viernes, 20 de enero de 2017

Ataque directo al paganismo.


Publicamos aquí un texto maravilloso del beato Paolo Manna, extraído de su libro “Virtudes apostólicas” (puede descargarse en que no te la cuenten). El beato Manna fue superior general del glorioso Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras.
Un texto que absolutamente incorrecto para los tiempos que corren.
P. Javier Olivera Ravasi
El ataque directo al paganismo
¿No es cierto que cuando no se es santo, se tiene miedo de hablar de Jesucristo a los pueblos, con la franqueza, la libertad y sobre todo con la fe, con que hablaban los Apóstoles y todos los santos misioneros después de ellos? Mis amados cohermanos, nosotros somos apóstoles de Jesucristo y, como San Pablo, hemos recibido la orden de anunciar su Nombre a los pueblos: tenemos la misión de convertir el mundo y de reformar la sociedad pagana con la predicación de Jesús Crucificado. Todavía hoy es verdadero que sólo en Jesús está la salvación de las almas y del mundo: “En ningún otro está la salvación; no hay, en realidad otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el que se ha dispuesto que podamos salvarnos” (Act.4, 2). Ahora bien, ¿no convendría, por si acaso, con el pretexto de que los paganos de golpe no entenderían el misterio de Cristo… que es necesario entrar dando un rodeo…; que conviene, con la enseñanza y las obras de caridad, rodearse de un ambiente favorable… no sucedería, digo, que algunos misioneros de hoy, con estas inconsistentes excusas hubiesen dejando de lado la predicación directa de Jesucristo y de su Evangelio para un segundo tiempo? No os parezca fuera de lugar la pregunta.


Es tan fácil, cuando se es pobre de lo divino, apegarse a lo humano. Tenemos el ejemplo de los protestantes, que han sobrepuesto y sofocado la predicación de Jesucristo con la preponderancia de su actividad humanitaria y cultural. Se espera que con las escuelas y con las otras obras se cree la atmósfera favorable y que venga de ese modo, la así llamada “hora de Dios”; pero ¿si en vez se crease así una atmósfera, que hace, sí, benévolos y obligados a nosotros, a los pueblos paganos, pero los hace siempre más indiferentes a Dios y a nuestra santa misión? Roguemos a Dios que nos dé la santidad y el valor de los Apóstoles, para que podamos afrontar el ataque directo al paganismo y abrirnos alguna brecha en las grandes religiones organizadas existentes en las misiones. No hay que temer el fracaso, si se es santo y se tiene fe en la palabra de Jesucristo.



Los pobres, los humildes, los desheredados vienen hoy a nosotros en número considerable: son conquistas relativamente fáciles… ¿y los otros, aquellos que no tienen necesidad de nosotros, pero tienen, sin embargo, tanta necesidad de Dios? ¿Cuántos de la clase culta, dirigentes, vienen a la fe? ¿Qué se hace con los budistas y los mahometanos? En pueblos corrompidos, soberbios, de dura cerviz, son lo que se quiera; pero ¿el Evangelio no está hecho precisamente para ellos? El Señor ¿no ha venido justamente para su salvación? ¿O se teme que la palabra y la gracia de Dios no sean bastante poderosas para conquistar también aquellos corazones? Los Apóstoles debieron afrontar un mundo pagano como el que debemos evangelizar nosotros. Jesús Crucificado era también entonces, escándalo para los judíos y una locura para los sabios paganos; sin embargo, los Apóstoles no tuvieron miedo, o tergiversaron, no echaron mano, para abrirse camino, a las obras de caridad, de beneficencia y de instrucción. La caridad y la beneficencia también entraron allí, pero fruto natural de la fe predicada y practicada, no medio de penetración. Los Apóstoles y todos los santos misioneros predicaron y presentaron directamente a Jesús Crucificado a los infieles, porque sabían que sólo Jesús Crucificado posee la virtud de Dios y que puede convertir las almas y cambiar la faz de la tierra. A tal propósito los autores de “Monita ad missionarios” nos dicen que un misionero traicionaría su ministerio si “poniéndose al servicio de la carne”, se callara sobre la pobreza, sobre los sufrimientos y sobre la Cruz de Nuestro Señor, porque como enseña Santo Tomás, “en la doctrina de la fe cristiana hay una verdad fundamental, que la salvación se obtiene mediante la cruz de Cristo”. ¡Oh, cómo deseo que cada uno de nuestros misioneros pueda decir con San Pablo: Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría…” la gente quiere de nosotros obras de ayuda y alivio material, los gobiernos esperan obras de instrucción y de cultura,“nosotros predicamos a Cristo crucificado… poder de Dios ysabiduría de Dios”, (1 Cor 1, 22). Yo amo y aprecio mucho este Instituto por su particular carisma de ser genuinamente apostólico, totalmente dedicado al apostolado directo de los infieles. Tal vez nos faltan muchas cosas; somos pobres de grandes recursos y de grandes obras en las misiones, “pero somos todos de las almas” y ésto, no es poco mérito. Y yo quisiera que fuéramos más pobres, pero mucho más santos, ganaríamos mucho, nosotros y las misiones. ¡Cómo desearía entonces poder decir a nuestros pueblos como San Pablo a los Corintios: “somos ricos sólo de Jesús Crucificado! Nuestro apostolado es enteramente obra de la más pura fe… Cuando fui a vosotros, no me presenté para anunciaros las enseñanzas de Dios con elocuencia de discursos o de sabiduría: yo sostuve, en verdad, no saber otra cosa en medio de vosotros, sino Jesucristo crucificado. Mi palabra y mi mensaje no se basaron en discursos de persuasiva sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y de su poder, para que nuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”, (1 Cor. 2, 2). Pero si San Pablo plantó la fe “no en la sabiduría humana sino en el poder de Dios”, fue porque estaba lleno él mismo de esta virtud de Dios, que es Cristo; rezando sin cesar, castigando su cuerpo con la penitencia, se presentaba ante los pueblos verdaderamente como “otro Cristo”, porque para él, el vivir era Cristo; “para mí el vivir es Cristo”, (Fil. 1, 21). Y, en realidad, los pueblos pueden admirar al misionero sabio, pueden bendecir al misionero benefactor, pueden aprovecharse del misionero rico, pueden temer al misionero poderoso, pero no se inclinarán, no se rendirán más que al misionero santo. San Juan Bautista no hizo ningún milagro; toda su autoridad ante el pueblo, le venía de su vida penitente y santa, y así inducía a las almas a la penitencia y afrontaba a los escribas, sacerdotes, gobernantes, y todos se le sometían, y el mismo tirano le temía: “sabiendo que era un varón justo y santo, y con agrado le escuchaba”, (Mc. 6, 20). He aquí, amados cohermanos, otra razón convincente, para obligarnos a ser grandes santos; a fin de que podamos ser verdaderamente poderosos, “en obras y en palabras”, (Lc. 24, 19), en nuestro apostolado y conseguir el efecto de nuestra vocación, que es la gloria de Dios, mediante la salvación delas almas.



  Que no te la cuenten, enero 20 de 2017.




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