miércoles, 9 de noviembre de 2016

Proceso de protestantización del catolicismo (1-4)

por Horacio Bojorge
“Desviaciones doctrinales análogas a las que efectuó
en su época la Reforma Protestante”. SS Paulo VI (27-6-67)
1.- Un mal propio del catolicismo.
Por protestantización, entendemos un cambio complejo de la fe[3], de la religiosidad, de la sensibilidad, la piedad y la cultura católica. Se manifiesta principalmente en una disminución del afecto y la adhesión al Papa, a la Eucarística y a María. Este cambio consiste en una ruptura[4] latente con la tradición y la doctrina católicas que comienza como una exigencia de reforma y puede terminar, aunque no siempre, con la ruptura manifiesta con la comunión eclesial. Se ha señalado también que el lenguaje protestante es más bien dialéctico y contrapone los opuestos como disyuntiva: o, o; mientras que el lenguaje católico une los opuestos y los concilia: y, y.
Son numerosas, desde diversos sectores, y muchas de ellas muy cualificadas, las voces que afirman que el catolicismo continúa sufriendo hoy un proceso de protestantización. Un proceso que, según algunas de esas voces, sería aún más severo y más grave hoy que en el pasado. Bien puede decirse, a creerle a esas voces – muchas de las cuales voy a recolectar en estas páginas – que el fenómeno de la Reforma protestante no ha terminado aún y que asistimos en nuestros días a nuevos capítulos de ese proceso y hasta a una radicalización del mismo.
1.1 Jaime Balmes: “no es más que un hecho común a todos los siglos de la Iglesia”
La historia nos enseña a descubrir que el espíritu protestante nació en el seno del catolicismo y que sigue naciendo en él y de él. Como ha señalado Jaime Balmes:
“Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el señalamiento de sus causas por no haberse advertido que no es más que un hecho común a todos los siglos de la historia de la Iglesia”. Y amplía su pensamiento agregando: “Es innegable que el principio de sumisión a la autoridad en materias de fe ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta por ahora consignar el hecho y recordar a quien  lo pusiere en duda que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de las herejías”.
 “Conforme a la variedad de tiempos y países – prosigue Balmes –  el hecho ha presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza el judaísmo y el cristianismo: ora combinando con la doctrina de Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del dogma católico con las cavilaciones, y sutilezas del sofista griego: es decir presentando diferentes aspectos según ha sido diferente el estado del espíritu humano.
“No ha dejado empero este hecho de tener dos caracteres generales que han manifestado bien a las claras que el origen es el mismo a pesar de  ser tan vario el resultado en su naturaleza y objeto. Estos caracteres son: el odio a la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta.
“Bien claro es que si en cada siglo se había visto nacer alguna secta que se oponía a la autoridad de la Iglesia y erigía en dogmas las " opiniones  de  sus fundadores no era regular que dejase de acontecer  lo mismo en el siglo XVI; y atendido el carácter del espíritu humano”[5].
La Reforma protestante no es, por lo tanto, algo que le advino al catolicismo desde afuera. Es algo que nació del mundo católico y que, históricamente, pudo salir de la Iglesia católica – y colocarse afuera de ella como un antagonista – debido al apoyo de poderes políticos adversos a la Jerarquía católica y el catolicismo de los pueblos latinos. Se plantea a sí misma, desde sus comienzos hasta ahora, como lo auténtico frente a lo inauténtico. Y, tomando pretexto de males internos reales del catolicismo, estriba en ellos para abolir también los buenos usos.
Pero a medida que se aparta de su cuna católica, lo protestante se desvirtúa progresivamente, languidece y muere. Se nutre del vigor católico del que nace y con el que convive, aunque sea en oposición dialéctica.
Por eso el protestantismo está decayendo en Europa junto con el catolicismo y en cambio es vigoroso en Latinoamérica donde florece a costa de los remanentes del vigor cultural católico, que él consume y destruye a la vez.
1.2. Miguel de Unamuno: “Si la Iglesia desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”
Miguel de Unamuno afirmaba por eso que: “Si la Iglesia católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”. El párrafo de su Diario íntimo en el que hace esta afirmación es digno de ser tenido en cuenta:
