en Europa. O mejor dicho, los libros de la Biblia, porque a menudo circulaban por separado, debido a lo voluminoso de los libros manuscritos. Cuando uno lee a los autores medievales, lo que más llama la atención es su uso constante de los textos bíblicos. En muchos autores, sobre todo los monásticos gracias a la repetición constante del oficio divino, prácticamente la mitad de las frases son citas explícitas o implícitas de la Escritura. Como la mayor parte de las personas no sabían leer (en ningún idioma), el arte medieval se empeñó en divulgar la Escritura por medio de las pinturas, vidrieras, estatuas y tallas religiosas. Cualquiera que conozca algo de la cultura medieval sabe que tanto los textos literarios, como los teológicos y la misma cultura popular rebosaban de contenido bíblico a un nivel prácticamente inalcanzable para los cristianos modernos.
Conforme el latín se fue haciendo menos comprensible para la gente, la Iglesia se fue adaptando a la nueva situación. Al comienzo mismo de la aparición de las lenguas romances como lenguajes separados del latín, el Concilio de Tours del año 813, por ejemplo, aprobaba ya y fomentaba las traducciones a las nuevas lenguas romances y bárbaras (rusticam romanam linguam aut theodiscam quo facilius cuncti possint intellegere quae dicuntur). En el año 863, los santos Cirilo y Metodio tradujeron la biblia al eslavonio antiguo, inventando para ello el alfabeto cirílico.
En España, ya durante la dominación árabe, la Biblia fue traducida al árabe para los cristianos mozárabes. En cuanto al castellano, la Biblia se tradujo a esta lengua romance en el siglo XIII, en tiempos de Alfonso X el Sabio (la famosa Biblia alfonsina). Se trató de la primera Biblia completa en un idioma europeo que no fuera el latín, aunque antes ya se había traducido el Nuevo Testamento (biblias prealfonsinas). También en el siglo XIII, el rey Alfonso III de Aragón encargó la traducción de la Biblia de Montjuich al catalán (medio siglo después, Fray Romeu Bruguera publicó el Salterio en mallórquín). A eso hay que añadir otras traducciones parciales, como el salterio de Hermán obispo de Astorga, de la escuela de traductores de Toledo, realizado a partir del texto hebreo y latino.
Posteriormente, en el siglo XV, el rey de Aragón Alfonso V mandó traducir de nuevo la Biblia al castellano, esta vez utilizando el texto hebreo. También en el XV, como uno de los primeros libros impresos en España, se publicó la primera Biblia en valenciano, con traducción del cartujo Fray Bonifacio Ferrer, hermano de San Vicente Ferrer. Asimismo, la Orden de Calatrava encargó otra traducción del Antiguo Testamento a un erudito judío, Moisés Arragel, con comentarios de dos teólogos católicos (Fray Arias de Encinas y D. Vasco de Guzmán), la llamada Biblia de la Casa de Alba. La llamada Biblia del Rabino Salomón, obra probablemente de un converso, contiene una traducción castellana del Antiguo Testamento. El Marqués de Santillana encomendó asimismo una traducción del Evangelio y las Epístolas paulinas a Martín Lucena, judío converso toledano.
A comienzos del siglo XVI, el sacerdote español D. Ambrosio de Montesinos publicó una recopilación de casi un millar de textos bíblicos traducidos al español. Por esa misma época, el cardenal Cisneros promovió la monumental obra de la Biblia Políglota Complutense, que ofrecía el texto hebreo, arameo (caldeo, en la terminología de la época), latín y griego, junto con un diccionario hebreo-latino y un diccionario etimológico bíblico (su texto griego fue el primero impreso del mundo). En 1527, se publicó la Biblia de Quiroga, una traducción al castellano del Antiguo Testamento de la Vulgata, llamada así por el cardenal Quiroga. También los misioneros católicos en el nuevo mundo fueron traduciendo textos bíblicos a las lenguas indígenas; es especialmente relevante el caso del Evangeliario de Fray Bernardino de Sahagún escrito en latín, nahuatl y otomí (lenguas mexicanas), descubierto recientemente en Toledo.
