viernes, 27 de enero de 2017

Errores y herejías

por Pedro Trevijano
Voy a referirme a dos errores que uno oye con frecuencia en las conversaciones ordinarias. Me refiero a estas dos frases: "Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia" y la otra es: "Soy católico, pero no practicante".
A lo largo del año la Iglesia conmemora a treinta y cuatro doctores de la Iglesia, por lo que sucede con relativa frecuencia que el santo del día sea también doctor de la Iglesia, es decir, alguien que ha puesto su inteligencia y su pluma al servicio de ésta y por ello la Iglesia le concede el título de Doctor. Estos doctores no sólo exponen la doctrina de la Iglesia, sino también, con bastante frecuencia, tratan de refutar las herejías y errores de su tiempo. Ahora bien, en el momento actual, ¿cuáles serían las herejías y errores que debemos refutar y combatir?
Ciertamente, en la actualidad circulan muchos, incluso muchísimos, errores y herejías. Uno de los más importantes, si no el más importante, es la ideología de género. Pero como sobre ello he hablado y escrito en multitud de ocasiones, voy a referirme a dos errores que uno oye con frecuencia en las conversaciones ordinarias. Me refiero a estas dos frases: “Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia”, y la otra es: “soy católico, pero no practicante”.
Yendo a la primera frase, creer en la Iglesia católica es una verdad de fe que encontramos en el Credo. Quien no crea en la Iglesia católica, por supuesto no es católico y no está en nuestra mano, si queremos hacer lo que Dios nos pide y exige, el tener una Religión a la Carta. O creemos en el Credo y en cada una de sus afirmaciones, o, si no es así, simplemente no somos católicos. Otra cosa es que podamos tener dudas, que es uno de los instrumentos de los que Dios se sirve para que maduremos en nuestra fe.
Pero queda pendiente una pregunta: ¿se puede creer en Jesucristo sin creer en la Iglesia? Jesucristo dice claramente a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18), así como “sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Además “el Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 765). Y como nos dice el Concilio, “fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que lo confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen Gentium nº 9). “Cristo y la Iglesia son, por tanto, el Cristo total. La Iglesia es una con Cristo. Los santos tienen conciencia muy viva de esta unidad” (Catecismo... nº 795).
Resulta por ello disparatado tratar de separar a Cristo de la Iglesia, o a ésta de Cristo. Pero hay que reconocer que la argumentación de los que pretenden separar la Iglesia de Cristo tiene un punto de apoyo: los pecados de la Iglesia. “Mientras que Cristo, ‘santo, inocente, sin mancha’, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. Todos los miembros de la Iglesia, incluidos sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores ya alcanzados por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación” (Catecismo... nº 827).
En pocas palabras, me gustaría que alguien me explicase cómo se puede separar a Cristo de la Iglesia, si ésta es el Cuerpo de Cristo. En cualquier organismo está claro que separar la cabeza del cuerpo no suele tener buenas consecuencias, lo que nos tiene que llevar a interrogarnos la fuerza de los tópicos en la reflexión o en este caso más bien irreflexión por parte de la gente, incluso muy culta y, a veces, hasta teólogos. Y es que en Teología, o nos dejamos llevar por la fe en Jesús, una fe por supuesto racional, o nos exponemos a desbarrar.
Con relativa frecuencia escucho o leo a personas entrevistadas que contestan a la pregunta sobre sus creencias con la frase: “Soy creyente, no practicante”, o bien “soy católico, pero no practico”. Pero lo que me asombra de los que así contestan es que te lo dicen a menudo con un cierto orgullo, seguros de que lo suyo es una actitud progre, o, al menos, políticamente correcta. Y sin embargo si nos ponemos a reflexionar sobre lo que han dicho nos encontramos con unas personas profundamente incoherentes. Es evidente que hablo de quienes presumen de no practicar.
Pero sobre nuestros católicos o creyentes no practicantes, el Nuevo Testamento tiene unas expresiones muy duras: “Si alguien se avergonzare de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él” (Mc 8,38; Lc 9,26); “¿Quieres saber, hombre vano [tonto, según la traducción del Misal], que es estéril la fe sin las obras?" (Sant 2,20). Y en el Apocalipsis se dice a la Iglesia de Laodicea: “Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente; mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca” (3,15-16).
Y es que tenemos que pensar que, si a nosotros, que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, nos molesta profundamente que se abuse de nuestra bondad y se rían de nosotros por ella, porque hay mucha gente que confunde bondad con tontería, también a Dios le tiene que pasar lo mismo. Dios es bueno, muy bueno, incluso infinitamente bueno. Pero no es tonto en absoluto.


ReL (24 enero 2017)

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