domingo, 2 de abril de 2017

Yo Soy la Resurrección y la Vida.

Mons. José M. Arancedo.
  En este 5° domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta el último de los signos en los que Jesús manifiesta su poder, la llamada resurrección de Lázaro.
El término resurrección referido a Lázaro no corresponde al sentido que tiene en el Evangelio. La realidad de la resurrección implica el triunfo definitivo sobre la muerte que Cristo realizó en la Pascua. No consiste en volver a la vida terrena, como es el caso de Lázaro, sino en adquirir un nuevo estado de vida, un cuerpo espiritual e incorruptible no atado a la contingencia de lo humano. San Pablo lo define, diciendo que: “Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso” (Flp. 3, 21).


Esta nueva realidad hacia la que estamos en camino tiene en Jesucristo su fuente que nos adquirió por su muerte y resurrección. La Pascua es “la hora” de Jesucristo en la que se cumple la misión para la cual ha sido enviado y se convierte, para nosotros, en el centro de nuestra fe y en la certeza de nuestra esperanza. Así lo vive y nos lo trasmite san Pablo, así lo predica la Iglesia, cuando nos dice: “Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes” (1 Cor. 15, 14). La llamada resurrección de Lázaro es solo la ocasión del anuncio de algo que lo trasciende, y que se expresa en el diálogo se Jesús con Marta, cuando le reclama por su hermano, y a la que Jesús le dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" (Jn. 11, 25-26). Esta pregunta sigue siendo actual y siempre espera de nuestra respuesta, porque es el centro de nuestra fe.


La liturgia nos va a ir preparando para acompañar a Jesús en la cercanía de su “Hora”, e ingresar con él en la celebración del Domingo de Ramos, en la Semana Santa. Es un tiempo en que la Iglesia nos invita a renovar nuestro encuentro con el Señor. Tiempo de oración y de reconciliación con Dios. La fecundidad espiritual de una celebración depende de la preparación con la que disponemos nuestro espíritu para vivirla. No nos acerquemos como espectadores sino como partícipes y destinatarios del misterio que vamos a celebrar. Con la Pascua iniciamos un año de gracia y de compromiso cristiano.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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