Cosas similares podrían decirse de otros países europeos. La primera biblia portuguesa, o Biblia del Rey Dionisio I, se publicó en el siglo XIII. En francés, tras la versión inacabada de Jean le Bon a mediados del siglo XIII, se publicaron la Bible historiale de Guyart des Moulins en 1297, la Biblia de Carlos V en el siglo XIV y Nouveau Testament de Buyer y la Bible de Jean de Rély en el XV. Las primeras traducciones parciales polacas datan del siglo XIII y posteriormente destacan el Salterio de San Florián y la Biblia de la Reina Sofía, entre otras. En italiano y sus dialectos, podemos citar la Biblia de Malermi de 1471 o el Nuevo Testamento de Fray Zacarías de Florencia en 1542. En inglés, hubo múltiples traducciones (completas o de algunos libros bíblicos) al inglés antiguo, como las de Beda el Venerable, Aldhelmo de Sherborne o el Abad Aelfrico, el salterio Vespasiano, el Psalterium Triplex (latín, inglés antiguo y anglonormando), los preciosos Evangelios de Lindisfarne o los Evangelios de Wessex (en el dialecto del sajón occidental), entre otros. En inglés medio, podemos recordar el Ormulum o el salterio de Richard Rolle. Finalmente, en inglés moderno, no podemos olvidar la majestuosa versión Douay-Rheims del siglo XVI.
En alemán… Mucha gente piensa que Lutero fue el primero en traducir la Biblia al alemán. ¡Ja! Se han conservado un millar de manuscritos de traducciones medievales al alemán de los libros de la Biblia anteriores a Lutero. Desde la primera, hecha por Wulfila en tiempos de los godos, pasando por Carlomagno, hasta la Biblia de Ausburgo, la Biblia de Wenceslado o la Biblia de Mentel (que tuvo 13 reediciones antes de la Reforma protestante), con un total de unas veinte versiones diferentes de la Biblia completa, más un centenar de versiones de los Evangelios y una quincena de salterios. Asimismo, hubo versiones en los distintos dialectos alemanes, como el renano, el bajo alemán, el dialecto de Lübeck o el bajo sajón.
A partir del siglo XVI, sin embargo, estas traducciones se hicieron mucho menos frecuentes en el catolicismo. ¿Qué sucedió? La Reforma protestante, que fue un durísimo golpe para esta labor de traducción. Y no era para menos. La herejía protestante, que dividió a Europa en dos, se basaba precisamente en interpretaciones privadas de la Biblia, contrarias a la Tradición de la Iglesia, que es la única que permite entender la Escritura en su contexto. Cada reformador hacía su propia traducción, introduciendo en ella sus propios prejuicios y herejías, ya fueran wycliffitas, hussitas, lolardos, anglicanos, calvinistas, luteranos, zuinglianos, presbiterianos o anabaptistas. Lutero, por ejemplo, introdujo el inexistente “sola” junto a la fe en su traducción de Rom 1,17 porque lo decía él, “contra todos los asnos papistas”. La Biblia protestante Reina-Valera, si no recuerdo mal, tiene el dudoso honor de haber traducido la misma palabra griega παράδοσις (paradosis) por “tradición” cuando la frase era peyorativa y por “doctrina” cuando era elogiosa, como en 2Tes 2,15.
Ante esa situación, multiplicada por la difusión de la imprenta, la Iglesia tuvo que poner el freno a las traducciones, para evitar que fueran una vía de introducción de herejías. Ya había pasado anteriormente: el Papa Inocente III y los sínodos provinciales de Tolosa y Tarragona habían tenido que prohibir las versiones no autorizadas de la Biblia en el siglo XII para evitar los errores cátaros y valdenses que se introducían en el pueblo cristiano. Con la Reforma protestante, que coincidió con el auge de la imprenta, este peligro se multiplicó por mil. Las traducciones en lenguas vulgares se hicieron sospechosas y, en varios momentos y lugares, tuvieron que prohibirse. Varias de las traducciones hechas anteriormente se retiraron, como la primera Biblia valenciana. Los traductores bíblicos también resultaban sospechosos y, por ejemplo, traductores profundamente católicos como Fray Luis de León o Fray José de Sigüenza fueron denunciados ante la Inquisición, aunque resultaron absueltos. Así se pasó del florecimiento medieval de traducciones a lenguas vernáculas a la casi desaparición de las mismas en el catolicismo a partir de la Reforma.