“La Iglesia – escribe - es el cuerpo en que la tradición vive, es el cuerpo en que se encarna el Verbo. ¿De dónde tienen las Escrituras los protestantes? El protestantismo oscila entre la esclavitud de la letra y el racionalismo, que evapora la vida de la fe. Si la Iglesia católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes, desvanecidas éstas aquélla no desaparecería. El protestantismo tiene que cumplir su ciclo todo, ir a perderse en el racionalismo que mata toda vida espiritual, para que no vuelva a caer en la fe de que salió. ¡Libertad, libertad! ¿Cuándo un protestante ha llegado a la libertad de los místicos católicos? O caen en la esclavitud de la letra o en el nihilismo de la razón. Han querido sujetar la fe al progreso, cuando la fe vive por debajo del progreso, dentro de él, permanente y quieta, como la verdad dentro de la razón”[6].
Lo que dice don Miguel de Unamuno es verdad. El protestantismo es una fase en un proceso de apostasía nacida en el seno de la Iglesia y culmina en el ateísmo. Pero no sin arrastrar consigo “un tercio de las estrellas”; no sin reducir drásticamente el número de los ‘fieles’ en el pleno sentido de la palabra ‘fieles’.
Se diría que la protestantización es el camino de la corrupción y autodisolución de lo católico y que por eso lo protestante no es, desde su raíz, algo exterior al catolicismo sino, de algún modo, interior a él, por más que sea ajeno a él y aún antagónico a él. Algo que le es tan necesario como las divisiones necesarias de que hablaba San Pablo[7] o como el juanino: “Salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros pero esto sucedió para que se manifestara que no todos son de los nuestros”[8].
Por eso, no es mi intento acusar al protestantismo de ser el culpable de los males del catolicismo pasado y actual. Lo que corresponde es alertar al catolicismo acerca de sus propios males, de lo que está dentro de él y es capaz de salir de él y corporeizarse en formas antagónicas exteriores después de haber protagonizado antagonismos intestinos. Y de alertarlo acerca de lo que permanece dentro de él, como la principal fuerza antagónica contra sí mismo; un mal que se empeña en permanecer encapsulado dentro del catolicismo, sin salir de él, sino coexistiendo, como lo enseña la parábola del trigo y la cizaña. La ruptura de la comunión suele estar latente, y tiende de suyo a permanecer latente, antes de quedar de manifiesto.
“La nave de la Iglesia hace agua por todas partes” dijo el entonces Cardenal Joseph Ratzinger durante el Via Crucis en el Coliseo en el año 2005, mientras Juan Pablo II agonizaba. Y en otra oportunidad fue más explícito en decir que este mal le venía a la Iglesia de adentro: “El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro”[9].
Cuando san Juan comprueba que “salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros” es porque se ha producido una ruptura, una salida, una apostasía, cisma o herejía manifiesta. Pero cuando continúa diciendo: “pero esto sucedió para que se pusiera de manifiesto que no todos son de los nuestros”[10] está refiriéndose a lo que coexiste aún dentro de un mismo mundo católico como la cizaña con el trigo, hasta que el Señor lo ponga de manifiesto provocando la salida.
En esta última situación, la de la coexistencia de la cizaña con el trigo, se crea un estado de confusión dentro del sembradío  de Dios, porque san Juan advierte que hay quienes pretenden ser los auténticos cristianos y acusan a los otros de no serlo. Y el apóstol dictamina que esos acusadores son la cizaña y los acusados son el trigo.
A eso obedecen esos “Si alguno dice pero…” tan propios de su primera carta. En esos pasajes se nos describe y se nos permite reconocer el lenguaje típico de los anticristos y de los apóstatas encriptados, para distinguirlos de los verdaderos hijos de Dios.
Quisiera, pues, poner estas líneas bajo el amparo de las numerosas advertencias de Jesucristo, cuando nos exhorta a vivir en guardia, velando y orando; y nos dice con solícita caridad de hermano mayor a sus hermanitos más pequeños: “Cuídense, guárdense”[11]. Y a invocar sobre nosotros aquélla petición al Padre de la oración del Señor en su última cena:
“No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del Malo”.



(continuará)


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