lunes, 1 de mayo de 2017

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe.

Mons. José María Arancedo *
Cada año nos convoca la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe para renovar nuestra devoción filial a María. Es una devoción que reconoce su origen en un acto de amor a nuestra Madre.

La Iglesia vio en ese pequeño hecho religioso de nuestra historia un camino de Dios, que en su providencia había querido mostrarnos en María un lugar de encuentro con su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Así lo consideró nuestro primer obispo, Mons. Agustín Boneo, cuando al llegar a Santa Fe se encontró con esta devoción, ya centenaria, que llamó su atención por la afluencia de fieles y la sólida devoción que despertaba. Valoró el hecho, y luego la proclamó Patrona de la nueva diócesis. María, podemos decir, se dejó encontrar en la simple devoción de un ermitaño y en una imagen que sigue siendo un signo silencioso y elocuente de la providencia de Dios. Así nació y sigue creciendo Guadalupe, como lugar de piedad, de encuentro y de amor de los santafesinos a la Santísima Virgen.


En el marco celebrativo de su Fiesta nos hace bien volver a escuchar aquellas palabras que Mons. Boneo les dijo a los primeros peregrinos, para que ellos, a su vez, las trasmitan a sus familias y vecinos: “Decidles que en nuestra querida Santa Fe, no lejos de sus puertas, existe un humilde Santuario, una célebre ermita consagrada a la Santísima Virgen de Guadalupe… Decidles que de hoy en adelante, este será el sitio privilegiado a donde se darán cita la piedad de los santafesinos y el amor a su excelsa Madre”. Esto hoy lo quiero testimoniar y trasmitir a las futuras generaciones que peregrinen a este Santuario. La devoción a Guadalupe tiene una raíz histórica, religiosa y eclesial. Sepamos vivir y comunicar este de acto de fe y de amor a María, nuestra Madre.

La presencia de ustedes, queridos peregrinos, es un claro testimonio de lo que ella misma nos adelantó proféticamente en su Magnificat cuando exclamó con gozo: “En adelante todas las generaciones me llamará feliz” (Lc. 1, 48). Sí, hoy, con el amor de hijos te llamamos nuevamente feliz por tu “fiat”, por el sí que le diste al Señor. Te llamamos feliz por tu fidelidad que sostuvo nuestra esperanza al pie de la Cruz, y por tu presencia junto a los apóstoles en el camino de Pentecostés. Te llamamos feliz porque has acompañado nuestra fe y has sido una referencia de esperanza en momentos de dificultad. Te hemos traído nuestras alegrías pero también nuestras tristezas con la confianza de hijos, porque sabemos que no caminamos solos, que sigues siendo fiel al pedido que te hiciera tu Hijo.

Este año, al celebrar la 118° Peregrinación Arquidiocesana, venimos a renovar un pedido: Madre de la Esperanza, que Jesús sea nuestra Buena Noticia. Este lema expresa nuestra mejor oración, la que Tú esperas de cada uno de nosotros como madre, que te pidamos que tu Hijo sea: “nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida” (Jn. 14, 6). Jesucristo es la Buena Noticia para el hombre amado por Dios, y para quién él le ha dejado el Evangelio de la “gracia y de la vida, de la verdad y el amor, de la justica y la paz”. Esto le pedimos hoy a María, que su Hijo sea nuestra Buena Noticia para que vivamos la “alegría del Evangelio”, y seamos testigos de su presencia ante nuestros hermanos. En este camino de fe María es un lugar privilegiado de encuentro con Jesucristo.

¡Necesitamos a Jesucristo! ¡Qué importante es reconocer nuestra fragilidad, pero también saber dónde está la fuente de nuestra fortaleza! Este es el anuncio central de la Iglesia: Jesucristo. Él es el camino y la garantía de nuestra esperanza. Solo en él se ilumina y se esclarece el misterio de la vida del hombre (G. S. 22). El encuentro con Cristo es luz que orienta y da fuerza a nuestro peregrinar. Volver nuestra mirada a él es siempre comienzo de una vida a la que estamos llamados como hijos de Dios. Por ello, cuando anunciamos a Jesucristo damos al hombre la mayor respuesta a su vocación, aquella que da sentido y alegría a su vida. Vivir y predicar este mensaje es el mejor regalo a María.

En este contexto de oración e intimidad con nuestra Madre los invito a mirar con ojos de fe y esperanza la realidad de nuestra amada Patria. En un país bendecido por Dios y dotado de tantas riquezas y posibilidades que es motivo de constante gratitud, sin embargo, debemos lamentar circunstancias que debilitan nuestra amistad social. Es un obstáculo esa dificultad de encontrarnos desde la diversidad. Nos hemos acostumbrado a una cultura del enfrentamiento y la ruptura que nos aleja de esos espacios de encuentro tan necesarios para generar proyectos de crecimiento y equidad social. La cultura del encuentro necesita del diálogo y el respeto, de la responsabilidad y la solidaridad, especialmente de la clase dirigente en el marco institucional del Estado, como expresión de la democracia al servicio del bien común. La calidad institucional es, como dijimos, el camino más seguro para lograr la inclusión social (CEA. Hacia un Bicentenario, n° 35).

Tampoco podemos en este marco de fe en un Dios que es Padre de todos, dejar de mirar las heridas de tantos hermanos que son víctimas de la pobreza, el crimen del narcotráfico, la violencia, especialmente a la mujer. La crisis argentina tiene su raíz en conductas que se han desvinculado de la exigencia moral de los valores. La conciencia como regla suprema del obrar parecería que se ha adormecido, la hemos adormecido. El dinero, el poder y el éxito a cualquier precio han ocupado un lugar en la escala de los intereses individuales o grupales, que han desplazado a la verdad y devaluado el valor de la palabra. Cuando la deshonestidad y la impunidad avanzan el cuerpo social se debilita. Argentina necesita volver su mirada a Dios como fundamento del orden moral, que es “fuente de toda razón y justicia”. Elevemos nuestra oración a María, Madre de la Esperanza, por nuestra amada Patria.

Queridos hermanos, como todos los años les voy a ser entrega por decanatos al finalizar la Santa Misa, de una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, “patrona y misionera de Santa Fe”, para continuar el camino de nuestra Misión Arquidiocesana. María los espera para llevar el evangelio de su Hijo a todos nuestros hermanos. Qué bueno que Ella encuentre entre ustedes generosos misioneros, que desde sus parroquias, capillas, movimientos e instituciones le digan un sí a esta convocatoria que les hago, como Padre y Pastor, en nombre de la Iglesia. Que María Santísima, nuestra Madre de Guadalupe los acompañe en el regreso a sus casas y a lo largo de todo este año. Amén.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

*Homilía en la Misa que siguió a la procesión mariana del 30/4/17.

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