miércoles, 20 de septiembre de 2017

El consuelo que Caffarra recibía de Benedicto XVI

El periodista y escritor italiano Francesco Agnoli habla de los encuentros que mantuvo el cardenal Carlo Caffarra con Benedicto XVI durante el Sínodo de la Familia -cuando solicitó una reunión urgente con el Papa Emérito- y también tras la publicación de los “dubia”. 

(Francesco Agnoli / La Nuova Bussola Quotidiana)– Quien ha conocido al Cardenal Carlo Caffarra y ha gozado de su compañía y sabiduría sabe que ha tenido un gran privilegio. Recuerdo que le conocí en 2005. Esa misma tarde me presentaron al cardenal Giacomo Biffi y al cardenal Carlo Caffarra, uno tras otro; en el mismo y glorioso día pude conocer a dos gigantes de la Iglesia, tan similares en la ortodoxia y en el amor a Cristo, como distintos en carácter y método.

Con Biffi, al que apreciaba mucho también por la libertad con la que había criticado, algunas veces, determinadas decisiones o afirmaciones sobre la historia de la Iglesia y el ecumenismo de Juan Pablo II (del que recibió la aprobación explícita por la profundidad de las objeciones), hablé de la historia del siglo XX, de fútbol y del Meeting di Rimini. De hecho, ese año yo era huésped del encuentro que organiza cada año Comunión y Liberación y, con Angelo Vescovi, tenía que abordar el referéndum sobre la ley 40/2004 y su resultado. Biffi era un hombre perspicaz, simpático, que sabía fascinar con su inteligencia. En Bolonia, personalidades del mundo científico como el geólogo católico Giambattista Vai y hombre lejos de la fe como Umberto Eco hablaban de él con admiración y simpatía.


Como he dicho antes, después de Biffi, conocí a Caffarra. Me llamó la atención el hecho que mientras el primero había hablado mucho, y bromeado, en particular sobre el Inter y la Juventus (él era «interista» y el sacerdote que me acompañaba era «juventino»), Caffarra en cambio escuchaba. Con su rostro bondadoso, sus maneras elegantes, respetuosas y acogedoras, este gigante de la bioética, al que Juan Pablo II escuchaba más que a ningún otro, que era interpelado por el Cardenal Ratzinger y que era conocido en el mundo entero por sus textos, escuchaba con suma benevolencia mis relatos de periodista principiante y por hobby. Si lo pienso ahora me avergüenzo, porque ese día, el que debería haber estado escuchando, hablaba; y el que debería haber estado hablando, callaba.

Tras ese primer encuentro, volví a ver al cardenal, o a través de amistades comunes, o porque era un lector habitual de mi columna del jueves en Il Foglio de Giuliano Ferrara. Era una columna intranscendente que, sin embargo, él apreciaba, tal vez como obra de un joven limitado, pero lleno de voluntad. Era su estilo valorar a los otros y retirarse él a un segundo plano.

En los últimos años la amistad se estrechó: nos veíamos o hablábamos por teléfono de la Iglesia, del Sínodo sobre la familia, de la actualidad… Yo, como muchos otros, la hacía una avalancha de preguntas intentando comprender.

Cada una de sus frases era un tesoro, que había que custodiar celosamente y que iluminaba la oscuridad. Caffarra era un hombre totalmente de Dios: no pronunciaba una palabra o hacía un juicio sin que lo hubiera examinado a la luz de la fe y la caridad, de una visión sobrenatural de las cosas. Si el juicio era necesario, lo era siempre para el Bien, para la Verdad, sin sombra de fastidio humano o de resentimiento.

Un día nos confió, a mí y a nuestro común amigo Lorenzo Bertocchi, que durante el Sínodo sobre la familia que acababa de concluir, dormía muy mal, que sufría muchísimo al ver que había quien intentaba destruir Familiaris consortio, Veritatis splendor y Humanae vitae: «Me hubiera gustado coger el tren e irme a Bolonia, abandonando el Sínodo…», nos dijo.

Le pregunté insistentemente cómo era posible que en la Iglesia se discutiera de lo que no es discutible (la indisolubilidad matrimonial) y cómo se había llegado al punto de tener cardenales y obispos favorables al matrimonio gay. También él estaba atónito, pero confiaba. Pero, ¿está usted tranquilo?, le pregunté. «Humanamente, no. No veo una solución a la crisis. Desde el punto de vista espiritual estoy sereno, porque la Iglesia es de Cristo y Él no la abandona».

