jueves, 17 de noviembre de 2016

Muerte, resurrección y práctica de la incineración (I)

por María Teresa Rearte
    Se puede considerar la muerte de un modo sapiencial, como hace la Biblia, la filosofía,  las religiones y aún la poesía.
Y también se lo puede hacer de un modo misterial o pascual, que es propio del cristianismo. En el segundo modo hablamos de la muerte mistagoga. Lo cual significa que introduce al hombre en el misterio cristiano. Así como la gracia presupone la naturaleza, no la niega, sino que la trasciende, la consideración misterial o pascual de la muerte supera e ilumina la reflexión natural, sin por esto devaluarla.
     Ambas perspectivas guardan entre sí una relación similar a la que se da entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El tratamiento veterotestamentario de la muerte es sapiencial. Por eso se habla de ella en los libros sapienciales de la Biblia: Job, Salmos, Qohelet, Sirácida y Sabiduría. La sabiduría bíblica no difiere esencialmente de las respuestas profanas. En cambio, el tratamiento del Nuevo Testamento es una visión misterial, cristológica y pascual. 
      No obstante lo cual, encontramos expresiones sapienciales que recuerdan las del Antiguo Testamento, como puede serlo el grito de Dios al hombre rico: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”  (Lc 12, 10), extraídas del Qohelet y del Sirácida (Cfr Qo 2, 21; Si 11, 19) Pero si Jesús se hubiera limitado sólo a eso, la situación del hombre ante la muerte no habría cambiado significativamente. Cuando Él muere por todos los hombres en la cruz, se produce un cambio radical. Todo el Evangelio de Juan muestra la muerte de Cristo en la cruz como la nueva Pascua. Incluso hasta dar lugar a una nueva acepción de la palabra Pascua. Así, la muerte de Cristo es “su hora de pasar de este mundo al Padre” (Cfr Jn 13, 1) Pascua y muerte de Cristo se vuelven vocablos íntimamente asociados. Pero no todo queda en un cambio de vocabulario. Dicen que el hombre nace para morir. Pero esto se torna antitético con relación a la visión cristiana. La liturgia sintetizó el dramatismo de la redención con un versículo propio del tiempo pascual: “Muriendo ha destruido la muerte”. Por eso el apóstol Pablo proclama que “la muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está , oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1Cor 15, 55)
      De modo que no sólo la muerte de Cristo, sino también la muerte del hombre se ha convertido en Pascua, porque el pecado ha sido vencido en la cruz, y  la muerte ha sido derrotada por la resurrección. Ya no se trata de la muerte pedagoga de la literatura sapiencial, que debería enseñarnos cómo vivir. Tampoco sólo de una amenaza que nos acecha. Sino que se ha convertido en mistagoga. Es decir que enseña un camino para insertarnos en el misterio cristiano.
     La Instrucción “Ad resurgendun cum Christo” – para resucitar con Cristo- de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, reitera la enseñanza ya conocida de la Iglesia Católica con relación a la práctica de la cremación, hoy muy difundida. Lo hace no por la incineración en sí; sino por las nuevas ideas en desacuerdo con la fe cristiana. E incluso por los comportamientos y rituales que implican “conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza, o con el universo, o como una etapa en el proceso de reencarnación, o como la liberación definitiva de la prisión del cuerpo”, según expresa el documento nombrado. Y a la vez afirma que “mediante la sepultura de los cuerpos en los cementerios, en las iglesias en las áreas a ellos dedicados, la tradición cristiana ha custodiado la comunión entre los vivos y los muertos, y se ha opuesto a la tendencia a ocultar o privatizar el evento de la muerte y el significado que tiene para el cristiano.” Lo cual se comprueba sobre todo en las grandes urbes. Así como también se observa que el desarrollo alcanzado por la medicina, impulsado por la ciencia y la tecnología, ha permitido lograr objetivos loables. Pero a la vez también se constata que el concepto de muerte natural ha sido reemplazado por el de muerte intervenida, con amplio soporte tecnológico en espacios hospitalarios. 
   El Papa Pablo VI decía en diciembre de 1965: “El Concilio Vaticano II es un hecho que debe durar…” En consonancia con ese pensamiento, el Papa san  Juan Pablo II daba a conocer,  en octubre de 1992, la Constitución Apostólica “Fidei Depositum” para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II,  del cual deseo extraer algunas enseñanzas con relación al tema que nos ocupa. Y  motiva la reflexión cristiana actual. 
(continuará)
Santa Fe, 17 de Nov. de 2016.

No hay comentarios: