jueves, 10 de noviembre de 2016

Proceso de protestantización del Catolicismo (2-4)


por Horacio Bojorge s.i.
2.- El cuadro clínico de la dolencia protestante: San Ignacio de Loyola.
San Ignacio de Loyola nos dejó un diagnóstico y una semiología de la Reforma protestante en sus: Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener. El título mismo de estas Reglas, nos enseña que la protestantización se presenta ante todo y visiblemente como una crisis del sentido común eclesial, del sentir católico. Para Ignacio, la expresión tiene el mismo sentido que en Pablo, cuando habla de tener un mismo sentir entre los hermanos en la fe y con Cristo: “siendo todos de un mismo sentir [...] tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Filipenses 2, 2.5).
La tentación ‘protestante’ entendida así, como ruptura de la unidad espiritual, está presente desde los orígenes. San Pablo diagnostica que la causa de las divisiones en partidos de la comunidad de los Corintios, es la búsqueda de gloria propia, característica del mundo griego y que sigue contaminando el alma de los corintios. Igualmente los siguen, les señala, los que aún no se han convertido de su insensibilidad para corregir al incestuoso. Y él mismo tiene que hacer frente a quienes, dentro de la Iglesia en Corinto, ironizan sobre su persona y socavan su autoridad.
Años después, San Clemente, en sus cartas a los Corintios tiene que enfrentar esa reforma de la comunidad fundada por Pablo, donde se ha dejado de vivir regulados por la sabiduría cristiana y se es conducido por los criterios mundanos y deseos carnales y donde precisamente los carnales usurpan el liderazgo y la conducción de la comunidad y persiguen a los santos pastores[12].
El quiebre, inicialmente oculto, la ruptura con el sentido común católico, se manifiesta visible y exteriormente en forma de desobediencia: “depuesto todo juicio contrario [elemento interior oculto] debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo [manifestación externa] a la verdadera esposa de Cristo que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica” (EE 353). La existencia de una voluntad rebelde puede pasar inadvertida para el clínico, si se la toma como una inocente indisciplina.
San Ignacio percibió que la desobediencia de los reformadores era, en su esencia,
1) una crisis del sentido de comunión eclesial, 2) un defecto de la fe y 3) un error de la doctrina eclesiológica, 4) que implicaba otros dos errores, uno cristológico y otro pneumatológico.
San Ignacio percibió que la crisis de comunión – oculta aún, antes de la abierta ruptura, bajo apariencia católica y después de la ruptura manifiesta, como abiertamente herética – pasaba, en primer lugar, por la pérdida del sentido de obediencia a la “Esposa de Cristo, nuestra santa madre Iglesia jerárquica”[13]. Una pérdida que se manifestaba en su comienzo principalmente como un debilitamiento de la adhesión al Papa y al sacerdocio ordenado y que podía llegar a convertirse en una aversión violenta y en una abierta rebelión.
A esta debilidad o quiebre de la fe eclesiológica le subyace una debilidad paralela de la fe en el vínculo amoroso que une al Señor con su Iglesia y en la acción del Espíritu Santo en Cristo y en su Esposa: “creyendo – dice Ignacio - que entre Cristo Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige”[14]. No se trata pues de un mero problema disciplinar sino de una desobediencia que nace de un espíritu de impugnación; se trata de una rebeldía espiritual, que se origina en una debilidad de la fe y culmina en la pérdida de la fe católica y una separación de la comunión eclesial.
De este afecto rebelde, observable también hoy en algunos fieles tanto ‘católicos’  como protestantes, nacen todas las impugnaciones disciplinares y de aspectos particulares de la vida eclesial[15].
La terapia del mal que propone Ignacio no pasa ni por la polémica ni por la impugnación. A este mal opone San Ignacio aquel afecto creyente y católico que aprueba y alaba los usos católicos impugnados. Alabanza y reconfirmación de la práctica sacramental, confesar con sacerdote[16], comulgar con la mayor frecuencia posible, oír misa a menudo, cantos, salmos y oraciones en el templo y fuera de él, oficio divino y horas canónicas.
 Alabanza no solamente de los sacramento sino también de los sacramentales, puestos bajo sospecha o acusación de ser prácticas supersticiosas: vida religiosa y votos de religión, virginidad, continencia, devoción a los santos y a sus reliquias, invocación de su intercesión; peregrinaciones, indulgencias, cruzadas; agua bendita, incienso, escapularios y medallas, bendición de personas, de animales y de objetos, de imágenes, de casas y edificios; candelas encendidas, ayunos y abstinencias, tiempos litúrgicos; penitencias internas y más aún externas (cilicios, disciplinas); ornamentos litúrgicos, edificios de iglesias[17]. Hoy habría invitado a alabar el uso del velo para orar las mujeres, y de reclinatorios[18]. Alabar la abundancia de retablos e imágenes sagradas tenidas en veneración[19]. Alabar preceptos de la Iglesia, sus tradiciones y costumbres de los mayores. Alabar la teología positiva y también la escolástica[20].
Este elenco ignaciano trazado en las Reglas para sentir con la Iglesia, permite comprobar en qué y en qué medida, según los lugares, personas, parroquias, órdenes y congregaciones religiosas, estos usos han sido y siguen siendo impugnados, abandonados o combatidos, sea mediante cuestionamientos teóricos sea mediante burlas; o están en regresión o en proceso de desaparición. Y esto demuestra hasta qué punto permanece viva la tentación interior contra la comunión.
Las reglas para sentir con la Iglesia de San Ignacio son una aplicación práctica del criterio de discernimiento juanino “si alguno dice que conoce a Dios, pero no guarda sus mandamientos es un mentiroso”[21] ; “Si alguno dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está aún en las tinieblas”[22]; “Si alguno dice que no tiene pecado…”[23].
Para terminar señalemos un hecho: la protestantización es hoy una epidemia del catolicismo en Latinoamérica donde asistimos a un verdadero éxodo de fieles católicos hacia los cultos pentecostales o evangélicos. Unos, en su mayor parte los profesionales e intelectuales, porque se han enfriado en su pertenencia católica debido a la transculturación hacia la cultura globalizada adveniente y dominante, en otras palabras por la mundanización. Otros porque van a buscar fervor – desaparecido en los ministros ordenados secularizados así  como en parroquias y otras instituciones católicas – en los cultos pentecostales; o buscando respaldo moral y solidaridad comunitaria en comunidades evangélicas. Otros porque caen en las redes de un pseudocristianismo sin cruz que les promete el pare de sufrir. Otros, por fin, porque huían de la asfixia del formalismo padecido en algunos ambientes católicos y, abominando de las formas, buscaban aire respirable en la informalidad
Pero el actual abandono multitudinario de la comunión católica es el desenlace de un mal que se venía incubando, desde mucho antes, debajo de las apariencias exteriores de la comunión eclesial católica[24].
3.- Un mal reconocido por muchos.
Después de describir el síndrome ‘protestante’, sus síntomas y su naturaleza íntima, escuchemos las voces de atentos observadores de la realidad eclesial, que han señalado la presencia actual de la dolencia y nos permitirán comprender mejor su naturaleza, sus causas y su desenlace.
3.1. Mons. Marcel Lefebvre
Comenzamos por la voz de quienes, debido a la alarma ante la gravedad del mal y por la vehemencia misma de su preocupación, se pusieron y están en la situación que todos conocemos. Tras la finalización del Concilio Vaticano II, Monseñor Marcel Lefebvre le había reprochado al Novus Ordo Missae de Pablo VI, haber abierto el camino a la protestantización de la celebración eucarística católica. Fue ese uno de los motivos, aunque ni el primero ni el principal, por el que sus protestas terminaron en un acto de indisciplina. Diríamos que fue la gota que desbordó el vaso.
Su sucesor Mons. Bernard Fellay, en sus conversaciones con el Cardenal Darío Castrillón Hoyos, mantenidas con la esperanza de restaurar la situación disciplinar, en ocasión del año jubilar del 2000, previno que, aún si volviese hoy a la sujeción disciplinar, seguiría combatiendo el modernismo y el liberalismo en la Iglesia y continuaría sosteniendo, entre otras cosas, que “la misa de Pablo VI tiene silencios que abren el camino a la ‘protestantización’”; y afirmaba también que se seguiría oponiendo  “a una forma de ecumenismo que hace perder la idea de la única Iglesia, con el peligro de una mentalidad protestante”[25].
Si volviera a la comunión no estaría solo en esta lucha en la que se siguen empeñando muchos católicos, como veremos a continuación.
3.2. Señalar la protestantización no significa ser lefebvrista
Dado que estas denuncias han sido una bandera del sector de católicos cuyo sentir interpretaba Mons. Lefebvre y sus seguidores, algunos han estimado que hablar de protestantización – ya sea de la celebración eucarística ya sea de otros aspectos del catolicismo - sería algo propio y exclusivo de una óptica “fundamentalista” y, por eso, un tópico que habría que desechar, so pena de incurrir en lefebvrismo.
Esta afirmación no resiste al examen. No porque lo diga Monseñor Lefebvre la cosa es así, sino que porque la cosa es así lo dijo Mons. Lefebvre, y en esto no estuvo ni está solo, como se verá. Porque no han sido solamente Monseñor Marcel Lefebvre y la Fraternidad San Pío X, quienes han señalado la tendencia protestantizante dentro del catolicismo actual.
Coinciden en comprobarlo y reconocerlo con parecida alarma, numerosas voces eclesiásticas católicas nada sospechables de lefebvrismo; unos que celebran y otros que deploran y resisten el proceso desde dentro de la comunión católica. Lo que sigue no es sino una antología de esas voces que ponen de manifiesto que estamos ante un hecho que todos reconocen, incluso aquellos que lo consideran bueno como es el caso, por citar uno solo pero muy prestigioso y representativo de un partido eclesial, del Cardenal Carlo Maria Martini.
Apliquemos, pues, al caso el dicho de san Ambrosio que Santo Tomás cita unas 13 veces en sus escritos: “Omne verum a quoqumque dicatur a Spiritu Sancto est”: “toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo”[26].
3.3. El Cardenal Carlo Martini: El Vaticano II se inspiró en las reformas de Lutero.
En la entrevista que le ha hecho el jesuita Georg Sporschill[27], el Cardenal Carlo Maria Martini: declara:
“La Iglesia necesita reformas internas… Martín Lutero fue un gran reformador… La Iglesia católica se dejó inspirar por Lutero en el Concilio Vaticano II y ha suscitado un movimiento de renovación desde dentro. Los tesoros de la Biblia fueron abiertos por primera vez a los católicos a nivel más amplio. Hemos adquirido una nueva relación con el mundo, con sus dificultades y sus conocimientos. Una consecuencia de las reformas es también el movimiento ecuménico”[28].
El hecho de que el Cardenal Martini juzgue positivo este hecho muestra que es un hecho comprobado no solamente desde filas lefebvristas que lo lamentan, sino comprobado también por eclesiásticos tenidos por progresistas que lo celebran como positivo. Una cosa es el hecho y otra la valoración. Pero el hecho es reconocido por todos. Unos lo consideran bueno, lo aplauden y lo promueven, como el Cardenal Martini. Otros lo deploran.
3.4. Monseñor José Guerra Campos
Mons. José Guerra Campos, destacada figura del episcopado español, que participó en el Concilio Vaticano II, comprobaba en 1980 que estaban ocurriendo ya “tantas cosas extrañas” en la Iglesia católica en la España postconciliar, “que su acumulación – decía - anula ya la extrañeza, convirtiendo lo deforme en algo acostumbrado”. Y se preguntaba acto seguido:
“¿No demuestra esto precisamente que está en marcha un proceso de protestantizaciónde la Iglesia en España?”. Proponía este prelado como medida imprescindible, con la finalidad de que las fuerzas sanas que había todavía en el catolicismo español contuviesen el proceso de protestantización y consiguiesen en España un nuevo florecimiento de la vida católica, “la acción adecuada de la Jerarquía”, para lo cual es – decía – “indispensable que los organismos dependientes de la Jerarquía no sigan albergando la oposición al Magisterio de la Iglesia”[29].
Es decir que,  según el diagnóstico de este prelado, las tendencias protestantizantes habían penetrado y se albergaban, dentro mismo de las instituciones eclesiásticas oficiales y a vista y paciencia de la Conferencia de los obispos españoles.
3.5. Ralph M. Wiltgen SVD: El Rin se vuelca en el Tíber
Si esto estaba empezando a suceder con el episcopado español del postconcilio, en otros episcopados la situación era de larga data. Ya dentro del aula del Concilio Vaticano II se puso de manifiesto una tensión, sin duda preexistente, entre la óptica de los obispos provenientes de los países de mayoría protestante por un lado y los provenientes del mundo latino y de mayoría católica por el otro. Ralph M. Wiltgen SVD en su libro El Rin desemboca en el Tiber. Historia del Concilio Vaticano II[30]: ha mostrado documentadamente cómo la influencia protestantizante llegó a Roma desde los países bañados por el Rin (Alemania, Austria, Suiza, Francia y Holanda) y de la vecina Bélgica[31]. “Los cardenales y teólogos de estos seis países – afirma y documenta el Padre Wiltgen - consiguieron ejercer un influjo predominante sobre el Concilio Vaticano II”.
El Padre Wiltgen fue testigo de las luchas libradas dentro y alrededor del aula conciliar, a la que no eran ajenas las infiltraciones culturales del mundo y las presiones de la prensa y de los centros de documentación.
“La opinión pública sabe muy poco – afirma – de la poderosa alianza establecida por las fuerzas del Rin, factor que influyó de forma considerable sobre la legislación conciliar. Y se ha oído hablar todavía menos de la media docena de grupos minoritarios que surgieron precisamente para contrarrestar esa alianza”[32].
3.6. Pablo VI: La Nota Explicativa Previa a Lumen Gentium
Humanamente hablando, sin la acción moderadora del Espíritu Santo y del justo medio alcanzado gracias a su acción, se hubiera impuesto la visión de gran parte de los episcopados residentes en el mundo protestante.
Esta tendencia se puso de manifiesto no solamente alrededor del Concilio sino incluso dentro del aula, en forma de visiones eclesiológicas ‘episcopalistas’ que amenazaba menguar la autoridad suprema, doctrinal y jerárquica correspondiente al primado del Papa.
El Papa Pablo VI tuvo que moderar la fuerza de esa tendencia y de lo que ella había logrado en la redacción de la Lumen Gentium, mediante una Nota explicativa previa[33]referente al capítulo tercero de esa Constitución. Pablo VI salió así al paso de interpretaciones del texto conciliar que ya circulaban y que apuntaban a recortar la autoridad propia que la tradición católica reconoció siempre al sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, Se pretendía relativizar el dogma de la Infalibilidad, proclamado por el Vaticano I.
La Comisión Doctrinal, ‘por Autoridad superior’, es decir por mandato del Papa, declara en la Nota explicativa que: “El paralelismo entre Pedro y los demás Apóstoles por una parte, y el Sumo Pontífice y los demás obispos, por otra, no implica la transmisión de la potestad extraordinaria de los apóstoles a sus sucesores ni, como es evidente, la igualdad entre la Cabeza y los miembros del colegio”.
La necesidad en que se vio Pablo VI, es uno de los muchos episodios conciliares que demuestran que lo relatado por Wiltgen se ajusta a la verdad histórica. Como documenta Wiltgen, entre los mismos Padres conciliares había una fracción que, sin la intervención del Magisterio pontificio, hubiera podido excederse en la dirección que sale a vetar Pablo VI.
Se había logrado un texto ambiguo que se prestaba a ser interpretado en la dirección de una eclesiología protestantizada, tendiente a recortar la autoridad Papal, nivelándola con la de los demás obispos.
De hecho, después del Concilio, y para dar satisfacción a esas aspiraciones en lo que tenían de justas y no se apartaba de la sana eclesiología, se crearon las conferencias episcopales y los sínodos periódicos de obispos.



(continuará)


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