viernes, 6 de enero de 2017

Epifanía del Señor.

Por María Teresa Rearte
La Epifanía o “manifestación” de Nuestro Señor Jesucristo, es un misterio de fe, en el que la tradición latina contempla la visita de los Magos al Niño Jesús en Belén. E interpreta como la revelación del Mesías de Israel a los pueblos paganos. 
        En el relato evangélico de la llegada de los Magos a Belén se pueden visualizar distintas actitudes: la de los Magos, la de Herodes y la de los sacerdotes y escribas. Empezando por las que considero negativas, en primer lugar la de Herodes, éste “se sobresaltó” (Mt 2, 3), y convocó a los sacerdotes y escribas para conocer dónde iba a nacer el Cristo. Pero no para conocer la verdad. Sino para urdir el engaño y defender su poder real. E incluso ordenar la matanza de los inocentes, como hicieron otros dictadores en el curso de la historia. En ese sentido, sabemos que en el mundo hay también otros “herodes”.  La actitud de los sacerdotes y de los escribas, consultados por Herodes sobre el lugar del nacimiento del Mesías, no es vacilante. Y aporta la respuesta exacta. Saben dónde ha nacido el Salvador. Lo expresan; pero ellos no van. Como éstos también los hay en nuestro tiempo, en el que se sabe lo que implica seguir a Jesús. Pero falta la decisión y el coraje para hacerlo, porque no se quieren asumir los riesgos y mucho menos los renunciamientos que implica frente a las “fascinaciones” del siglo.
       Como los sumos sacerdotes y los escribas, que sabían que Jesús estaba en Belén, la menor aldea de Judea (cfr Mt 2, 5-6), también en nuestro tiempo nosotros sabemos que Jesús se encuentra entre los humildes, los pobres, los que sufren, los más insignificantes de este mundo. Pero reiteradas veces prevalece el interés por estar con los poderosos, los que se destacan, o con quien tiene fortuna. Y no es que por este medio escriba a favor del fracaso, ni de la miseria, ni del sufrimiento humano. Pero sí deseo expresar la predilección de Jesús por los que el mundo margina. No es un amor exclusivo. Tampoco es para que permanezcan en la pobreza, ni en el sufrimiento, ni nada parecido. Jesús es la Buena Noticia. Lo es el Evangelio. Jesús es el Salvador esperado, que promueve la redención del hombre, sin que la fe reste protagonismo a la razón humana, ni a la ciencia. Aunque también hay que decir que algunos hombres de ciencia, conocedores de las potencialidades que aporta la técnica, no sólo ceden ante la lógica del mercado, sino también de cara a cierto poder demiúrgico sobre la persona humana. En el que se advierte la peligrosidad de la ciencia sin ética.   En este punto, quiero citar a san Juan Pablo II cuando afirma que “la razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa” (Fides et ratio, 23), mientras que ésta le puede dar a la razón, la ciencia y la técnica el sentido y la respuesta última de la que carecen.
      Volviendo a los Magos,  ellos “se pusieron en camino”…Y la estrella que habían visto en Oriente los guiaba. Al final, “entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron…” Mt (2, 9-11) Su actitud muestra que dejaron la seguridad del ambiente conocido. Y no se pusieron a calcular los peligros ni la incertidumbre del viaje que iban a emprender. El relato evangélico también dice que, “avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.” Esto tiene un significado fuerte y profundo, porque cuando se encuentra a Cristo, ya no se puede seguir aferrado al mismo camino de antes, ni evaluando las conveniencias de seguirle o no. Y menos en la ambivalencia de servir a dos señores (cfr Mt 6, 24). El encuentro con Cristo pide un cambio. Sin embargo, entre nuestros contemporáneos ha logrado entidad el nihilismo, para el que la existencia no pasa de ser la oportunidad para las sensaciones y la experiencia de lo efímero. Por lo que no se debería asumir ningún compromiso. Todo sería provisorio y fugaz.
       En la celebración de la Epifanía del Señor vuelve con vigor a nosotros el tema de la luz. También en nuestro tiempo el Mesías que se manifestó a humildes pastores en Belén, y que adoraron los Magos llegados de Oriente, es “lux mundi, la luz del mundo”. Como proclama el evangelio, luz que también brilla en las tinieblas (cfr Jn 1, 5) del convulsionado mundo actual.
















     




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