En España, cuando Felipe II mandó publicar una nueva versión de la Sagrada Escritura, la Biblia Regia o Biblia de Amberes, lo hizo en latín y griego. Fray José de Sigüenza, que gozaba de la admiración del rey, hizo una traducción al castellano de los Evangelios, pero con una circulación muy restringida. El benedictino P. Juan de Robles tradujo también los Evangelios, utilizando la versión griega de la Biblia Políglota, pero de nuevo tuvo que limitarse a una difusión privada de la obra. Lo mismo se puede decir de la traducción que hizo Fray Luis de León del Cantar de los Cantares y el libro de Job. En América, dejaron de traducirse las Escrituras a los idiomas indígenas, aunque siguieron utilizándose catecismos en lenguas nativas americanas (y el P. Díaz SJ tradujo parcialmente las Escrituras al chino en el siglo XVII).
El protestantismo había creado anticuerpos y las traducciones de la Biblia al español se reanudaron de forma muy lenta y con muchas precauciones. Por ejemplo, en el siglo XVIII, Carlos III encomendó una nueva traducción española al P. Felipe Scío y Riaza de San Miguel, basada tanto en el latín de la Vulgata como en los textos griego y hebreo, que se publicó en 1793 y se reeditó infinidad de veces. En la misma época, el P. Anselmo Petite, abad de San Millán de la cogolla, tradujo e hizo ediciones baratas de los Evangelios y los Salmos. Unos años después, en Nueva España, el impresor Mariano Galván publicó con ayuda de varios sacerdotes católicos una traducción al español en veinticinco tomos basada en la versión francesa del abate De Vence. A comienzos del siglo XIX, se publicó la versión de Torres Amat traducida a partir de la Vulgata (que recuerdo con cariño porque estaba entre los libros de mis abuelos paternos). Hubo que esperar a finales del siglo XIX y a la primera mitad del XX para que empezara a incrementarse de forma rápida el número de traducciones modernas al español de la Escritura: Juan José de la Torre, Carmelo Ballester, Jünemann, Biblia Cristera, Nacar-Colunga, Straubinger, Bover-Cantera, etc. En la segunda mitad del siglo, las traducciones se hicieron demasiado numerosas para reseñarlas.
Con estos breves apuntes, queda claro un hecho innegable: la consecuencia de las herejías de Lutero fue que la Escritura se leyera menos en la Iglesia, con muchas más cortapisas, precauciones y desconfianzas. Como hemos visto, no es cierto que la Iglesia Católica hubiera ocultado la Biblia. Al contrario, la había traducido en innumerables ocasiones a las lenguas vulgares. Al menos hasta que el mal uso que los protestantes hicieron de la Biblia obligó a restringir muchísimo las traducciones, que esos mismos protestantes utilizaban como vehículo de transmisión de sus errores. Del mismo modo que, cuando se produce un envenenamiento masivo por elementos en mal estado, el gobierno endurece la regulación de esos alimentos, la Iglesia tuvo que frenar durante más de un siglo las nuevas traducciones a lenguas vernáculas para evitar la infiltración protestante, lo cual fue, sin duda, una desgracia.
Todo esto, en el aspecto cuantitativo de la cuestión. En cuanto al aspecto cualitativo, el desastre bíblico que supuso la Reforma es mucho más profundo. Conviene tener en cuenta una verdad que los partidarios de un ecumenismo buenista se empeñan en negar: las doctrinas de los reformadores, además de erróneas, eran radicalmente contrarias a la Biblia. En lugar de buscar lo que decía la Escritura, lo que hacían era realizar elucubraciones teológicas e introducir con calzador sus conclusiones en el texto bíblico. La misma idea de “sola Scriptura” que es la base de todo el protestantismo, no se encuentra en ningún lugar de la Biblia; es puro invento protestante.
