jueves, 26 de enero de 2017

Luz y Noche de la Fe

Prof.  María Teresa Rearte (*)
   La fe no se limita a ser un asentimiento ante verdades o dogmas. Sino que, como la presenta la Escritura, es creer en Alguien.
Así por ejemplo, leemos en el evangelio: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” (Jn 9, 35) Y también como dice el Apóstol Pablo: “La vida que vivo ahora, la vivo en la fe del Hijo de Dios.” (Gál 2, 20)
    En la vida de fe el hombre queda en la oscuridad, porque Dios en Quien creemos está totalmente fuera, más allá, de nuestra capacidad sensible e intelectual de captar en la profundidad de su misterio. Lo que llamamos noche de la fe nos pide una progresiva y ardua entrega a Dios en la esperanza y el amor. Lo cual es toda una tarea que exige el propio abandono en Dios, el riesgo de creer sin mediación alguna. No es fácil. Por el contrario, es una empresa humilde y ardua, que compromete nuestra persona. Se lo puede visualizar en la oración final de Cristo en la Cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. (Lc 23, 46)
     En la relación de la fe con la noche del espíritu se pueden dar algunas paradojas, que sólo en parte mencionaré en esta breve reflexión. La fe nos introduce en la noche. Pero es también la que nos guía a través suyo. El místico San Juan de la Cruz pudo decirnos este contraste en las canciones 3, 4 y 5 de su poema “Noche oscura”. Es importante meditarlas, porque es palabra nacida de la comunión con la realidad divina. Enseña acerca de Dios,  porque antes él ha sido enseñado por Dios.
     Dicen así: 


                    “En la Noche dichosa

                    en secreto, que nadie me veía,
                    ni yo miraba cosa,
                    sin otra luz y guía
                    sino la que en el corazón ardía.


                    Aquesta me guiaba,

                    más cierto que la luz del mediodía,
                    adonde me esperaba,
                    quien yo bien me sabía,
                    en parte donde nadie parecía.


                    ¡Oh Noche que guiaste!

                    ¡Oh Noche amable más que la alborada!
                    ¡Oh Noche que juntaste
                    Amado con amada,
                    amada en el Amado transformada!”


    Esas paradojas muestran que la fe nos ilumina en tanto nos libera de las falsas ideas que tenemos de Dios. Del buscarle a tientas entre tantas creencias que se difunden y  venden en el mercado del consumismo. Que no son la fe. Y nos libera también de los autoengaños, en los cuales nos forjamos ideas equivocadas acerca de nosotros mismos. Pero también es paradójico comprobar que, más allá de las experiencias o de los conocimientos que tengamos de Dios, de su amor, su misericordia y perdón, como incluso el Hijo lo ha revelado y lo leemos en el Evangelio, Dios sigue siendo el Otro. Cercano y a la vez siempre trascendente, fuera del mundo creado. 

     Frente a tantas especulaciones en torno a las experiencias de Dios, en los santos por ejemplo se ha podido apreciar para edificación nuestra, cómo la fe aumentaba en relación con la oscuridad y aridez de la noche. Recordemos en este sentido lo conocido y cercano a nosotros en el tiempo,  como fue la noche oscura de Santa Teresa de Calcuta. No significa que la oscuridad y la aridez aumenten la fe. Sólo Dios da gratuitamente la fe, la sostiene y acrecienta. Sino que la oscuridad y  la aridez son condiciones para su acrecentamiento. Podríamos preguntarnos por qué. Porque en la noche del espíritu Dios purifica nuestra fe por el  despojo de los consuelos y apegos sensibles. De todo aquello a lo que el ser humano se aferra, de modo particular en este siglo de tantas y variadas fascinaciones que atrapan al hombre. Sin embargo, perdiendo los múltiples atajos de la vida mundana es como por la fe entramos más en profundidad en el Camino que es Cristo para nosotros. (Cfr Jn 14, 6) Para lo cual, también nuestra escala de valores y responsabilidades han de  sufrir la sacudida que implica la noche del espíritu.
      Dejemos que la fe sea para el hombre portadora de esperanza. Que le ayude a ver que Dios no es su antagonista; sino su origen, compañía y destino último. Y que el hombre es capaz de bien y de búsqueda de lo sublime, no el fracaso ni consumación de todo mal que, con evidente empeño,  se busca mostrar en los tiempos actuales. 


(*)  La autora ha sido Profesora de Ética, de Teología Moral y Ética Profesional, y de Teología Dogmática (Antropología, Iglesia y Sacramentos) en la Universidad Católica de Santa Fe. Y de Ética I y II en el Instituto Superior Particular “San Juan de Ávila” (Seminario Metropolitano Nuestra Señora de Guadalupe). 

   



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