viernes, 10 de febrero de 2017

La Palabra *


por María Teresa Rearte
  La palabra puede tomar diversas connotaciones.
Es tan rica o tan pobre, tan mentirosa o tan santa como el hombre que la pronuncia. Más precisamente como el hombre de cuyo interior nace.

           Porque quién no ha experimentado la vaciedad o la hipocresía de tantas palabras que se dicen y corren por el mundo. Que son causa de ofensa, de sufrimiento, de guerra. ¡De muerte!


           Pero también hay palabras que son signo de la humanidad que llora. Que ríe, ama o espera. Signos de una realidad que, aventando mezquindades, traza  surcos de comunicación, canales de entendimiento.


           Palabras, en definitiva, que crean el verso del poeta. Abiertas a la trascendentalidad. Religadas como el hombre al misterio del Absoluto. Hundidas como el hombre en las realidades cotidianas de la tierra. Palabras-lazo. Palabras-puente. Irradiantes y comunicativas. 


            Palabras que convocan a la vida, a la esperanza, al encuentro. Palabras como paz, perdón, hermano… Como tierra y cielo. Como siembra y cosecha. Como extranjero y patria. Como hombre y Dios.


             Pensamientos que tal vez esta noche no se traduzcan en palabras. Pero palabras que se conciben, como la madre concibe a su niño, en la tibieza de su corazón. Con el regocijo del amor.


              Palabras como las de Judas: “Aquél a quien yo bese, ése es. ¡Prendedle!” (1) Palabras de fe, como las de Pedro: “Tú eres el Cristo.” (2)  Palabras que son un ruego como aquéllas de la mujer junto al pozo: “Señor, dáme de esa agua…”(3)


              Palabras de promesa y salvación, como las de Cristo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”(4)



(1) Mc 14, 44.

(2) Mt  16, 16.
(3) Jn     4, 15
(4) Lc   23, 43

(*) Del libro “Recogimiento y quietud”. Edic. de la autora. Santa Fe, septiembre 2001.


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