lunes, 27 de febrero de 2017

Límites a la libertad de conciencia (I)

por Pato Acevedo
Luego de aclarar en algo las aguas sobre la libertad de conciencia, religión, culto y otras más, habíamos quedado de hablar sobre los límites de esos derechos.
Nuestros visitantes, sin embargo, se abalanzaron a discutir sobre el tema. Que no puede tolerarse que le digan degenerado a un homosexual, o que va a ir al infierno; ni que la florista se niegue a atender una boda gay; y que no hablen de libertad religiosa los que no cumplen todos los preceptos de una religión. En otras partes incluso se pide que se prohíba a las Iglesias enseñar sobre la homosexualidad.
Lo que piden, en definitiva, es que haya límites a la libertad de conciencia y religiosa… y tienen razón. Al menos en parte.
Las disciplinas jurídicas desconfían de los derechos absolutos. Summum ius summa iniuria reza un aforismo, uno de los primeros que se enseñan en la escuela de derecho. Establecer un derecho como absoluto e intocable, habitualmente provoca mucho más daño que bien. Hacer justicia, en cambio, casi siempre parte por fijar una regla general y luego rodearla de excepciones y distinciones. Las libertades de religión y de conciencia, no son la excepción.
Al mundo moderno no le gustan las distinciones ni excepciones, prefiere las cosas simples. Le gustan los memes y los titulares, y también los derechos absolutos expresados en términos sencillos. La libertad de expresión, por ejemplo, se presenta como un derecho sacrosanto a expresar lo que yo quiera y de la forma que quiera. Si va al lado de una foto de Voltaire y en letras blancas, mejor que mejor. Parece que cualquier forma de límite a su ejercicio, es una carga intolerable para cualquier sociedad democrática, y pensar siquiera en censurar un periódico o un sitio web es la obra del demonio y de las dictaduras.
Sin embargo, es muy fácil encontrar límites a la libertad de expresión. No puedo gritar “¡Fuego!” en un teatro atestado de gente y pretender que no soy responsable de los muertos en la subsecuente estampida. “Ah, bueno” nos dirán “Es que ahí está en juego la vida e integridad física de las personas. Nadie se opondría a censurar un discurso que pone en peligro la vida de personas concretas. Más allá de ese extremo caso límite, nadie puede censurar. La libertad de expresión es casi absoluta”.
Muy bien, pero los límites razonables a la libertad de expresión no terminan ahí. Si mando a publicar en el periódico local que mi vecino es un mentiroso y sinvergüenza, es razonable que se me castigue por el delito de injurias, y esa amenaza limita severamente mi libertad de expresión. “Es que el honor de una persona” nos dirá un hipotético contradictor “a veces es tan importante como la vida, y por eso cabe dentro de la excepción anterior”. Vale, pero ¿qué tal si mi aviso dice que todos los checoeslovacos son mentirosos y sinvergüenzas? Ahí ya no hay una persona concreta cuyo honor se vea afectado, sino un colectivo, una abstracción que solo existe en la mente ¿Tiene derecho un ser mental a censurar a una persona? Eso, sin considerar que el dueño del diario puede rechazar publicar mi aviso. Ya no me censuran por los grandes derechos, por la vida y el honor, sino el vil y capitalista derecho de propiedad.
Así, suma y sigue. En definitiva, la gran y absoluta Libertad de Expresión, base fundamental de la vida social, política y artística moderna, queda reducida a una mera facultad de pacotilla, que algunos privilegiados pueden ejercer siempre que no molesten a nadie más poderoso.
Lo que quiero decir es que no hay derechos absolutos, y las libertades de religión y de conciencia no son la excepción.
A veces se habla de la libertad de conciencia como un derecho absoluto, porque nadie puede obligarme a creer lo que no quiero. Sin embargo, no solo se trata de a pensar algo como correcto o incorrecto, sino también a actuar conforme a esa creencia. No basta con pensar que el aborto es incorrecto, es indispensable además no verse obligado a realizar uno. Cuando llega el momento de comportarnos conforme a nuestros principios, cuando interactuamos y afectamos la vida de los demás, la libertad de conciencia adquiere importancia. En ese mismo momento se hace necesario establecer límites a su ejercicio.
El primer límite o requisito a la libertad de conciencia es la sinceridad. No podría ser de otro modo, pues libertad de conciencia existe para evitar que la conciencia se traicione a sí misma. Así, un médico no podría negarse a realizar un aborto en particular, invocando una objeción de conciencia, si toda la vida los ha hecho y planea seguir haciéndolo. No hay una conciencia sincera tras su objeción.
A su vez, la exigencia de sinceridad también puede elevarse hasta límites absurdos. Se podría sostener que solo gozarían de este derecho los que en toda su vida hayan llevado una conducta intachable y de absoluta coherencia. Quien objete el servicio militar obligatorio, por ejemplo no solo tendría que invocar sus convicciones pacifistas, también debería demostrar que jamás ha visto una película de guerra ni comprado un juguete violento a sus hijos. Es claro que esto equivaldría a negar la objeción de conciencia para el 99% de la población, que no hace de una causa el centro de toda su vida. La libertad de conciencia quedaría para el 1% de los inmaculados y perfectos. Obviamente tener fama de santidad secular, como Nelson Mandela por ejemplo, otorga fuerza a cualquier objeción de conciencia que una persona así pueda hacer, pero no debería ser el estándar general. La objeción de conciencia es un derecho humano, que ampara para la mayoría de la población, en tanto sea sincera.
El requisito de la sinceridad también debe dejar espacio para cambiar de opinión. Pocos días atrás falleció Norma Leah McCorvey, la mujer cuyo caso llevó a la legalización del aborto en los EUA, pero que luego se hizo católica y pro vida. Ella pidió que se le realizara un aborto por violación, lo que era ilegal en su Estado, y su caso llegó hasta la Corte Suprema en 1973, con el resultado conocido. En 1995 se convirtió al cristianismo, y luego en una activa miembro del movimiento pro vida. En un caso así, sería injusto sostener que ella no era sincera en sus convicciones por haber “cambiado de bando”.
Además, la libertad de conciencia implica dejar espacio para la diversidad. La pueden invocar no solo quienes se oponen a toda violencia, sino también para los que objetan a una guerra ofensiva pero no a la guerra defensiva. La libertad de conciencia ampara a los pro vida frente a los abusos de un Estado abortista, y también a los que toleran el aborto en ciertos casos, pero no lo admiten en su mayoría. Si reconocemos que entre los hombres hay diferentes juicios morales, y que tienen derecho a existir, sería absurdo que luego la limitáramos a dos alternativas (la legal y su objeción), y proscribiéramos las demás.
Hay otros límites a la libertad de conciencia que nos resta por considerar, pero esta entrada se alarga ya demasiado. Si alguno llegó a leer hasta acá, muchas gracias, y nos vemos en la próxima entrada, donde hablaremos del daño que la libertad de conciencia puede provocar a la sociedad.


Blog La esfera y la Cruz (27/2/17). InfoCatólica.

No hay comentarios: