lunes, 7 de noviembre de 2016

"Los inmisericordes son los que nos reían las gracias para hacerse los buenos"


por Bruno Moreno Torres
El otro día, un lector con el botánico nombre de Roblete dejó en el blog un comentario que me pareció clarividente y a la vez intrigante: “Quienes hemos estado apartados de la doctrina de la Iglesia y por gracia de Dios la hemos descubierto, sabemos por experiencia propia que los inmisericordes no son los que no nos daban la razón cuando estábamos errados sino los que nos reían las gracias para hacerse los buenos y comprensivos".

Me pareció un tema muy interesante, porque, desgraciadamente, es muy frecuente identificar la misericordia con decir a cada uno lo que quiere oír. Como además Roblete hablaba desde su experiencia personal,lo invité a escribir unos párrafos sobre el tema para publicarlos en el blog. Y aquí están.
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Mi vida como cristiano deja mucho que desear. Ahora esto me parece evidente, pero no siempre ha sido así. No porque yo fuera un santurrón, meapilas y beato, sino por todo lo contrario. Habituado a escuchar discursos buenistas y falsamente misericordiosos, me había acostumbrado a justificar mis pecados. Los pecadores, pensaba, son esos tipos importantes de la curia y de las grandes multinacionales. A Dios no le importan mis defectillos, yo soy un buen tío. Al fin y al cabo, somos humanos y no hay que exagerar. Además, estamos en el siglo XXI y las cosas son de otra manera.
Por circunstancias que ahora no vienen al caso, empecé a leer Infocatólica y a escuchar Radio María. Poco a poco, algo fue cambiando en mi corazón y empecé a interesarme por los argumentos que, lejos de darme la razón, desmentían todas mis excusas. A finales de abril de 2013, unos días antes de que mi hija comulgase por vez primera, fui a confesarme. Lloré por mis pecados como una magdalena y salí del confesionario con un gozo que me desbordaba el corazón.
Amar la doctrina antes me parecía, como hijo de mi tiempo, complaciente, rancio y acomodaticio. Ahora sin embargo, se me antoja exigente, fresco y audaz. Querer ser santo me parecía petulante. Consideraba más razonable y humilde conformarse con ser buena persona; uno de esos tipos solidarios y enrollados que todo el mundo quiere. Qué equivocado estaba. Para ser santo hay que mendigar la gracia de Dios y hacerse pequeño porque es algo que no está en nuestras manos. Conformarse con menos es decirle a Dios que no se meta en nuestra vida, que sabemos muy bien lo que nos conviene y que vaya a engañar a otro porque nosotros vamos a seguir haciendo lo que nos dé la gana.
Yo soy un desastre con patas, así que no me queda otra que ponerme ante el Sagrario y decir: “Señor,  quieres que sea santo. Tú verás lo que haces porque yo no sé por dónde empezar”.
Por favor, no escuchéis a los que os digan que las cosas no cambian, que Dios se conforma con poco, que nos quiere acomodados. Solemos seguir la corriente a los locos, a los tontos y a los que queremos que nos dejen en paz. Si Dios no tiene por costumbre darnos la razón es porque no nos tiene por locos ni por tontos y mucho menos quiere que le dejemos en paz. Nos toma muy en serio.


Roblete



el 4.10.16 a las 8:33 PM


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