No es de extrañar que una de las primeras cosas que hicieran fuera redefinir la propia Escritura. Así, eliminaron siete libros que no les gustaban, los llamados deuterocanónicos del Antiguo Testamento, que defendían con claridad doctrinas como la de la oración por los muertos. Lutero no se atrevió a eliminar varios libros del Nuevo Testamento, pero enseñó que, de alguna manera, había libros de la Escritura que eran “mejores” y otros que eran “peores”, como la epístola de Santiago (a la que llamó “epístola de paja”, porque se atrevía a decir, contra la interpretación luterana, que la fe sin obras es una fe muerta), la carta a los Hebreos (demasiado sacerdotal para él), la carta de Judas y el Apocalipsis. Aún hoy, muchos protestantes anteponen las cartas de San Pablo al Evangelio, porque supuestamente la predicación evangélica de Jesús estaba dedicada a los judíos y no a los cristianos (así explican, por ejemplo, que diga que en el Juicio final va a haber un examen de las obras, “tuve hambre y me disteis de comer”, en lugar de sobre la fe).
También negaron la Tradición de la Iglesia, que evidentemente les era contraria, porque refutaba todas sus innovaciones. Al abandonar la Tradición, los reformadores hicieron imposible entender la Escritura, porque ningún texto se puede entender sin su contexto vital. La Tradición es el contexto propio e insustituible de la Escritura, la tierra de la que nació y el lugar en el que se hace vida. Sin Tradición, la Escritura se convierte en mera letra, a la que cada uno puede dar el sentido subjetivo que prefiera. Sin Tradición, lo único que queda son tradiciones humanas, que anulan la palabra de Dios. Es decir, en la práctica y como es tan frecuente entre los revolucionarios, lo que hicieron (y siguen haciendo hoy en día sus sucesores) los Reformadores era lo que ellos mismos criticaban en los católicos: someter la Biblia a sus propias tradiciones humanas protestantes.
Al igual que decir Señor, Señor no es lo mismo que cumplir la voluntad de Dios (cf. Mt 7,21), hablar mucho de sola Scriptura no es lo mismo que dar un lugar central a la Biblia. Lo primero que hace falta para que la Escritura tenga un lugar central en la vida de la Iglesia es comprender lo que realmente quiere decir, en lugar de introducir en ella nuestras propias opiniones. En ese sentido, Lutero y los demás reformadores no sólo no contribuyeron a dar un papel más central a la Escritura, sino que, al contrario, sustituyeron el papel central que siempre tuvo la Escritura en la Iglesia por un subjetivismo exacerbado. El mismo Lutero se dio cuenta horrorizado de ello al final de su vida: el protestantismo había dado lugar a tot capita quot sententiae, tantas opiniones como cabezas. Como signo claro de esa confusión, cuando los principales reformadores se reunieron en 1539 para adoptar una posición común sobre algo tan básico como la Eucaristía, fueron incapaces de ello y terminaron peleados, porque cada uno introducía en la Biblia su propia teoría sobre lo que sucedía en la Cena del Señor.
Comprendo perfectamente que el Papa desee llevarse bien con los protestantes, pero de nada sirven esos deseos si pretendemos que se cumplan a costa de la verdad. Y la verdad es que el día que Lutero (supuestamente) clavó sus tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg fue un día funesto para la comprensión de la Escritura. Aunque fuera inconscientemente, pocas personas en la historia habrán dañado más que Lutero la verdadera comprensión cristiana de la enseñanza de la Biblia. No caigamos en el mismo gravísimo error sólo por intentar llevarnos bien con todo el mundo. Recordémoslo una vez más: la verdadera caridad siempre está basada en la verdad.


Blog  Espada de doble filo (el 1.11.16)


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