En esa misma ocasión nos contó que durante el Sínodo había pedido una reunión urgente con Benedicto XVI: «Su secretario me dijo que era imposible una reunión enseguida, pero yo insistí. Después me dijo que sí, que era posible para el día siguiente y pude reunirme con él».

El lector puede imaginarse nuestra curiosidad: le preguntamos inmediatamente el parecer del pontífice alemán sobre el cariz que estaba tomando el Sinodo, sobre todo por parte de los padres sinodales, Kasper en primer lugar. Pero Caffarra se detuvo y calló. Sentía un grandísimo pudor, la discreción que es connatural a los grandes espíritus. Amaba hablar en las conferencias, en las catequesis, pero mantenía un increíble autocontrol en otras ocasiones. Sin embargo, su rostro reflejó lo suficiente para dar a entender que el encuentro con Benedicto le había dado el valor para proseguir en su batalla contra los innovadores.

Así, tras los «dubia» y todo lo que ha sucedido a continuación, me bastó sacarle, en otra ocasión, casi a la fuerza, una admisión: Caffarra había seguido viendo a Benedicto, también después de los «dubia». Y, ciertamente, ¡no fue «reprobado», más bien lo contrario!

Cuando salió la noticia de la audiencia negada por Francisco, le pregunté a Caffarra cómo era posible que el Pontífice, que no rechazaba llamadas telefónicas ni se negaba a recibir a nadie, no hubiera recibido, después de meses, a los cuatro cardenales que pedían audiencia, también en nombre de miles de sacerdotes y fieles. Me parecía un extraña falta de respeto. Caffarra sólo me recordó que la Tradición y la Ley de la Iglesia prevén que los cardenales «no sean sólo personajes que llevan los calcetines rojos», sino que están llamados por Dios a estar «al lado del Papa»: «Por esto hemos actuado según las leyes de la Iglesia, según modalidades que no hemos inventado nosotros, sino que estaban previstas y ahora sólo nos queda esperar…». Nada más.

Concluyo recordando nuestra enésima charla por teléfono, comentando la última entrevista de Scalfari a Bergoglio y la intención de éste de beatificar a Blaise Pascal. Como amante que soy del filósofo y matemático francés, le comenté al cardenal que Pascal había sido muy crítico en relación al laxismo de ciertos jesuitas, y había criticado su afán de estar en las cortes de los príncipes («Importa a los reyes y a los príncipes merecer un buen juicio de piedad, y por eso es necesario que se confiesen con vosotros», Pensamientos, 924); que había recordado el valor de San Atanasio (Pensamientos 455 y 475), el cual había sido condenado por todos, incluido el Papa Liberio, y había sido acusado de sembrar la discordia y de ser un presuntuoso; y que afirmaba que ningún Papa puede alejarse de la «santa unión» con el Evangelio y la Tradición de sus predecesores.

Ciertamente, Caffarra conocía estos pasajes y comprendió que mi propósito era decir que si Francisco elogiaba a Pascal, muy crítico hacia los jesuitas y el Papa de su tiempo, no debería habérsela tomado con los «dubia».

Caffarra solamente sonrió, pero estoy seguro que si pudiera leer este recuerdo, le gustaría que lo concluyera con este otro pensamiento lleno de esperanza: «Nos resulta placentero hallarnos en un barco (la Iglesia) en medio de la tempestad, cuando estamos seguros de que no naufragará». No sólo es el pensamiento 859 de Pascal, sino también el del difundo Cardenal Caffarra y el de Benedicto XVI, en ocasión de los funerales del Cardenal Meisner: «Pero mucho más me conmovió percibir que en este último período de su vida él (…) vivía cada vez más de la profunda certeza que el Señor no abandona a su Iglesia, aunque a veces la barca está a punto de zozobrar».

(Artículo de Francesco Agnoli publicado originalmente en La Nuova Bussola Quotidiana. Traducción de Helena Faccia Serrano para InfoVaticana)

1 comentario:

Sebastián Gamba dijo...

Padre lo comparto!! Un abrazo