viernes, 18 de noviembre de 2016

Muerte, resurrección y práctica de la incineración (II)


 por María Teresa Rearte

  ¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica, al que en adelante me referiré como CIC, con relación a la muerte?
 Afirma que “es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino” (CIC 1013) Así lo dice también el Concilio Vaticano II, cuando afirma que la muerte es el fin del “único curso de nuestra vida terrena”. (LG 48) Y lo sostiene la Escritura: “Está establecido que los hombres mueran una sola vez.” (Hb 9, 27) Por lo que, en relación con los términos de la exhortación que motivan esta nota, para la fe cristiana no hay reencarnación después de la muerte.
   En el contexto actual, en el que el final de la vida ha experimentado cambios de naturaleza cultural, científica, tecnológica, y hasta espiritual, la Iglesia nos invita a prepararnos para la hora de la muerte. Por ejemplo, con el rezo de las Letanías de los Santos, donde suplicamos: “De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor.” 
      El Credo cristiano en el que profesamos la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora, culmina con la proclamación de la resurrección de los muertos al final de los tiempos y  la vida eterna. (Cfr CIC 988) 
      Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposición. Hay quienes piensan que todo acaba con la muerte. Y otros aceptan con más facilidad que, después de la muerte, la vida de la persona humana perdura de una forma más espiritual. Por lo cual se habla de una “escatología de almas”, o “escatología intermedia”, entre la muerte y la resurrección final. El CIC entiende la muerte como “separación del alma y el cuerpo” (997), la cual pone término a la posibilidad humana de aceptar o rechazar la gracia de Dios ofrecida en Cristo (cfr 2 Tim 1. 9-10) El Nuevo Testamento habla del juicio, sobre todo en la perspectiva del encuentro con Cristo en su segunda venida, en la Parusía. Pero también asegura repetidamente la existencia de una retribución inmediata después de la muerte de cada uno, como derivada de su fe y sus obras. En ese sentido se puede citar, por ejemplo, la parábola del pobre Lázaro y el hombre rico (cfr Lc 16, 19-31). También se pueden mencionar las palabras de Cristo en la cruz, dirigidas al que llamamos buen ladrón. (cfr Lc 23, 43), y así otros textos del Nuevo Testamento, referidos a un destino último e inmediato del alma (cfr Mt 16, 26), que puede ser diferente para unos y otros. 
      Lo dicho, con fundamento en la Escritura, nos remite a la fe en que cada hombre después de su muerte, recibe una retribución en su alma inmortal, que define cómo fue su vida en relación con Cristo, a través de una purificación. O bien está en condición de entrar inmediatamente en la bienaventuranza celestial, o se condena inmediatamente y para siempre. Todo lo cual, además de las referencias evangélicas, han sido enseñanza de los concilios y del Magisterio de los Papas (cfr. CIC 1022). A este juicio particular se refiere San Juan de la Cruz cuando afirma: “En la tarde de la vida te examinarán en el amor.” Sin omitir la dificultad para explicar la inmortalidad del alma separada del cuerpo, ¿ si no es así, cómo explicar la existencia de la escatología intermedia? ¿De un juicio y retribución, inmediatamente después de la muerte del hombre?
     Quienes mueren en gracia de Dios pero imperfectamente purificados, aún cuando se esté seguro de su salvación, para la fe sufren la purificación necesaria para entrar en el Cielo. A esta purificación se la llama Purgatorio, que es distinta del castigo eterno de los condenados. Enseñanza apoyada en las definiciones de los Concilios, en la Tradición cristiana, e incluso en la práctica de la oración por los difuntos, de la que habla la Escritura: “Por eso mandó  (Judas Macabeo) hacer este sacrificio expiatorio a favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.” (2 Mac 12, 45) (cfr CIC 1030, 1031, 1032)
     La resurrección final será de todos los muertos, de los justos y los pecadores, la cual precederá al Juicio Final, el cual sucederá cuando Cristo vuelva glorioso al final de los tiempos. (CIC 1040)
     ¿Quiénes y cómo resucitarán? Resucitarán todos los hombres que hayan muerto. “Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; y los que hayan hecho el mal, para la condenación.” (Jn 5, 29) En cuanto al cómo, que desvela a algunos preocupados por las cenizas que deja una incineración, según el CIC será como resucitó Cristo: “con su propio cuerpo.” (999) “Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24, 39) Personalmente pienso en Jesús, en sus llagas, que conservó en su cuerpo de Cristo glorioso resucitado. Y pienso en tantas heridas que sangran, en toda persona  afligida por enfermedades cruentas, en lo débil y sufriente de este mundo, en tantos padecimientos de los seres humanos que Dios ama y ve,  que serán visibles en la resurrección final. . No tengo todas las explicaciones. Si las tuviera habría cesado la fe.


Santa Fe, 17 de Noviembre de 2016.




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