sábado, 25 de febrero de 2017

Educación espiritual para la liturgia


por Javier Sánchez Martínez
La Iglesia siempre ha procurado educar a sus hijos para celebrar dignamente los sagrados misterios. La vida litúrgica no se improvisa, requiere educación… ¡para eso la educación y transmisión de la fe en las familias, la catequesis parroquial y el catecumenado de adultos!
Era una iniciación pedagógica, una introducción paciente, para celebrar los sagrados misterios de Cristo en la liturgia.
En la versión latina de la Liturgia de las Horas, se ofrece una antigua oración antes del Oficio, cuando se reza solo, que dice:
“Abre, Señor, mis labios para bendecir tu santo nombre; limpia mi corazón de todos los vanos, perversos y otros pensamientos; ilumina el intelecto, inflama el afecto, para que digna, atenta y devotamente pueda recitar este Oficio, y merezca ser escuchado ante la presencia de tu divina majestad".
¡Hermosas claves! La educación espiritual para la liturgia requiere, y así se suplica al Señor:
Que el Señor nos mueva por gracia a alabarle
limpieza de corazón, sin agitaciones de pensamientos y distracciones
iluminar la inteligencia por gracia para captar lo que se reza
vivir la liturgia con dignidad, atención y devoción… ¡dignidad, atención y devoción!, que no han pasado de moda, sino que son urgentemente actuales.
La participación en la liturgia, antes que un “hacer cosas” (moniciones, ofrendas “simbólicas”, otras lindezas creativas) es la inserción en el Misterio, donde el corazón vive y palpita de amor por Jesucristo. La Iglesia, Maestra incomparable, se dirige a sus hijos y les enseña a vivir de un modo espiritual, interior, sincero, amoroso, la liturgia.
Una Oratio admonitionis de nuestro venerable Rito Hispano-mozárabe nos puede ilustrar y si la asimilamos, también hoy puede marcarnos. Dice el sacerdote antes de los dípticos:
“Éste es, amados hermanos,
el momento de dirigir nuestras plegarias a Dios,
conocedor de todos los secretos.
Y lo primero que hemos de pedirle
es que encienda en nosotros el fervor que necesitamos
para rogarle ardientemente y presentarle en nuestra oración
la ofrenda de una auténtica piedad.
No creamos que baste una oración correcta
en la que externamente nos lucimos con un discurso elegante y vano.
Con el don de la sinceridad a nuestra actitud religiosa,
Él otorgue bondad y verdad a nuestras palabras.
Que el afán de aparecer dignos de reverencia ante los hombres
no nos induzca a recitar lo que no pensamos;
que el sonido de nuestros labios,
ajenos a la voz del corazón,
no se asemeje a un fragor de platillos,
al tañido de una monótona campana.
Que el amor que Dios nos infunde invada nuestra conciencia,
se sirva como órgano, de nuestra lengua,
guíe nuestra mente en la oración,
de modo que nuestra voluntad no se desvíe
y así pueda presentarse ante Dios nuestra alabanza
tal como deseamos que la entiendan los hombres”
Se destacan algunas ideas, introducción mistagógica al hecho litúrgico: es necesario el fervor, un alma encendida en el fuego del amor de Dios; una auténtica piedad, que conlleva el recogimiento y no la distracción, muy consciente de ante Quién estamos;
es bueno un discurso elegante (las oraciones litúrgicas) pero acompañadas por la coherencia de vida con lo que pedimos y siendo conscientes –no distraidos- de lo que se pronuncia y a lo cual, nos unimos; la liturgia es experiencia del amor de Dios; sin este amor, haremos ruido, pronunciaremos palabras, entonaremos cantos… pero será un metal que resuena o platillos que aturden.
Esto sirve para todo: para vivir la santa Misa, para cantar Laudes o Vísperas, para la adoración al Santísimo expuesto, para vivir un Bautismo… y da igual el rito: sea romano en la forma ordinaria o extraordinaria, ambrosiano, hispano-mozárabe o bizantino… Porque la forma ritual debe ir acompasada por esta educación espiritual de todos los que participan en ella. Ahí es donde debemos incidir y avanzar. ¡Digna, atenta y con devoción!

InfoCatólica (blog: Liturgia, fuente y culmen)  el 26.12.16 a las 11:50 AM

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