miércoles, 11 de enero de 2017

La historia de la Virgen del Ojo Negro.


La historia se remonta al 1586: Antonio Ciuccoli, su protagonista.
por Lucandrea Massaro    
La historia del Santuario mariano de Galatone, en Salento es una bella historia de devoción popular. Ahí está custodiado un icono de la Virgen, realmente particular con una historia milagrosa detrás, la de la Iglesia de Santa María de la Gracia.
La historia se remonta al 1586, diversos documentos y la historia del canónigo Francesco Antonio Core lo confirmaría, en ese año se llevó a cabo un episodio de ultraje al icono mariano por parte de un personaje local, Antonio Ciuccoli, jugador, que al perder la enésima apuesta encontró refugio durante la noche en la capilla que hospedaba a la imagen:
Esa noche, cómplice de alguna copa de más, quien pagó los platos rotos de tanta miseria humana fue la imagen de la Virgen. La lámpara votiva, que ardía día y noche frente a la Virgen, no se apagaba, a pesar de los fuertes intentos del hombre que intentaba dormirse. Fue la fatídica gota que derramó el vaso. Exasperado por aquel débil resplandor y fuertemente molesto por el rostro de la Virgen, que parecía reprocharle silenciosamente, Antonio Ciuccoli perdió la paciencia. Así, entre blasfemias, lanzó una piedra contra la sagrada imagen, golpeando a la Virgen en pleno rostro, a la altura de la órbita derecha.
Inmediatamente, alrededor del ojo ultrajado apareció una evidente lividez, aún visible que, en la medicina moderna se diría un hematoma. Confundido y asustado, Ciuccoli huyó del lugar del delito y durante mucho tiempo estuvo prófugo. Mientras tanto, la gente que frecuentaba la capilla se dio cuenta de la extraña mancha en el ojo, sin encontrar explicación. El extraño fenómeno, como sucede a menudo, comenzó a llamar la atención de los fieles y a suscitar signos de devoción y piedad popular. Después de un tiempo, Antonio Ciuccoli regresó a los alrededores del sagrado tabernáculo. Estaba oscuro y, mientras se alejaba de la capilla, se resbaló con el cadáver de un hombre, asesinado por quién sabe quién pocos instantes antes.
Sin casi darse cuenta, se encontró esposado y conducido a la cárcel de la ciudad. Dos policías que se encontraban patrullando la zona, de hecho, lo habían atrapado en el lugar del delito, considerándolo el autor del homicidio. De nada valieron las justificaciones y la autodefensa del hombre que, tras un breve proceso, fue conducido al patíbulo. El día fijado para la ejecución, llegó junto al macabro cortejo a la plaza de San Sebastián (donde estaba preparada la horca), el confesor se aproximó al condenado para las últimas palabras y la absolución en artículo mortis. En ese momento, Ciuccoli, gritando muy alto, informó a los espectadores que no era el culpable del homicidio del que era injustamente acusado. Al contrario, asumió la responsabilidad de un crimen, según su parecer aún más grave, declarándose públicamente como el sacrílego autor del ultraje a la imagen de la Virgen de la Gracia. El pueblo, mudo hasta ese momento, se deshizo en un único y rabioso grito: “A la horca”. Y el verdugo finalizó su trabajo.

Aleteia (13 noviembre, 2016)

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