domingo, 30 de abril de 2017

Nuestra Señora de Guadalupe.

Mons. José M. Arancedo.
  Cada año Santa Fe renueva su devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Su primer obispo, Mons. Agustín Juan Boneo, al inicio de su ministerio pastoral en el año 1900, se encontró con esta devoción de los santafesinos que ya existía antes de su llegada, a la que consideró un hecho providencial y de sólida piedad mariana que llamó su atención.

 Ello lo llevó a dar su reconocimiento y a proclamarla Patrona de la nueva diócesis de Santa Fe. María se dejó encontrar en este pueblo en la simple piedad de un ermitaño y en una imagen que sigue siendo signo silencioso y elocuente de su presencia junto a nosotros. Es bueno recordar lo que les decía Mons. Boneo a aquellos primeros peregrinos, para que al volver a sus casas, lo trasmitan: “Decidles que en nuestra querida Santa Fe, no lejos de sus puertas, existe un humilde Santuario, una célebre ermita consagrada a la Santísima Virgen de Guadalupe… Decidles que de hoy en adelante, este será el sitio privilegiado a donde se darán cita la piedad de los santafesinos y el amor a su excelsa Madre”. Esto que fue una constatación de lo que existía tuvo mucho de profecía.

No podemos hablar de María, ni de la Iglesia, sin una referencia explícita a Jesucristo. Es más, ella nos lo exigiría porque es consciente de que Dios la eligió para ser la madre de su Hijo. A esta situación única de Maria se refiere su prima Isabel, cuando le dice: “¡Tú eres bendita entre todas la mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lc. 1, 42). María vive esta realidad como una gracia que la lleva a exclamar con: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1, 46-48). Así también, la Iglesia, está llamada a vivir con humildad y espíritu de servicio esta gracia que la hace presencia de Cristo en el mundo. María y la Iglesia no tienen otra palabra que decirnos sino la que pronunció su Hijo.

La devoción a María es la mejor escuela para disponernos a escuchar a Jesucristo. Lo primero que vemos en ella es su silencio y escucha, así lo resume san Lucas: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc. 2, 51). Sus pocas palabras nos orientan a su Hijo: “Hagan todo lo que él les diga” (Lc. 2 5). Tener una imagen bíblica de María nos hace crecer en nuestro encuentro con Jesucristo y, al mismo tiempo, nos ayuda a superar toda instrumentación que se hace de ella como portadora de mensajes. En esto la Iglesia es muy cuidadosa en su misión de discernir la autenticidad de los mismos. Hay una búsqueda de “nuevos mensajes”, que no corresponde a la fe de la Iglesia y a una auténtica devoción.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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